Quería liberarme. Lo había decidido. Lo necesitaba. Lo sentía de una manera muy, muy fuerte, ineludible, inexplicable.
Fue un salto al vacío. Pero tenía que ser.
"Esta hija mía se ha vuelto loca", leía en los ojos de mi padre, mi querido padre, que asentía con la cabeza y negaba con el pensamiento, respetando (¡qué otro remedio!) sin entender.
Miedo. Eso es lo que él sentía, y lo que sentía yo, y lo que sentían todos. Miedo. Un miedo absurdo, pegajoso, desconfiado, material. El miedo que me había acompañado toda mi vida y que me había atrapado enmarañada en mi pasado. Pero esta vez, en mi miedo, en mi nuevo miedo, destellaba una luz, una luz muy potente, que me impelía a seguir. Contra toda razón.
Adiós a los números, a las Leyes, a las Sentencias. Adiós a dieciséis años de acumulada experiencia que sólo me ha hecho infeliz. Adiós a los jefes, a los despachos, a los plazos, a los absurdos problemas de vida o muerte ("¿y cuándo estará?") de los demás. A los disfraces, a los "sí, claro", a las urgencias, al mundo que se reduce a cuatro paredes y dos agujas de reloj. Adiós para siempre, adiós.
En ese mundo, no soy yo.
Nuevos proyectos, nuevas ideas, enorme ilusión. Brillo, brillo por dentro y por fuera; con sólo imaginarlo, se me abre el corazón, y brillo, brillo como nunca he brillado. Un solo interrogante, hijo adoptado del miedo, me asalta a veces, ensombreciendo a ratos mi determinación: "¿Me dará para vivir...?" "Me tiro, me tiro, ya saldrá", me dice hondo mi luz, haciendo caso omiso a la cabeza, que me caga las bragas. La cabeza, la puta cabeza, que sólo sabe generarme diarreas, impidiéndome sentir, disfrutar.
Y ella ha sido. Ella. La cabeza, la puta cabeza, la que me ha prostituido.
Una oferta indeclinable. Una necesidad que cubrir. Una necesidad tan necesitada, que hasta a mi "no" dijeron que sí. Sí al sueldo, sí a la media jornada, sí al horario conveniente, sí a posibles ausencias, sí a no viajar. Sí a la compatibilización con mis proyectos, sí a la temporalidad. Sí a todo. Hasta a mi "espera, me lo he pensado mejor". "Hasta julio. Prueba hasta julio. Y luego hablamos. No pierdes nada." "No pierdes nada, y ganas una pasta", me dice mi puta cabeza; "y tiempo para organizar".
Y aquí estoy, prostituida en mi media jornada, oliendo el hastío cuando atravieso la maciza puerta de madera, sintiendo el repelús cuando leo "AEAT", explotando de nuevo al mirar por la ventana, aunque lo que distraiga mi mirada del gris ordenador sea, además del deseo imperioso de ver mis sueños cumplidos, una magnífica vista a La Pedrera que se me ofrece desde un despacho de cincuenta metros cuadrados.
Cuántos se darían con un canto en los dientes por estar en mi lugar. Y yo me siento sucia, corrompida, no lo necesito, no necesito más. Lo que necesito es ser yo. "Sólo es un medio, sólo una herrarmienta, sólo un 'por si acaso'", musita mi cabeza, amedrentada, al comprobar la reacción del alma; "tranquilízate, es temporal".
Pero mi luz no entiende de temporalidades. Mi luz, en esas cuatro horas, se apaga. Y le chilla, reventando incandescente, furiosa, decepcionada, a mi puta cabeza: "Cobarde. No eres más que una cobarde. Ya lo tienes. Ya tienes tu seguridad. Que me aplasta y que me apaga. ¿Estás contenta? Vil. Vil metal."

