Todos los lunes son particularmente duros y un punto depresivos, y éste no ha sido distinto.
Aunque este fin de semana ha estado muy bien, y, al menos en apariencia, ya me encontraba mejor (no he tenido fases agudas de crisis), al llegar a casa ayer noche tuve una recaída. Y hoy, he vuelto a llorar; dos veces.
Antes de marcharme, el sábado, te llamé. Me pareció que lo agradecerías, ya que por la mañana te encontré bastante jodido. Quería por lo menos animarte. Quedamos en que nos veríamos para cenar, esta semana. Y me marché, confieso, con la cabeza un poco enredada.
Me dí cuenta de que pasé el día abrigando ciertas esperanzas. Alberto me dijo, en un “aparte”, que él creía que volveríamos, porque nos queríamos mucho. Noté cómo se me ensanchaba el corazón y me empezaba a dejar llevar por aquel rayito de luz, que me producía bienestar, porque me sacaba de esta pesadilla. Y me di cuenta también de que estuve esperando tu llamada, que no llegó. Tal vez por eso, no me gustó sentirme así. Así que traté de reconducirme a la posición que creo la correcta. La noche estuvo muy bien, porque estaba todo el mundo; pero a todo el que me preguntaba por ti le decía que tenías mucho trabajo. Es sintomático...
El domingo estaba cansada y apagada; aunque una maniobra de Laura hizo que el día terminara siendo interesante y distraído.
Antes de salir de vuelta para Barcelona, no pude evitar llamarte otra otra vez. Parecías más distanciado, y, sobretodo, ligeramente atacante. Me soltaste que habías decidido no irte a vivir a casa de Carlos, que se te había ocurrido que tal vez te comprarías un piso, y que no sabías qué harías, porque en sólo una semana te había cambiado la vida. Me pareció que me hacías culpable, por lo que te recordé, en un anticipo de lo que me gustaría que habláramos, que no te había cambiado de repente, sino que no habías querido ver las cosas durante mucho tiempo. También me dijiste que habías estado en casa, y habías visto que no había ninguna foto tuya. Dejaste ir con un toque de amargura no quedaba ningún rastro tuyo, que ni siquera los gatos te recordaban ya, y te hiciste incluso el sorprendido de que quisiera quedar contigo para cenar. Deduzco que ver todo eso no te sentó nada bien, y por eso adoptaste esta actitud agresiva-defensiva; supongo que es normal, no lo sé. Pero también lo es que yo trate de defenderme del dolor.
Como digo, al llegar a casa me hundí un poquitín.
Hoy he pasado el día aparentemente bien; pero, cuando al mediodía me ha llamado tu primo, y me ha prguntado cómo estaba, con toda su buena intención, he sido presa de una llorera inaguantable. He disimulado, claro, pero por supuesto que el pobre lo ha notado. Me ha sabido tan mal que hasta le he escrito un e-mail para disculparme; y he tenido que parar varias veces, porque tanto escribiéndolo como releyéndolo, volvía a llorar.
Finalmente, he decidido venir a casa pronto, y he vuelto a recaer. Cuando sienta el aroma del brócoli que estoy preparando no sé qué pasará, aunque vuelvo a estar algo mejor. Me ha llamado Pedro, cosa que me ha animado algo; pero de nuevo he estado a punto de sucumbir otra vez cuando me ha preguntado cómo estaba. No lo puedo evitar...
La verdad es que, aparte de echarte a faltar y a pesar de la situación, tengo ganas de verte, y de hablar contigo. Muchas. Pero, por otro lado, temo que no sólo no sirva de nada, sino que quizás todavía vuelva a dar un paso atrás. Me gustaría que tuvieras la acitud adecuada. Me gustaría que pudiéramos hablar como adultos, como personas civilizadas, sinceramente; me gustaría que nos lo pudiéramos decir todo sin hacernos daño y sin susceptibilidades absurdas.
Pero tal vez no pueda ser, esto. Porque es lo que he pretendido durante estos dos años y pico, y no lo he conseguido.
DIARIO FABULADO. Si quieres ver la introducción, pincha aquí: Nota sobre Bonjour tristesse

