La Coctelera

Categoría: Enero 2007

Moviola

Si pudiera hacer moviola

y retroceder algún poco en mi vida

recolocaría algunas cosas,

ahí,

por entre mi corazón.

Lo pondría bajo siete llaves

les retiraría mis besos a algunos

y les entregaría mi cuerpo a otros;

ese cuerpo

que tantas veces negué

sólo por tantos besos

que nunca encontraron su lugar.

Quién miente

Muchas veces me han dicho ‘te quiero’; pero muy pocas me han abrazado como me abrazas tú.

LA AZOTEA DE MARTINA

Ubicación: Mullido sofá de un diminuto estudio en un céntrico ático de la ciudad: la azotea de Martina. También es su cabeza. Sus idas y venidas dentro de ella. Su compleja percepción vital.

Escena: Café y cigarrillo en mano, le pregunto cómo está.

Me dice que está bien, que está tranquila.

La miro.

Martina corresponde con una mueca. Repite que está bien… pero que tiene sus cosillas. Que hay cosillas que la han disgustado. Que le han dolido… y que ahí están. Y que algunas, a ratos, la pinzan. Que la hacen pensar.

La sigo mirando. Duda. Y añade. Y se suelta.

Que de todas las que le chirrían, hay una, una en particular, que aunque a lo mejor -seguramente- no es la más importante, y que aunque a lo mejor –seguramente-, hay a quien le puede parecer la más hermosa y sublime tontería, a ella la persigue. La persigue, la cabrea, la cabrea mucho y la bloquea, que no lo puede evitar. Que cuando mejor se siente, se le cuela de repente, sin previo aviso ni detonador, por esa puta fisura, y se le incrusta en la mente y la taladra y la pone literalmente de los nervios. Que se le atraganta y se cruza de tal manera que no es capaz ni de encontrar lo que está buscando en la nevera. Y que, aunque luego se le pasa, no consigue quitársela de encima, no consigue darle la vuelta, no consigue dejar de pensar en ello y que, sencillamente, no le afecte.

Le pregunto que qué es.

Mira al suelo, y luego a mí.

