Verano 2006
Cuando le conocí, algo más de seis años atrás, Oscar me pareció el tío más insoportable, insolente y autosuficiente del mundo. Pero con los años y el roce (teníamos amigos comunes), llegamos a formar una suerte de intermitente relación de amistad. Descubrí que desprendía, cuando quería, un punto de ternura y cercanía que no he sentido en nadie más; y una simpatía chiflada que me hacía desternillar.
Coñón (de la coña) por naturaleza, se metía con todo el mundo con una gracia y un carisma tales, que nadie se podía enfadar, por irrespetuoso o indiscreto que fuera lo que estaba diciendo -que casi siempre lo era. Había que reconocer que el tío era divertido y sabía entrar. Era un chulillo, sí; pero un chulillo tremendamente simpático. Por gordas que las hiciera o soltara, volvía con su encanto y su naturalidad, como si nada hubiera pasado, y siempre se le perdonaba. "Es Oscar", decía la gente, "ya lo conoces."
Siempre le consideré uno de esos amigos "raros", con el que me sentía a gusto cuando estaba, pero del que no me terminaba de fiar.
Eludía los temas serios, las profundidades. Cuando alguna vez las había rozado se ponía muy serio -me chocaba-, y dejaba aflorar una puntita de un gran mundo interior que sin duda bullía detrás de esa apariencia frívola y superficial. Pero se cuidaba muy mucho de mantener ese mundo a raya; por algún motivo, nunca dejaba que nadie lo olfateara siquiera.
Cuando nació mi hijo, fue el único del grupo que vino a vernos, e incluso nos sacaba a comer de vez en cuando, comportándose con el peque de la manera más entrañable. Y me contaba alguna cosa suelta -disimulando, como quien habla de la lluvia- de sus protegidas entrañas. Tenía golpes escondidos, sí. Recuerdo cuando, al invitarle al primer cumpleaños de mi hijo, en la montaña, se presentó con el ramo de flores más bonito y original que jamás he visto (no sé de dónde lo sacaría), y me dijo: "Seguro que hace al menos un año que nadie te regala nada a ti." Su acompañante de entonces (él siempre negaba tener "novias", aunque le duraran tres años) puso cara de póquer.
Cierta Navidad, me sorprendió invitándome a cenar en "una mesita para dos la mar de cuca", en el restaurante más bonito del pueblo. Y abrió las compuertas, un poquito. No fue hasta entonces que pensé que podía querer dejar ver, y que podía incluso valer la pena tratar de meter la nariz ahí dentro.
Me sorprendieron su calidez, su destreza; era (es) un hombre tremendamente envolvente. Parecía que, en la intimidad, dejaba actuar a su otro yo; ese que tenía tan escondido. Nunca lo hubiera imaginado, pero resultó que había química; ésa, difícil de encontrar. Recuerdo haberle dejado escapar en alguna ocasión, ahogada en gemidos, que era el hombre más generoso en la cama que había conocido; desconcertaba mucho siendo, como era, tan individualista y despegado fuera de ella.
Al poco de romanticismos de lo más espontáneos, originales e improvisados, que yo intentaba mirarme de lejos, volvió a sus andadas. A su chulería impertinente, pero tan natural; a sus desfachateces exasperantes que parecía ni haberse dado cuenta de haber cometido y que arreglaba siempre con su tremenda simpatía, haciéndote sentir la persona más estúpida del mundo por haberte enfadado. Me sacaba de quicio. Le solté algunas muy gordas, por las que creí que me desterraría para siempre jamás de los jamases al exilio de los "non gratos", según su umbilical criterio. Pero no. Las esquivaba como una anguila. Como si no fueran con él. Ni se dejaba salpicar.
Un buen día, sin dejar pasar mucho tiempo (sin duda gen de mi abuela, he salido yo muy flamenca), me harté. Sé que él no lo entendió, o tal vez solo no le importó; pero no estaba yo para explicarle en qué consiste la educación. Además, ya lo había intentado. Cabreadísima con "la última", me juré y perjuré no volver a hablarle nunca más de más de más en la vida.
Y sí, me pasé un montón de meses sin hacerlo, y sin contestar sus -escasas, todo sea dicho- llamadas de teléfono ni sus divertidas gracias. "Que te jodan, capullo. A otro perro con ese hueso." Si al menos hubiera recibido una disculpa... pero era imposible; él ni siquiera parecía consciente de que hubiera nada de qué disculparse.
