La Coctelera

Categoría: Agosto 2007

OSCAR (3/3)

Verano 2007


No sé porqué lo hice; pero le envié un mensaje preguntándole si, por casualidad, no estaría en la montaña. Me había vuelto a jurar hacía tiempo, una vez más, no volver a dirigirle la palabra, después de su último (yo me juré que sería el último) "ahora te llamo, ahora, ahora", en el que tenía que decirme si se quedaba un cachorro que le había reservado, y tras lo que habían pasado nueve hermosos meses.

Me sentía tan deshinchada, triste e inerte por los últimos acontecimientosde mi vida, que recibir un silencio u otra bofetada a mi amor propio me daba exactamente igual. Estaba fuertemente impermeabilizada; nada me afectaba. Sin embargo, no pensé en eso. No sé porqué, sentí el impulso de hacerlo. Sentí que quería verle, hablar con él. Y no de fruslerías ni para distraerme -no necesitaba distraerme-; no sé porqué, sentí que hablaríamos hondo, que conectaría; que respondería. No sé porqué lo sentí; pero lo sentí.

Su contestación no se hizo esperar: "Siiiiiiiiii, ¿quieres que nos veamos? ¡A mí me haría mucha ilusión!!!!!" Ni siquiera la emoción que transmitía me afectó. Tras un intercambio de mensajes en los que se mostraba de lo más afectuoso y entrañable-y, como siempre, divertido-, quedamos en pasear un rato al día siguiente. Cuando me llamó, antes de recogerme, y me preguntó cómo estaba, no disimulé: "físicamente muy bien; pero anímicamente muy mal". "¿Porqué...?" "Por muchas cosas."

Me recogió en casa de mi madre, y buscamos un bar para tomar algo guareciéndonos de la lluvia.

Me creía serena; pero sólo preguntarme qué me pasaba, rompí a llorar. Me abrazó, con suma calidez, y me dijo: "Llora. No sabes la suerte que tienes. Yo no puedo hacerlo."

Entonces abrió sus compuertas, esas que siempre había mantenido tan herméticamente bloqueadas, y desplegó ante mí y para mí todo su mundo interior, toda su energía, que se me hizo casi palpable. Sin necesidad de explicarle demasiado, o mejor dicho, casi nada, comprendió, y empezó a hablarme en un idioma que yo conocía perfectamente, y que me insuflaba bienestar. En un idioma que no suelo encontrar, ni poder hablar. Varias veces lloré, y varias veces me abrazó, absorbiendo mi tristeza y mi hondo desconsuelo. Me hizo pensar, me hizo reflexionar; me hizo trabajar. Me dio luz. Y me dio PAZ.

Al terminar, me dijo muy serio: "Mira. Yo creo que hay personas, y tú eres una de ellas -y yo también-, que están destinadas a "algo más". Por eso la vida nos envía señales. No es una casualidad que tú y yo estemos ahora aquí sentados. Nada de lo que te pase es una casualidad. Todo lo que te pasa, te tenía que pasar. Y te tenía que pasar en el momento en que te pasó."

Lo sabía. Por alguna razón, lo sabía. Sabía todo lo que me transmitió.

Me aseguró y me brindó ayuda, la ayuda que yo sabía hace tiempo que necesitaba y que tenía que recibir.

Al rato de dejarme de nuevo en casa, recibí un mensaje en mi móvil: "Recuerda siempre que no estás sola. Y recuerda también que TÚ eres AMOR PURO."

A la mañana siguiente, y por primera vez desde hacía muchos días, me levanté cargada de energía. El principio del resto de mi vida estaba empezando a empezar.

OSCAR (2/3)

Febrero 2005


Oscar me desesperaba literalmente.

Con sus "ahora te llamo, dos minutos" que dejaban pasar tres días, o con sus "llámame, que voy para casa" tras los que pasaba tres días más sin estar, o cuando hizo que me llamara su madre (¡su madre!) para cancelar una cita cuando ya estaba en la puerta con la mini y la canguro puestas, porque le había entrado fiebre, o cuando improvisó de la noche a la mañana un fin de semana "romántico" en París al saber que yo tenía que desplazarme allí por trabajo.