M: La pintada.
Yo: ¿La pintada…?
M: Sí, la pintada.
Yo: ¿…Qué pintada?
M: La pintada que él tiene en la pared de su cuarto, al lado de su cama. La de la cubana.
Yo: ¿¿??
M: Tiene la pared llena de pintadas de mujeres, como si fueran muescas. Algunas se ve que son de un cumpleaños, otras deben ser de novias que ha tenido, o de rollos.
Yo: ¿Y…?
M: Pues nada, que hay una que no puedo soportar.
Yo: ¿Y cuál es?
M: Una que dice: ‘¡Ya sabes el sabor de mulata, papi!’, con una cubanita dibujada; y está escrita con el rotulador mucho más gastado que las demás.
Yo: Bueno… ¿Y? Es pasado, ¿no…?
M: Bueno… sí… pero no exactamente.
Yo: ¿Qué quieres decir con “no exactamente”…?
M: Quiero decir que se ven. Que son amigos. Que son amigos, y se ven. Con cierta frecuencia. Parece ser que se tienen mucho cariño.
Yo: ¿Y como lo sabes?
M: Porque se lo pregunté. El me hablaba a veces de una amiga cubana, y comentaba de pasada sobre ella, sin decirme nada más. Incluso fue a su fiesta de cumpleaños sin invitarme, y se hinchó a hacerle fotos. Sólo a ella. Fotos que vi por casualidad, no porque me las enseñara. Y un día no pude más, y se lo pregunté. Le pregunté si era la de la pintada.
Yo: ¿Y…?
M: Y me dijo que sí.
Yo: Ah. ¿Y te dijo algo más?
M: No; no dijo nada más. Solamente “sí”. Y me sentó como una patada en el culo. Y a él, que me sentara como una patada en el culo.
Yo: ¿Y porqué??
M: Pues no sé. Me dijo que era celosa. Que si me parecía mal que mantuviera buena relación con sus historias pasadas. No entendió que hubiera nada que me pudiera sentar mal.
Yo: Bueno, en realidad… Si sólo son amigos… ¿Estás segura de que sólo son amigos?
M: Sí, de eso estoy segura.
Yo: ¿Y cómo estás tan segura?
M: Porque también se lo pregunté. Ya que estaba, me lancé. Y me dijo que habían tenido un rollo, muy corto, y que después siguieron amigos; como con tantas otras. Que él no iba ahora teniendo líos por ahí.
Yo: Pues entonces…
M: Es que la pintada me parece de mal gusto. Las otras no me molestan, ni tampoco lo que haya hecho anteriormente, más faltaba. Es evidente que, a estas alturas, todos tenemos un largo “antes” del presente que tenemos delante, y lo asumimos.
Yo: ¿Y porqué entonces te molesta tanto? ¿Qué tiene esta pintada que no tengan las demás?
M: Pues tiene… que es una alusión directa, y exclusiva, al sexo. Me parece desconsiderada para la persona con la que esté, que ahora resulta que soy yo; sobretodo si se siguen viendo. Las otras son cariñosas, o discretas. (Y seguro que bastante más antiguas). Pero ésta no: es explícita y clara, y se refiere sólo y directamente a algo y a un momento muy concretos.
Yo: (silencio)
M: Es casi como si tuviera una foto de ella follándosela en la mesita de noche, y yo me la tengo que tragar cada vez que me acuesto con él.
M, Yo: (silencio)
M: Además, es como… no sé… como ofensiva. “Ya sabes el sabor de mulata, papi”. Como si dijera “ya te has estrenado, ya te has enterado; ya te has follado a una mulata, y ahora ya sabes lo que es bueno, ahora ya sabes lo que vale un peine”. No sienta bien.
Yo: Ya, ya te entiendo… Pero bueno, no deja de ser pasado… En realidad está contigo, y no con ella; por algo será, ¿no?
M: Sí, ya… pero me repatea. Me repatea ver la pintadita allí cada noche y que encima sean tan amiguitos. Ojos que no ven, corazón que no siente; pero es que yo esto lo veo. Lo veo cada noche. Cada noche veo “la foto” de él probando el sabor de la mulata estampada en la pared. Es como un recordatorio permanente. Mantiene el momento vivo. Para todo el mundo; él y yo incluidos. No permite pensar en ellos en forma de amistad.
Yo: (silencio)
M: Seguro que hasta al Feng Shui le parece de mal rollo.
