11 Julio 2009
7 Julio 2009
Hay días en que quiero quererte del todo, y parece como que nunca llego.
Me acerco y me acerco, y cuando llego ahí, al centro, ahí donde debemos tener guardada el alma, me encuentro con una bola de metal blindada, que además de estar fría y cerrada a cal y canto, a veces, si la tocas, pincha.
He tratado de abrirla por todos los lados; envolviéndola, observándola, esperándola, golpeándola, comprendiéndola. Pero no consigo encontrarle ni una sola grieta.
Y entonces es cuando me quedo ahí, parada, queriéndote con tu bola incrustada en mi pecho, porque yo, ahí, donde me guardo el alma, resulta que soy más bien de mantequilla.
28 Junio 2009
Despido a Honey en la esquina de su casa, cazando un taxi al vuelo mientras arrastra sus maletas. Corriendo, siempre corriendo. Se va a París. Un poco justa de tiempo - me he puesto más nerviosa yo que ella con sus horarios de avión -, pero finalmente en hora. El fin de semana ha estado fantástico, como siempre. Creo que me voy a imponer como terapia el ir a verla cada "x" tiempo, variable a calcular de forma prudencial. Hemos hecho un montón de cosas, lo que a ratos me hace pensar que tal vez no la dejo descansar. Pero no, ella es así; con o sin mí.
Pasamos por la frutería cuando llegué, y por el mini super, lo que me permitió, una vez más, sentir esa sencilla cotidianeidad de las calles de su barrio, que tanto me había llegado a través de sus post, cuando la comencé a leer. Tras un recorrido por Madrid, que incluyó el Retiro y La Latina, parando a comer, como siempre también, unos exquisitos pinchos en algún lugar escondido que ella conoce, nos retiramos a media tarde al remanso de su hogar, a descansar. La velada transcurrió de lo más agradable, en una charla sin fin con Calamara, que apareció dándonos una magnífica sorpresa y amenizándonos con su inagotable verborrea y gracia andaluzas. Casi desistimos de la fiesta que nos esperaba, la "Fiesta Tatoo". Cerveza. Pizza. Wilco. Risas. Conversación. Anochecer. Luz cálida. Las azoteas de Madrid.
Finalmente, decidimos asistir a la fiesta, aunque sin disfraz. Sólo unos enormes corazones pintados por Calamara en nuestros brazos y en unas cartulinas por Honey nos delataban. La fiesta es muy curiosa; la variedad, en todos los aspectos, de gente, es peculiar. Copas. Música. Terraza. Puerta del Sol. Más azoteas de Madrid.
Nos acostamos tras un largo paseo, agotadas.
Por la mañana, me despierta un potente rayo del sol, que se cuela en mi cara jugueteando por entre el porticón que descuidé entreabierto. Lo digo, de nuevo: el hogar de Honey respira paz. Pongo Wilco, otra vez. Ducha, desayuno, café.
Calamara me ha regalado un libro editado por La Coctelera. Me hace ilusión tenerlo entre mis manos; me siento ansiosa por leerlo. Contiene un post mío, entre sus cien. Me sorprende, pero me ilusiona, también. Me hace sentirme parte. Y por ello, agradecida.
Este libro me recuerda lo importante que fue para mí La Coctelera durante un tiempo. Cómo le vertí mi alma, mis entrañas, y mis agitados sentimientos. Cómo, en esa red, y sin buscarlo, encontré comprensión y calor. Y amigos; buenos amigos.
Cuando dejo a Marta, me siento en una terraza a devorarlo frente a una Coca-Cola. Leo su prólogo (escrito por Calamara), y, en algunas cosas, no puedo sentirme más identificada. Me voy sumergiendo en las historias de todos esos seres que, de alguna manera y en algún momento, han sentido con La Coctelera lo mismo que yo.
Llegado el momento, cierro el libro y me dirijo al tren, a Cercanías. Bajo las escaleras, camino por el pasillo interminable. Huele a metro.
*
En mi cabeza se agolpan pensamientos, sensaciones, recuerdos, que me envuelven en ese pasillo vacío y sin fin. Pienso en cuánto ha llovido desde entonces, desde que La Coctelera constituía mi particular válvula de escape en esa olla a presión en que se habían convertido mi cerebro y mi vida. En cuánto ha cambiado ésta. En cuánto tiene todavía que cambiar. Siento el anzuelo que llevo clavado en las entrañas, que a veces, tira.
El pasillo está desierto, gris. Fantasmagórico.
Me siento en el banco del andén. Huele a metro.
Visualizo mi anzuelo, lo siento, y trato de moverlo con cuidado, sin que nada sangre. Me hago consciente de que me siento impotente; temo no poderlo nunca controlar. El anzuelo sube un poco, pero desgarra levemente: está muy incrustado. No es fácil sacarlo.
Me digo que no me importa ya arrancarlo de golpe, aunque me rompa. Llegará un día en que no me duela. En que me dará igual.
Subo al tren, bajo en la parada siguiente. Busco mi nuevo destino, retomo los relatos de La Coctelera.
Me dejo sentir el dolorcillo que me deja el anzuelo, solo levemente movido.