Este último episodio, uno más de entre tantos dignos de describir -por inverosímiles-, originó uno de mis famosos "nunca más de más de más en la vida"; pero la verdad es que ahora me río hasta de mi misma cuando lo leo.

Situación: Maite tiene que viajar a París por trabajo. El cliente paga. La vuelta está prevista para un jueves. Aprovechando la fecha, Oscar improvisa divertido un fin de semana romántico. Solamente me lo tiene que confirmar, para que yo pueda cerrar la vuelta con mi cliente. Pasan los días y todo sigue en el aire. Los consabidos "ahora te llamo", "mañana te digo algo", que te acabas preguntando si no te habrás imaginado tú. Consulto con mi cliente, apurada e inventándome excusas filiales, qué día cómo máximo le tengo que decir algo. Lo comento con Oscar, ya bastante cabreada. Su simpatía me aplaca. Bueno, solo a medias. Espero. Siguen pasando los días, todo en el aire, sin noticias. Pasa la fecha límite para mí.

Secuencia (texto extraído de mi "diario de desahogos", febrero de 2005):

"La verdad es que este tío es la ostia en vinagre. Hay para mandarlo a tomar por culo para siempre, de verdad. ¿¿Pero es que se cree que es el centro del mundo, o qué??

Ayer, último aviso para cerrar la vuelta, por supuesto ni me llamó.

Esta mañana, cuando iba a hacerlo yo sobre las diez, me manda un mail: que le llame, por favor, que tiene problemas con el teléfono. Efectivamente, al marcar su número, me sale el buzón de voz de otro. Le llamo a su oficina, y me dicen que me llama él (no hacía ni dos minutos que había recibido el mail). Al cabo de una hora (once y pico), vuelvo a llamar, ya cabreadísima. Me dicen que espere, que me intentan pasar. Vuelve la recepcionista: que me llama en dos horas. ¿¿Qué?? Sí, que está reunido y no se puede poner. Que hasta esta tarde no sabrá si puede ir a París, pero que él me llama en dos horas. Le digo que por favor le diga que me llame, que si en dos putas horas (a las 13.30h) no sé nada de él lo cancelo todo. Sí, sí, se lo dirá.

14.20h. Ni mú.

No sé, se debe pensar que los demás no tenemos vidas complicadas ni días ajetreados, y que él es tan tan importante que todos tenemos que entender y asumir que no disponga ni de un minuto y medio para decir algo, y tenemos que estar eternamente pendientes de él, aunque eso comprometa incluso nuestro trabajo e imagen frente a nuestros clientes, que no son, ellos, importantes. A lo mejor se cree que yo trabajo en un despacho de chichinabo, vamos, donde todo puede esperar hasta que él se digne. Sí, claro, es que debe ser el ombligo del mundo, lo que pasa es que yo todavía no me he dado cuenta, simple mortal. No te jode...

Lo que debería hacer es cancelar AHORA MISMO y mandarle a tomar viento, pero YA. Ya lo sé.

Sin embargo, una vez más (y es la última), esperaré. Rabiosa a morir y cabreada como una mona, pero esperaré. Aunque sea lo último que se merezca en el mundo.

Me cago en la puta. Lo de este tipo es que no tiene nombre. Ahora (16.30h) va y me manda un mail diciéndome que le mande mi número, que ha perdido su móvil. Una hora después, recibo otro pidiéndome que copie a su secre, porque él no está en la oficina. Pero que cojones tiene, el tío, es que ni me lo creo. Me esperaré hasta las 18.30h en-pun-to (he llamado al cliente para saber el plazo límite límite límite para confirmar, ya no sé qué carajo contarle), y si a esa hora no sé nada, cancelaré y no volveré a hablar con él NUNCA MÁS DE LOS JAMASES EN LA VIDA."

Por supuesto, a las 18.30h no supe nada, cancelé rebosando rabia por las orejas y por todos mis poros y sintiéndome la mujer más gilipollas del mundo mundial, y a eso de las nueve de la noche, "el señor" se dignó llamarme, para decirme que no podría ser ("ah, pues no me digas..."), y, todo cachondito él, que no me preocupara, que ya me invitaría una semana entera a París, que su trabajo es así...