Yo: (sonrisa; silencio)
M: Además…
Yo: ¿Además…?
M: Además, ahora él está en Cuba.
Yo: Bueno, mujer, pero ella no… ¿no? ¿O sí?
M: Ya, no, ella no. Pero pasará unos días en casa de sus padres. Y llevaba la mochila llena de cosas que ella le había dado para ellos.
Yo: Bueno, pero ya sabes que eso es costumbre entre esa gente…
M: Sí, ya sé. Ya sé. Pero me pongo de los nervios al pensarlo.
Yo: ¿Pero porqué??
M: Pues porque la veo a ella. La veo a ella presente. Lo veo hablando de ella, pensando en ella, lógicamente, cuando esté acogido en casa de sus padres, en la casa en la que vivía ella, y contándoselo todo cuando vuelva, y estrechando aún más los lazos, y…
Yo: ¿Y qué, Martina? ¿Y qué? Ya no hay nada…
M: No sé. Que a mí me molesta. Para mí no es lo mismo. No puedo verla simplemente como una buena amistad. Con lo que dice esa pintada siempre allí, exhibiéndose, yo no puedo verla a ella como una “amiga” sin más, ni siquiera como una amiga ex – lo-que-sea. Con ese autógrafo tan ilustrativo ahí en primer plano, pues los veo follando, qué quieres; compartiendo su intimidad. Y vale, ya sabes que esa intimidad sólo es exclusiva en tu tiempo, vale, claro que lo sabes… pero tampoco hace falta que te lo recuerden constantemente de una manera tan gráfica y pública. Una cosa es saberlo, y la otra es verlo.
M, Yo: (silencio)
M: Me jode. Me hace daño.
Yo: (silencio)
M: Además…
Yo: Qué…
M: Además, aunque pueda no ser verdad, a una le gusta pensar que la comparte -la intimidad-, de una forma que tiene algo de especial.
Yo: (silencio)
M: Y esa pintada es muy explícita en lo “compartido”, y en lo “especial”.
Yo: (silencio)
M: No sé; me gustaría verlo y sentirlo de otra forma; pero no puedo.
Yo: (silencio)
M: Si la pintada no estuviera no me sentaría tan mal. O si tuviera otro contenido, como las otras. O incluso si, estando, ya no se vieran, tal vez tampoco. Pero así, todo… me parece irrespetuoso. Desconsiderado. Que me jode, vamos.
Yo: (silencio)
M: Encima, si no se lo pregunto, él no dice “esta boca es mía”. Siendo lo que es, al menos me lo podía haber aclarado desde el principio, sin obligarme a preguntar a mí. Hubiera demostrado un poco de sensibilidad. Además de ahorrarme unos cuantos malos ratos.
Yo: Eso es verdad.
M: No sé… Así, hace que todo me moleste todavía más. La situación, en conjunto, me parece de mal gusto. Y de muy poca consideración hacia lo que yo pueda sentir.
Yo: Ya.
M: A mí no se me ocurriría tener una dedicatoria estampada en la pared de mi cama que dijera algo así como “ahora ya sabes lo que es un buen rabo de negro, mi cielo”, y ni siquiera plantearme que pueda molestarle que encima yo vaya negro para aquí, negro para allá; aunque sea pasado. Y menos aún sin darle ninguna explicación.
Yo: Tal vez tengas razón.
M: (silencio)
Yo: (silencio)
M: Lo peor es que él no lo entiende así. Vamos, ni se molesta en planteárselo.
Yo: Pues póntela.
M: ¿Que me ponga el qué?
Yo: La pintada. La pintada de la tranca del negro. En tu pared. Y háblale del negro y del cariñito que os tenéis.
M: Jaja… pues no se me había ocurrido… sí, un poco de su medicina… pero ahora ya no estoy a tiempo…
Yo: Pues entonces añade otra pintada debajo de la de la cubana.
M: ¿? Jajajaaa, ¡Qué ideas tienes…! ¿Y qué pongo?
Yo: Pues no sé, algo así, como “Y el sabor huuuumedo de blanquita, también”. Y te quedas tan ancha.
M: ¡Ja…!…Igual le sienta mal…
Yo: Pues que le siente mal. ¿Y porqué coño le va a sentar mal…? ¿Se preocupa él de lo que te pueda sentar mal a ti…?
M: Sí, tienes razón… porqué coño le ha de sentar mal. Si ella escribe guarro y a él le gusta, también puedo escribir yo.
Yo: Y a ver si tiene huevos de quitarla.
M: A ver. A ver si tiene.