Huele a metro.
Miro pasar el mundo por la ventanilla. Huele a metro.
A metro de Madrid.
20 Junio 2009
Sin nenes grandes ni pequeños (oh, gran lujo y placer -porque es ocasional, claro; si no, sería una pesada losa de soledad), me he regalado un "día para mí".
Me he despertado a la hora que me ha dado la gana.
He remoloneado abrazada a mi cojín el rato que me ha dado la gana.
He bajado acompañada del perro (qué huevos tiene, bajar esa escalera vertical de morros), y me he preparado el desayuno que me ha dado la gana.
He dejado de hacer lo que me daba la gana, y me he dedicado a mi nueva faceta de "ama-de-casa-feliz-y-tranquila-porque-ha-dejado-de-ser-una-ejecutiva-soltera-estresada-y-sin-tiempo": he sacado al perro, le he comprado comida, para mí tabaco, para el peque calcetines mil (yo creo que se los come, o se los da a los ratones), lo he depositado todo en casa, perro incluido, he vuelto a salir para ir al super, he comprado la mitad de lo que había en el super, he pasado por la tienda de aceitunas ricas, he puesto una lavadora, una secadora, he doblado y colocado la ropa que estaba antes en la secadora, ya seca, he limpiado toda la arena que había quedado en la secadora de la ropa del peque cuando se encroquetó en la playa, he cambiado las sábanas, he lavado los platos, he barrido el patio, he abierto todas las ventanas para ventilar, he cocinado un pollo a la cazuela que huele riquísimo con cebolla y ajo (nada más).
He vuelto a hacer lo que me daba la gana.
Me he puesto un Martini con una aceituna.
Me he zampado seis más (aceitunas).
He abierto el ordenador.
Me he puesto otro Martini.
He escrito todo lo que me ha dado la gana.
Me ha dado por zambullirme en mi vida pasada, reflejada en mis escritos pasados.
Me he puesto otro Martini más.
Me he sentido la mujer más afortunada y relajada del mundo.
Creo que me he emborrachado (un poco).
He contestado un sms de mi nene grande, que dice que, amor, en unas horas está de vuelta.
He escrito un poco más.
Me he fumado mi cuarto o quinto cigarrillo (no debiera).
He pensado en fundar el grupo "lo que te dé la gana" en Facebook para que todos mis amigos se hagan fan.
Me he propuesto parar de tomar Martinis e hincarle el diente a ese pollo antes de que se enfríe, so riesgo de caer fulminada (pero feliz).
Me he propuesto también pintarme, después de semejante despliegue de voluntad (hum, qué rico está el Martini cuando lo juntas con un "lo que te dé la gana"), las uñas de los pies. Una de cada color.
Y si me quedan ganas, acercarme hasta el Corte Inglés (hum... no sé...) a comprarle al nene peque todas esas chorradas que le vuelven loco y a mí me vienen de perlas para conseguir que haga lo que tiene que hacer (reloj Benten, pelotas Bumtum, y qué se yo; espero que me entiendan).
He decidido reflejar este día aquí y ahora.
Me voy a comer. El pollo, que he hecho porque me daba la gana. Y que huele de fábula, ja.
2 Abril 2009
Me levanto a la carrera, a golpe de despertador ("repetir"), en un estado de somnolencia total. Como cada mañana, me cuesta saber dónde estoy. Pero siento que ese mismo aletargamiento del cuerpo y del espíritu, esa oscuridad matinal y mental, son precisamente el momento trascendente del día. Entre el cielo y la tierra. En ese estado adormecido, aparentemente entumecido, mi sentipensamiento, me doy cuenta, funciona mejor y más clarividentemente que nunca. Estoy extrañamente lúcida.
Despierto a mi hijo, tan dormido y aletargado como yo. Me encanta contemplarlo así adormiladito, con sus rasgos y su piel suaves acurrucados entre sus sueños de bebé. Lo acaricio dulcemente, lo abrazo, lo huelo, lo espabilo con cariño. La mañana está todavía oscura. Aunque es tarde, hoy, no voy a cometer el mismo error de ayer. Me sitúo por encima de la prisa y del estrés, de mi propio cansancio, y lo hago todo con paciencia y sumo cariño. Modelo mi tono autoritario, convierto mis irascibles amenazas en simples advertencias con consecuencias. Me amigo con él, en vez de enfrentarme. Lo apoyo, lo ayudo, en vez de regañarle. Le comprendo, y estoy con él, no contra él.
Tras conseguir dejarlo en el autocar a tiempo, vuelvo andando, tranquila, acompañada del perro y mis pensamientos. Llueve, de nuevo. El día sigue gris. Y mi cuerpo igual de entumecido que antes. Sin poder darme cuenta ni saber porqué, lloro. Lloro por la calle. El cansancio y la situación me pueden junto con el día gris y el ayuno. Las lágrimas se me atraviesan en los ojos y en la garganta, y yo las dejo salir, inundarme el alma. Debe ser que está creciendo; mi alma, cuando crece, llora.