Cuando, mucho tiempo después, se me pasó (tengo no sé si el defecto o la virtud de no ser rencorosa), y accedí a cenar de nuevo con él (que se presentó como si nunca hubiera pasado nada, como si nos hubiéramos visto el día anterior), me dijo algo, ni siquiera recuerdo qué, que hizo explotar como hacía mucho tiempo que no explotaba algún mecanismo en mi interior. Le dije cosas muy feas pero muy verdad desde muy adentro, con mucha fuerza y con mucha, mucha mala leche. Terminamos el segundo plato y el postre sin hablar y sin mirarnos siquiera. Sentía una furia tremenda; me daba todo, lo que pensara él, lo que pensara el restaurante, lo que pensara el mundo entero, exactamente igual. Ni aunque me hubieran estado apuntando con una metralleta hubiera cambiado mi actitud. Todavía sin cruzar nuestros ojos, cogimos un taxi cada uno, y cuando llegué a casa aspiré literalmente un cigarrillo, pensando: "que le den por-el-pu-to-cu-lo pa-ra-siem-pre. Por lo menos me he quedado tranquila." Al poco, recibí un mensaje en mi móvil: "Me sabe muy mal que tengas esta opinión de mí y que nuestra relación termine de esta manera. No sé hacerlo mejor."
Terminé en su casa, hablando de cosas sin demasiada importancia y de su trabajo. En lo poco que realmente importaba (o que al menos me importaba a mí), se limitó a dejarme hablar y a decir desviando que "tenía razón". Tuve la sensación de que me la daba como a los locos. "Ahora me siento mucho mejor", recibí cuando llegué a la mía, entrada la madrugada. Yo... la verdad era que no; la verdad era que no sabía cómo sentirme. Desconcertada, intrigada, fastidiada, impotente. Innata saltadora de obstáculos, aquel era como la mismísima muralla china.
Han pasado más meses, y pasarán muchos años más; y seguirá siendo igual. Intermitente, despegado, cercano, envolvente, cálido, amurallado. Con su interior, ése que a lo mejor vale la pena (sólo a lo mejor), encerrado a cal y canto, protegido, guarecido, resistente a dejarse mostrar. Con sus absurdeces inexplicables. Con su estar sin que se note; su estar sin dejarse, no se vaya nadie a acostumbrar.
La que ya no es igual soy yo: ahora ya ni me inmuto. Sus qués y porqués han dejado de afectarme, y hasta de importarme. Un día conseguí, por casualidad y de refilón, sacarle lo que podría ser la semilla de su excéntrico y desesperante comportamiento: "me da mucho miedo querer plenamente".
Pues tú te lo pierdes. A mí también me pasa, seguramente con más fundamento, y no me comporto como tú.
La pasada noche, tocando las doce medio dormida en el sofá, recibí un mensaje en mi móvil. El pitido resonó de tal manera en el silencio nocturno que me dio un susto de muerte.
Era Oscar. Que hacía días que no sabía de mí. ¿¿?? Ah. Ni yo, no te jode. Un año atrás, todavía habría estado esperando rabiosa e indignada tras ese "mañana te llamo" de hacía más de un mes, cuando a la una de la madrugada me hizo saber, también mediante un mensaje y porque se me ocurrió preguntar ante la tardanza, que no podría venir porque se le había complicado el trabajo. "Mañana te llamo", escribió. Ya. Mañana del próximo mes. Me quedé tan ancha, y llamé a Pedro. Aún podía pillarlo por ahí. Y no iba a desperdiciar mi noche y mi mañana libres de mi pequeña joyita.
- O: "Hace días que no sé nada de tí."
- M: "Ya. Ni yo. ¿Dónde estás?"
- O: "En París. Trabajo. ¿Y tú?"
- M: "En la montaña. Vacaciones."
- O: "¿Me invitas?"
- M: "Jaja... ¿Ya te has vendido la casa...?"
- O: "No... ¿Quieres que te invite...?"
- M: "¿Adónde? ¿A tu casa? ¿A París?"
- O: "Qué lío... Nada, ¡que espero verte pronto!"
El siguiente mensaje, salvando una entrecortada conversación al hilo de una intervención radiofónica suya, fue una felicitación tanteadora para el cumpleaños de mi hijo, equivocada en el día y certera en la intención.
El día correcto llegó la completa, que nos felicitaba con sincero calor a los dos. Familia aparte, fue la única que recibí.
Lo más curioso es que me sigue haciendo sincera ilusión cuando sé de él.