Mentalización

Tengo tan poca fuerza de voluntad para prescindir de aquello que deseo, que, a cambio, se me ha dado una capacidad tremenda para convencerme de que no lo deseo. Tanto, que al final no sé si es realmente así, o es que me tengo completamente sorbido el coco.

EN LA OSCURIDAD DE LA NOCHE

Me despierto; Pau se ha colado en mi cama; tiene mucha tos. Trata de dormir, lo consigue, pero no para de toser. Empiezo a dar vueltas y vueltas, ninguna posición me resulta cómoda, no sé cómo ponerme, me duele todo el cuerpo; con los ojos cerrados escucho su tos, su respiración costosa; la analizo, suena mal; sigo dando vueltas; tiene un silbido fuerte al expirar, la tos es incipientemente blanda, mañana lo llevaré al médico; ¿o le doy directamente el expectorante?; le toco la frente: no, no tiene fiebre; sólo tose y silba, pero no tiene fiebre. No consigo dormir, su respiración no me deja. Miro el reloj, no sé cuánto tiempo ha pasado; son las cuatro. Me desperté sobre las tres. Si me duermo ahora todavía dispongo de dos horas y media. Doy vueltas, más vueltas, del derecho, de lado, del revés; la oscuridad de la noche se me echa encima mientras me revuelvo en mi cama; mis pensamientos me acechan, mis preocupaciones se magnifican, mis problemas se vuelven enormes e irresolubles en esa enorme oscuridad, todo es un pozo negro, mi vida es una mierda, una puta mierda, yo soy una puta mierda, no sé cómo he llegado a este punto, esto no tiene nada que ver con lo que yo esperaba; no puedo soportarlo más. Me levanto, tambaleante, llorosa, me voy a la cocina, me preparo un vaso de leche; son las cinco y media. Me fumo un cigarrillo, me desembarazo un poco de mi baño negro de negatividad; ésta es mi casa, ésta es mi cocina, éste es mi hijo, ésta es mi vida, y no está tan mal; no soy tan mierda como a veces me parezco. Todo podría ser mucho peor. Me vuelvo a la cama, me quedan tres cuartos de hora, imagínate que es una siesta, todavía puedo descansar. Pau ya no tose; ya no silba; no entiendo nada. Sin darme cuenta, por fin me duermo. Despertador. No. Diez minutos. No. Otros diez minutos. No. No me puedo levantar, ahora no. “Mami, quiero leche…” Sí, cariño, ya voy. Le preparo su leche, me meto en la ducha, bien caliente, largo rato, me despejo despacio.

Vuelvo a ser yo. No me siento tan mal. La vida se abre, el día empieza, la oscuridad desaparece; vuelvo a ser yo, y mi vida la que es; ni mejor, ni peor: la que es.

LA SORRI

Necesitaba calor. Ese día, necesitaba calor. Y ella me lo dio; como siempre.

Como siempre, porque Mercè, “La Sorri”, no puede no dar calor: ella es calor.

Mercè desprende y derrocha calidez, simpatía, generosidad a raudales. Se le escapan por las chiribitas de sus ojillos menudos y vivaces, por las comisuras de su sonrisa permanente, por las puntas encrespadas y rubias de su pelo corto y despeinado que tan graciosa la vuelve.

Conocí a Mercè con trece años, en un viaje que ambas hicimos a Birmingham en autocar, donde íbamos a pasar un mes. Ella me llevaba (y lleva) un par. De años. Entonces era “de las mayores”, por lo que no llegamos a intimar demasiado; yo salía del huevo, todo era nuevo y aventura, casi pecado, una discoteca y un chico eran hasta el momento sólo películas. Ella, en cambio, se puso de novia con el tipo más atractivo del autocar. El Vizcaíno. Tuvimos destinos distintos, y sólo volvimos a coincidir de vuelta, en el mismo autocar. Ya no nos vimos más.

Unos diez o doce años más tarde, me encolomaron en el despacho una entrevista en francés a una posible candidata, con el fin de comprobar su pretendido nivel. Su alegría cascabel seguía siendo patente, pero, de entrada, no la reconocí. Sin embargo, algo en ella me resultaba muy familiar.

Ella iba hablando, y hablando, y gesticulando, con esa pasión que le es inherente, mientras yo iba rebuscando en mi interior, ajena a lo que me estaba diciendo: “de qué… pero de qué me suena a mí esta chica… esa sonrisa…” De repente, interrumpiendo súbitamente alguna explicación, palmeé sonoramente las manos y espeté, victoriosa: “¡Ya está!” ¿Qué…? “Que ya está… ya está –exclamé llena de júbilo-; ¡ya sé de qué te conozco!!”

Se quedó muda y con los ojos como platos, mirándome sin comprender. “Hace unos diez años, Birmingham, autocar… Tú…” Su expresión se volvió escudriñante. “… el Padre de Diego, aquel cabrón, tú estabas con el chico aquel de ricitos…”

“Ostia. Ostia. Ostia, ostia, ostia, ostia…..”