Cuando llego a casa, pongo a Mozart. Cuartetos de cuerda. Y mientras desayuno con los ojos borrosos, pongo otra vez orden en mis pensamientos, en mis sentimientos. No sé distinguir unos de otros: están mezclados, pero están claros. Tomo distancia; curiosamente, me sitúo así en mi yo.
Me debo estar haciendo mayor: la música clásica cada vez me gusta más. Me relaja, me da paz; me sitúa en otra dimensión, me permite ver el bosque desde arriba. Además, le pega, a ésta, mi nueva casa, la música clásica. En vez de en un bajo en pleno centro de Barcelona, se diría que me encuentro en una modesta vilita de la Toscana, lejos del mundanal ruido y de la aglomeración. De la aglomeración de todo lo que ha confundido mi vida durante tanto tiempo.
Pienso. Pienso con calma y con el espíritu. Sentipienso, con una luz dentro de mí que ilumina la que le sigue faltando a la mañana.
Pienso. Que hay personas que huyen toda la vida de hacerse personas. Que escogen repetidamente el escape, cada vez, en cada opción. Pero que nadie puede esquivar por siempre su destino, lo que ha venido a aprender en esta vida. En esta vida, que te va cercando sin que te des cuenta, para que entiendas lo que quiere enseñarte, y para ello te da, una y otra vez, no lo que quieres, sino lo que necesitas. Hasta que dejes de necesitarlo.
Pienso. Que cada cual tiene, sí, su ineludible gran lección.
Pienso. Que alguna vez habrá de ser la última que se escoja. Que alguna vez, se siente que llega el momento; el examen final de la nuestra, de gran lección.
Pienso.
Y escucho a Mozart, en esta mañana oscura y lluviosa, antes de tener que abandonar mis sentipensamientos... y tenerme que ir a trabajar.
1 Abril 2009
Y, de repente..... Zassssssssss!!! Llega el Hada Madrina con su varita mágica, le da con putería (sí, putería, puntería también) a uno de mis platillos, y todos mis pensamientos, sentimientos, y sentipensamientos (soy un ser sentipensante), perfectamente ordenados, y claros, y en calma y en paz, se van a tomar por el puto culo.
Soy así de vulnerable: mi estabilidad entera depende de un mísero y vil factor externo, por lo general bastante miserable además. Se supone que me tengo que aceptar.
El Hada era la Mala, claro; la que no había sido invitada. Y, como no había sido invitada, como buena puta, decidió entrar a matar.
31 Marzo 2009
Yo sobrestimo
Tú subestimas
Él subestima
Nosotros sobrestimamos
Vosotros subestimáis
Ellos subestiman
¿Porqué será que cuanto más sobrestimas a una persona, más te subestima ella a tí?
29 Marzo 2009
Me he despertado espontáneamente, sobresaltada por el temor a haberme quedado dormida descuidando, negligente, alguna obligación. He recordado entonces que hoy, no tenía obligaciones. Hoy, era sábado. Y estaba sola. Sola, sin llanto que apaciguar, sin caricia que rodear. Hoy, el día, la cama, la casa, eran solo para mí. Todo el silencio que se respiraba me pertenecía.
Aletargada y dejándome penetrar por esa percepción, me he permitido recordar con deseo el cuerpo amado, ausente y caliente a mi lado; y lo he abrazado en mis pensamientos, con un sentimiento fuerte, como si así le pudiera llegar. He pensado también en mi retoño y en la ausencia de su reclamo, y me he dejado enroscar por las sábanas, abandonándome perezosa a ellas en ese rato de más que podía ser, hoy, mío.
He puesto orden en mi cabeza. En el interior de mi cuerpo. En mi vida. En los acontecimientos recientes, en el momento presente. Con calma, con paz. Con claridad, a pesar de la agitación que pudiera reinar en la cabeza. Con humildad y aceptación. Todo es lo que es, pero todo está en su sitio. Todo está como está, porque así se ha dispuesto que tiene que estar. Nada roza ni sobra, ni falta ni puede enfadar; no hay lugar para el combate, para el reniego, para la rebelión. Todo debe aceptarse. Con serenidad, con sumisión. Con fortaleza y aguante y crecimiento. No hay opción.
He escuchado la calma: llovía. El día estaba gris y acogedor. Y he salido a pasear al perro, que hoy no tiraba, sin prisa, con tranquilidad; admirando la calle empapada bajo la fina lluvia, que hoy me parecía más linda y sosegada que nunca. Los pequeños comercios trajinaban en colores. Las abuelitas caminaban pesada y lentamente con sus cestos repletos. El aire olía a mojado; el cielo respiraba paz.
He comprado pan, tierno y oloroso. He puesto a Albinoni. He dejado que el aroma a café embriague mi casa, y la visión del patio verde y mojado mi espíritu.
He asumido la vida. Me he doblegado, sin comprenderla, a su infinita e inalcanzable sabiduría y poder; y me he dispuesto, más receptiva y humilde que nunca, a disfrutar de todas las cosas que puedo hacer conmigo en este reconfortante día de paz, gris y acogedor; en este día que me ha regalado esa vida, por mor de otro de sus sorteos aleatorios e indescifrables, en los que designa cada vez, de manera incomprensible para los humanos, a quién elije ganador.

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