No le volví a hablar en mucho tiempo; en mucho. Pero, por supuesto, incumplí mi furioso y convencido hasta la muerte "NUNCA MÁS DE LOS JAMASES EN LA VIDA".

Y es que la vida es larga... y gira mucho. Al menos la mía.

OSCAR (1/3)

Verano 2006


Cuando le conocí, algo más de seis años atrás, Oscar me pareció el tío más insoportable, insolente y autosuficiente del mundo. Pero con los años y el roce (teníamos amigos comunes), llegamos a formar una suerte de intermitente relación de amistad. Descubrí que desprendía, cuando quería, un punto de ternura y cercanía que no he sentido en nadie más; y una simpatía chiflada que me hacía desternillar.

Coñón (de la coña) por naturaleza, se metía con todo el mundo con una gracia y un carisma tales, que nadie se podía enfadar, por irrespetuoso o indiscreto que fuera lo que estaba diciendo -que casi siempre lo era. Había que reconocer que el tío era divertido y sabía entrar. Era un chulillo, sí; pero un chulillo tremendamente simpático. Por gordas que las hiciera o soltara, volvía con su encanto y su naturalidad, como si nada hubiera pasado, y siempre se le perdonaba. "Es Oscar", decía la gente, "ya lo conoces."

Siempre le consideré uno de esos amigos "raros", con el que me sentía a gusto cuando estaba, pero del que no me terminaba de fiar.

Eludía los temas serios, las profundidades. Cuando alguna vez las había rozado se ponía muy serio -me chocaba-, y dejaba aflorar una puntita de un gran mundo interior que sin duda bullía detrás de esa apariencia frívola y superficial. Pero se cuidaba muy mucho de mantener ese mundo a raya; por algún motivo, nunca dejaba que nadie lo olfateara siquiera.

Cuando nació mi hijo, fue el único del grupo que vino a vernos, e incluso nos sacaba a comer de vez en cuando, comportándose con el peque de la manera más entrañable. Y me contaba alguna cosa suelta -disimulando, como quien habla de la lluvia- de sus protegidas entrañas. Tenía golpes escondidos, sí. Recuerdo cuando, al invitarle al primer cumpleaños de mi hijo, en la montaña, se presentó con el ramo de flores más bonito y original que jamás he visto (no sé de dónde lo sacaría), y me dijo: "Seguro que hace al menos un año que nadie te regala nada a ti." Su acompañante de entonces (él siempre negaba tener "novias", aunque le duraran tres años) puso cara de póquer.

Cierta Navidad, me sorprendió invitándome a cenar en "una mesita para dos la mar de cuca", en el restaurante más bonito del pueblo. Y abrió las compuertas, un poquito. No fue hasta entonces que pensé que podía querer dejar ver, y que podía incluso valer la pena tratar de meter la nariz ahí dentro.

Me sorprendieron su calidez, su destreza; era (es) un hombre tremendamente envolvente. Parecía que, en la intimidad, dejaba actuar a su otro yo; ese que tenía tan escondido. Nunca lo hubiera imaginado, pero resultó que había química; ésa, difícil de encontrar. Recuerdo haberle dejado escapar en alguna ocasión, ahogada en gemidos, que era el hombre más generoso en la cama que había conocido; desconcertaba mucho siendo, como era, tan individualista y despegado fuera de ella.

Al poco de romanticismos de lo más espontáneos, originales e improvisados, que yo intentaba mirarme de lejos, volvió a sus andadas. A su chulería impertinente, pero tan natural; a sus desfachateces exasperantes que parecía ni haberse dado cuenta de haber cometido y que arreglaba siempre con su tremenda simpatía, haciéndote sentir la persona más estúpida del mundo por haberte enfadado. Me sacaba de quicio. Le solté algunas muy gordas, por las que creí que me desterraría para siempre jamás de los jamases al exilio de los "non gratos", según su umbilical criterio. Pero no. Las esquivaba como una anguila. Como si no fueran con él. Ni se dejaba salpicar.

