Necesitaba calor. Ese día, necesitaba calor. Y ella me lo dio; como siempre.
Como siempre, porque Mercè, “La Sorri”, no puede no dar calor: ella es calor.
Mercè desprende y derrocha calidez, simpatía, generosidad a raudales. Se le escapan por las chiribitas de sus ojillos menudos y vivaces, por las comisuras de su sonrisa permanente, por las puntas encrespadas y rubias de su pelo corto y despeinado que tan graciosa la vuelve.
Conocí a Mercè con trece años, en un viaje que ambas hicimos a Birmingham en autocar, donde íbamos a pasar un mes. Ella me llevaba (y lleva) un par. De años. Entonces era “de las mayores”, por lo que no llegamos a intimar demasiado; yo salía del huevo, todo era nuevo y aventura, casi pecado, una discoteca y un chico eran hasta el momento sólo películas. Ella, en cambio, se puso de novia con el tipo más atractivo del autocar. El Vizcaíno. Tuvimos destinos distintos, y sólo volvimos a coincidir de vuelta, en el mismo autocar. Ya no nos vimos más.
Unos diez o doce años más tarde, me encolomaron en el despacho una entrevista en francés a una posible candidata, con el fin de comprobar su pretendido nivel. Su alegría cascabel seguía siendo patente, pero, de entrada, no la reconocí. Sin embargo, algo en ella me resultaba muy familiar.
Ella iba hablando, y hablando, y gesticulando, con esa pasión que le es inherente, mientras yo iba rebuscando en mi interior, ajena a lo que me estaba diciendo: “de qué… pero de qué me suena a mí esta chica… esa sonrisa…” De repente, interrumpiendo súbitamente alguna explicación, palmeé sonoramente las manos y espeté, victoriosa: “¡Ya está!” ¿Qué…? “Que ya está… ya está –exclamé llena de júbilo-; ¡ya sé de qué te conozco!!”
Se quedó muda y con los ojos como platos, mirándome sin comprender. “Hace unos diez años, Birmingham, autocar… Tú…” Su expresión se volvió escudriñante. “… el Padre de Diego, aquel cabrón, tú estabas con el chico aquel de ricitos…”
“Ostia. Ostia. Ostia, ostia, ostia, ostia…..”
Se acordaba de mí, claro que se acordaba… ¡Y tanto que se acordaba! A partir de aquel instante, la entrevista y el francés pasaron a un último e inexistente plano, y nos pasamos el rato contándonos cosas, recordando anécdotas, riéndonos y recorriendo diez años de golpe.
Mercè entró, claro que entró; su currículum es sencillamente impresionante. Su nota más baja en toda la carrera la conforman algún que otro sobresaliente y un “vergonzante” notable. Habla y escribe perfectamente seis o siete idiomas. Y tiene la capacidad de trabajo y estudio más desarrollada que jamás he visto.
Trabajamos mucho juntas, en clientes comunes o sin ellos. Nos llevábamos muy bien. Algo invisible nos unía; algo en nuestra manera de ser, en nuestra manera de ver y entender la vida. Ella siempre me lo decía, y me lo sigue diciendo: “Tú y yo somos iguales, Maite. Tú y yo somos iguales. Y nos van a joder. No te dejes joder. Has de ser fuerte.”
Hasta que un día, se marchó.
Ese despacho no tolera la gente “diferente”, y ella lo era; y mucho. La putearon, la machacaron, injustamente, hasta que, harta, se marchó.
Pero se chupó un MBA como quien se fuma un puro, y se colocó de directora en uno de los que había sido de sus mejores clientes. Y allí sigue, como la que más.
Pero la vida la ha pateado fuerte.
Sin embargo, Mercè es una superviviente. Una superviviente nata.
Los últimos acontecimientos de su vida la sumieron en una oscura depresión de la que parecía no poder salir; cada vez que lograba asomar la cabeza, un nuevo e inesperado devenir la volvía a golpear, hundiéndola de nuevo. Parecía que se le apagaba la luz. Ella creía que se le apagaba la luz.
Pero no. A Mercè no se le puede apagar la luz, porque Mercè es luz; la lleva dentro, siempre encendida, brillante, incrustada en el corazón.
El otro día necesitaba sentirla, recibir el calor y la humanidad que irradia. Y, aún convaleciente de sus circunstancias, me lo dio. Me acogió con su magnífica sonrisa, con su inacabable calidez, con su alegría y su fuerza indisimulables pese a todas sus circunstancias adversas… Y me sentí bien.
Me sentí feliz, reconfortada, llena. Llena y afortunada de tener una amiga como Mercè.
Porque no todo el mundo puede contar con una Mercè en su vida.
Yo sí. Y no sabéis, por ello, lo afortunada que soy.