Un buen día, sin dejar pasar mucho tiempo (sin duda gen de mi abuela, he salido yo muy flamenca), me harté. Sé que él no lo entendió, o tal vez solo no le importó; pero no estaba yo para explicarle en qué consiste la educación. Además, ya lo había intentado. Cabreadísima con "la última", me juré y perjuré no volver a hablarle nunca más de más de más en la vida.

Y sí, me pasé un montón de meses sin hacerlo, y sin contestar sus -escasas, todo sea dicho- llamadas de teléfono ni sus divertidas gracias. "Que te jodan, capullo. A otro perro con ese hueso." Si al menos hubiera recibido una disculpa... pero era imposible; él ni siquiera parecía consciente de que hubiera nada de qué disculparse.

Cuando, mucho tiempo después, se me pasó (tengo no sé si el defecto o la virtud de no ser rencorosa), y accedí a cenar de nuevo con él (que se presentó como si nunca hubiera pasado nada, como si nos hubiéramos visto el día anterior), me dijo algo, ni siquiera recuerdo qué, que hizo explotar como hacía mucho tiempo que no explotaba algún mecanismo en mi interior. Le dije cosas muy feas pero muy verdad desde muy adentro, con mucha fuerza y con mucha, mucha mala leche. Terminamos el segundo plato y el postre sin hablar y sin mirarnos siquiera. Sentía una furia tremenda; me daba todo, lo que pensara él, lo que pensara el restaurante, lo que pensara el mundo entero, exactamente igual. Ni aunque me hubieran estado apuntando con una metralleta hubiera cambiado mi actitud. Todavía sin cruzar nuestros ojos, cogimos un taxi cada uno, y cuando llegué a casa aspiré literalmente un cigarrillo, pensando: "que le den por-el-pu-to-cu-lo pa-ra-siem-pre. Por lo menos me he quedado tranquila." Al poco, recibí un mensaje en mi móvil: "Me sabe muy mal que tengas esta opinión de mí y que nuestra relación termine de esta manera. No sé hacerlo mejor."

Terminé en su casa, hablando de cosas sin demasiada importancia y de su trabajo. En lo poco que realmente importaba (o que al menos me importaba a mí), se limitó a dejarme hablar y a decir desviando que "tenía razón". Tuve la sensación de que me la daba como a los locos. "Ahora me siento mucho mejor", recibí cuando llegué a la mía, entrada la madrugada. Yo... la verdad era que no; la verdad era que no sabía cómo sentirme. Desconcertada, intrigada, fastidiada, impotente. Innata saltadora de obstáculos, aquel era como la mismísima muralla china.

Han pasado más meses, y pasarán muchos años más; y seguirá siendo igual. Intermitente, despegado, cercano, envolvente, cálido, amurallado. Con su interior, ése que a lo mejor vale la pena (sólo a lo mejor), encerrado a cal y canto, protegido, guarecido, resistente a dejarse mostrar. Con sus absurdeces inexplicables. Con su estar sin que se note; su estar sin dejarse, no se vaya nadie a acostumbrar.

La que ya no es igual soy yo: ahora ya ni me inmuto. Sus qués y porqués han dejado de afectarme, y hasta de importarme. Un día conseguí, por casualidad y de refilón, sacarle lo que podría ser la semilla de su excéntrico y desesperante comportamiento: "me da mucho miedo querer plenamente".

Pues tú te lo pierdes. A mí también me pasa, seguramente con más fundamento, y no me comporto como tú.

La pasada noche, tocando las doce medio dormida en el sofá, recibí un mensaje en mi móvil. El pitido resonó de tal manera en el silencio nocturno que me dio un susto de muerte.

Era Oscar. Que hacía días que no sabía de mí. ¿¿?? Ah. Ni yo, no te jode. Un año atrás, todavía habría estado esperando rabiosa e indignada tras ese "mañana te llamo" de hacía más de un mes, cuando a la una de la madrugada me hizo saber, también mediante un mensaje y porque se me ocurrió preguntar ante la tardanza, que no podría venir porque se le había complicado el trabajo. "Mañana te llamo", escribió. Ya. Mañana del próximo mes. Me quedé tan ancha, y llamé a Pedro. Aún podía pillarlo por ahí. Y no iba a desperdiciar mi noche y mi mañana libres de mi pequeña joyita.

- O: "Hace días que no sé nada de tí."
- M: "Ya. Ni yo. ¿Dónde estás?"
- O: "En París. Trabajo. ¿Y tú?"
- M: "En la montaña. Vacaciones."
- O: "¿Me invitas?"
- M: "Jaja... ¿Ya te has vendido la casa...?"
- O: "No... ¿Quieres que te invite...?"
- M: "¿Adónde? ¿A tu casa? ¿A París?"
- O: "Qué lío... Nada, ¡que espero verte pronto!"

El siguiente mensaje, salvando una entrecortada conversación al hilo de una intervención radiofónica suya, fue una felicitación tanteadora para el cumpleaños de mi hijo, equivocada en el día y certera en la intención.

El día correcto llegó la completa, que nos felicitaba con sincero calor a los dos. Familia aparte, fue la única que recibí.

Lo más curioso es que me sigue haciendo sincera ilusión cuando sé de él.

TRAS LA AVERÍA (3/3)

Unos cuantos otros días depués


Recuperar mi vida pareció hacerme olvidar que se había parado; aunque sólo estaba cogiendo impulso para seguir girando. Efectivamente, se paró. Para continuar rodando en otra dirección. Todavía no sé cuál es, ni adónde va. Me he dado cuenta de que debo asumir con paciencia esa calma necesaria, y dejar que las cosas sucedan. Despacio, y una detrás de otra; con resignación. Con esa resignación de la que he huido visceral y rebeldemente toda mi vida.

Me siento extraña, pero estoy inmóvil. Las fuerzas actúan sobre mí sin que yo pueda hacer nada ahora, salvo aceptarlas y tratar de entenderlas. O no. O simplemente encajarlas. No soy, ahora mismo, dueña de mi destino; no tengo fuerza ni decisión.

Así que no me muevo. Asumo mi falta de recursos actual, y no me muevo. Me dejo llevar.

No me esfuerzo en tratar de aceptar al padre de mi hijo, ni me corroo odiándolo. No me atormento diseccionando el inesperado y repentino desenlace que tomó mi relación, sino que lo asimilo, aceptándolo como algo doloroso pero liberador, como un mal necesario, aún en la tristeza que supone la amputación de la ilusión. Asumo el echar de menos a mi hijo en estos días, y me dedico a descansar, y a relajarme. Aparto de mi mente el trabajo, y me tranquilizo pensando en los largos días de baja que me esperan por delante. Me refugio en la lectura y en mis amigos y familia. Me dejo querer, cuidar, y llevar por la vida y sus pequeñas o grandes cosas, sin sentir, las más de las veces, ni frío ni calor.

Aparco las emociones, la motivación, el incentivo, la intensidad. No deseo, no me planteo, no quiero, no odio, no vibro. Me dejo estar en encefalograma plano, me dejo vagar, sin huir, por ese estado de desierto emocional que me ha producido auténtico vértigo toda mi vida.

A veces tengo la sensación de que vegeto, un poco, o un mucho. Pero no puedo hacer otra cosa.

Estoy hibernando. Me estoy cargando. Mis baterías estaban bajo reserva, a punto de estallar.

Me resigno a vivir como viene esta etapa inerte y contemplativa, a mi vida de abuelita impotente e infértil.

Sólo me mueve por dentro la existencia de mi hijo.

No es momento de actuar.

TRAS LA AVERÍA (2/3)

Veinte días después de salir del hospital


Tengo grandes lagunas de memoria en lo que respecta a mi primera semana de hospitalización. Recuerdo la UCI, mi habitación, personas, muchas personas, esperadas y no esperadas, yendo y viniendo; la arteriografía; la rampa en la espalda por haberme tenido que estar tiesa y sin moverme tanto rato en una camilla endemoniadamente estrecha y convexa. Recuerdo el cariño de todo el mundo, la emoción. El no poder en ocasiones contener el llanto. Sin razón consciente; por simple desborde emocional. Recuerdo llorar al ver a mi amiga Silvia, y cómo también ella lloró. Recuerdo llorar al ver a Sergi, y cómo, instintivamente, me abrazó, y también lloró, conmigo. Recuerdo un profundo y continuo sentimiento de agradecimiento: a la vida, por haberme dado otra oportunidad; a mi ángel de la guarda, por haberme agarrado del cuello cuando me caía en el pozo; a mis amigos y a mi familia, por estar ahí, y demostrármelo sin desfallecer.

Recuerdo perfectamente todo eso, sí; ese sentimiento desbordante, que me llenó de energía y me impregnó de un sorprendente optimismo, que ya no me abandonó.

No tengo, sin embargo, secuencia. Lo recuerdo todo a trozos y mezclado, sin capacidad de ubicarlo en el tiempo y con no pocos vacíos. A pesar de haber estado en todo momento no sólo consciente, sino aparentemente lúcida e incluso espabilada, no recuerdo muchas cosas que después me han explicado. Cómo llegué a la UCI; el traslado a la que durante quince días fue mi habitación; conversaciones; cuándo vino quién.

Lo que sí recuerdo, sin embargo, y con increíble nitidez, es la fuerza con la que, durante esa primera semana de ingreso, sentí que quería cambiar mi vida. Mi cabeza no cesaba de trabajar en la identificación precisa de cuanto me impedía ser plenamente feliz y había sobrecargado mi maltrecha emocionalidad en los últimos tiempos; en la búsqueda de la manera de modificarlo; en el camino a seguir para poder "volver a empezar". Y continuar.

Algo mística como soy, me convencí de que ésa, la sobrecarga emocional en mis circuitos, había sido la razón "vital" de la explosión que había sufrido, y me determiné a modificar mi modo de vida, a erradicar el origen de mi plural insatisfacción. Sentía una fuerza y energía tales, que me veía capaz de todo. No había lugar para el amedrentamiento ni la equivocación.

Supongo que ese pensamiento, junto con el cariño incesante recibido de quienes me quieren y de quienes no sabía que me querían, fueron los principales propulsores de mi rápida y sorprendente recuperación. Raramente, ni aunque a ratos llorara, me abandonaron el optimismo, la fuerza interior y el buen humor.

Hoy, llevo exactamente veinte días fuera del hospital.

Y, aunque me encuentro mucho mejor y muy recuperada, me pesa decir que mi determinismo ha bajado en igual proporción. Me he deshinchado como un globo. Conforme recupero mi vida, la de siempre, me invade un derrotismo mal llevado que me impide actuar. Y esa energía que me sacó de la ciénaga deja paso a una resignación huraña ante lo que no me veo capaz de cambiar; ni de cambiar, ni de asumir.

Sé que objetivamente no me puedo quejar. Pero me siento como atrapada en un callejón sin salida.

En un callejón sin salida que es un hogar de dos, en el que me erijo en único responsable de domar a la fierecilla que parí, vampiro de energía y paciencia, con el añadido de tener que contrarrestar además los "desdomes" infligidos por su padre a pesar de mis peticiones más básicas.

Un callejón sin salida que es un padre no elegido de esa fierecilla al que no puedo ni ver ni oler, porque su falta de honestidad y sus mentiras compulsivas, su misma forma de hablar, me producen un literal sarpullido emocional.

Que es una relación de inconsistente cal y arena, que me mantiene enganchada por sus momentos auténticos pero que no deja de hacerme constatar, involuntaria pero constantemente, que dos mundos nunca serán uno.

Que es un trabajo de ambiente desmotivador, rutinario y opuesto a mi talante y valores, al que sin embargo no puedo renunciar sin haberme vuelto loca o haber cobrado una suculenta primitiva.

Que es un ramillete de amigos diseminados por el espacio y el tiempo que me tienen gravitando en su órbita de "queridos", o hasta de "muy queridos", pero cuyo pilar es, con toda lógica, otro -por lo general, el que a mí me falta-, y que hacen simplemente su vida.

Tal vez no está en mi mano. Sólo debería saberlo aceptar. Pero la resignación no es lo mío, y suelo llevarla muy mal.

Al final, siento que mi hospitalización fue algo así como una estancia en una nube (con razón tenía una habitación con vistas), de la que me he bajado de golpe al volver a la tierra, a mi vida normal.

Allí, en mi nube, no tuve que domar a mi fiera porque otros lo hacían por mí, ni que enfrentarme a las perogrulladas de su padre, como en un cuento de princesas me libré en muchos días de varias dosis de cal, llegando casi a creerme que se habrían evaporado, en el trabajo ni siquiera me preguntaron qué tenía pendiente (todo) y me trataron con sumo cariño, y todos, creo que todos, mis amigos desperdigados por sus vidas y propias circunstancias vinieron a visitarme, repetida e inesperadamente.

Intuyo que la solución está en algún lugar dentro de mí. Pero no lo consigo encontrar. Sólo consigo reconocerme cada vez con más ahínco que no me satisface el puerto al que ha llegado mi vida. No sé dónde están los otros, no sé dónde está el que yo quiero, no sé qué rumbo tomar.

Y entre que no decido y nada cambia, me siento gris. Gris e insatisfecha.

TRAS LA AVERÍA (1/3)

Al poco de salir del hospital


Poco antes de averiarme, leí en el blog de Calíope una lección de vida preciosa y muy sabia, que creí haber leído alguna otra vez en algún otro lugar.

Trata sobre lo que uno aprende en la vida; el que tiene la suerte de aprender.

Siempre he creído que el propio destino nos manda lecciones; para que las entendamos, para que evolucionemos, para que sepamos valorar y nos hagamos más fuertes y más sabios, llegando, así, a completarlo.

Yo, aprendí mucho en mis dieciséis días de hospital. Salvo en algún momento puntual, mi ánimo era de lo más positivo -lo que sin duda coadyuvó a mi recuperación-, porque la vida se paró, y pude así contemplarla desde otra perspectiva. Alguien pensará que son imaginaciones mías; en algún momento, hasta yo me lo pregunté. Pero puedo asegurar sin mentir un ápice que podía verla pasar lentamente, muy lentamente; tuve la sensación, con una firmeza tremenda, de poder ver a las personas sin filtro alguno, como si hubiera desarrollado en esos días la extraña capacidad de captar con toda claridad lo que hasta el momento había permanecido empañado o solo intuido, de ir más allá de lo que cada cual mostraba o pretendía mostrar. Podía captar el estado, el ánimo, el interior de cada persona que venía a visitarme, sin que nada me confundiera lo más mínimo, como si tuviera una mágica bola de cristal. Me costaba muy poco o nada; la percepción me llegaba de inmediato, produciéndome bienestar, paz, alegría, compasión, tristeza o incluso malestar. Es difícil de explicar; pero yo me entiendo.

Y en esos días, aprendí.

Aprendí que el mundo va muy acelerado, y que es necesario frenar.

Aprendí que las personas nos preocupamos por cosas muy poco importantes, y nos olvidamos de las que cuentan, y hasta de nosotros mismos.

Aprendí que la ansiedad es mala compañera, y pincha incluso a quien quiere sin intención.

Aprendí que mucha gente camina en círculo sobre sus propios errores, sin identificarlos, impidiéndose así corregir el camino mal trazado.

Aprendí que las personas escondemos nudos, nudos muy grandes, que nunca hemos llegado a deshacer.

Aprendí el poder que tiene un abrazo sentido.

Aprendí la fuerza que da el sentirse querido; la fuerza del cariño y la amistad.

Aprendí lo que es sentirse en verdad agradecido.

Aprendí, en fin, que la vida es otra cosa. Que es muchas pequeñas y sencillas cosas. Que no la podemos desaprovechar.

En esos días de hospital, fui plenamente consciente de que debo cambiar de sitio muchas piezas de mi puzzle; piezas que estaban mal puestas, y que por eso no encajaban, forzadas, y me escocían día a día con su roce.

Aprendí de esta experiencia que he tenido una suerte inmensa, que mi ángel de la guarda existe, y que me ha mandado una señal.

Y que no la quiero desaprovechar.

Corazón y razones

Yo no elijo de quién me enamoro.

Porque no me enamoro con la cabeza.

Con la cabeza me desenamoro.