Se acordaba de mí, claro que se acordaba… ¡Y tanto que se acordaba! A partir de aquel instante, la entrevista y el francés pasaron a un último e inexistente plano, y nos pasamos el rato contándonos cosas, recordando anécdotas, riéndonos y recorriendo diez años de golpe.

Mercè entró, claro que entró; su currículum es sencillamente impresionante. Su nota más baja en toda la carrera la conforman algún que otro sobresaliente y un “vergonzante” notable. Habla y escribe perfectamente seis o siete idiomas. Y tiene la capacidad de trabajo y estudio más desarrollada que jamás he visto.

Trabajamos mucho juntas, en clientes comunes o sin ellos. Nos llevábamos muy bien. Algo invisible nos unía; algo en nuestra manera de ser, en nuestra manera de ver y entender la vida. Ella siempre me lo decía, y me lo sigue diciendo: “Tú y yo somos iguales, Maite. Tú y yo somos iguales. Y nos van a joder. No te dejes joder. Has de ser fuerte.”

Hasta que un día, se marchó.

Ese despacho no tolera la gente “diferente”, y ella lo era; y mucho. La putearon, la machacaron, injustamente, hasta que, harta, se marchó.

Pero se chupó un MBA como quien se fuma un puro, y se colocó de directora en uno de los que había sido de sus mejores clientes. Y allí sigue, como la que más.

Pero la vida la ha pateado fuerte.

Sin embargo, Mercè es una superviviente. Una superviviente nata.

Los últimos acontecimientos de su vida la sumieron en una oscura depresión de la que parecía no poder salir; cada vez que lograba asomar la cabeza, un nuevo e inesperado devenir la volvía a golpear, hundiéndola de nuevo. Parecía que se le apagaba la luz. Ella creía que se le apagaba la luz.

Pero no. A Mercè no se le puede apagar la luz, porque Mercè es luz; la lleva dentro, siempre encendida, brillante, incrustada en el corazón.

El otro día necesitaba sentirla, recibir el calor y la humanidad que irradia. Y, aún convaleciente de sus circunstancias, me lo dio. Me acogió con su magnífica sonrisa, con su inacabable calidez, con su alegría y su fuerza indisimulables pese a todas sus circunstancias adversas… Y me sentí bien.

Me sentí feliz, reconfortada, llena. Llena y afortunada de tener una amiga como Mercè.

Porque no todo el mundo puede contar con una Mercè en su vida.

Yo sí. Y no sabéis, por ello, lo afortunada que soy.

Caminando

Hay cosas

que me alegro de haber hablado

miedos

que me alegro de haber sentido

palabras

que me alegro de haber escuchado

miradas

que me alegro de haber percibido

Saltos

que me alegro de haber dado

lecciones

que me alegro de haber aprendido

dudas

que me alegro de haber despejado

momentos

que me alegro de haber vivido

No sé
nadie sabe
qué más traerá el destino

Pero sí sé
que mientras viene

me alegro de hacer camino

Y que en él
y mientras lo hago

Me alegro

de haberme

encontrado

contigo.

TODOS QUEREMOS MÁS

Me pregunto qué habría sido de mi vida si mis padres no hubieran querido “más”. Más para mí; más de lo que ellos tuvieron; más de lo que sus padres y su época les pudieron dar. Tal vez no hubiera estudiado una carrera, o seguramente hubiera estudiado otra distinta… O a lo mejor sería una feliz dependienta. O maestra. O cazadora de talentos, ojo no me falta. O tendría una revista. O un bar. O no… Qué sé yo. Qué sé yo dónde estaría.

Lo que me pregunto es si sería más feliz. Porque ocurre que, siempre, todos queremos más. “Más”, que puede ser “menos”; un menos que puede ser mucho más.

Educamos a nuestros hijos reaccionando a nuestra propia experiencia, intentando que les llegue aquello de lo que carecimos: lo que, con la distancia que el tiempo nos otorga, calificamos de negativo para nosotros, suele provocar una reacción contraria en lo que deseamos para ellos. El problema es que las generaciones, y sus entornos vitales, son distintos; lo que quiere decir que, a lo mejor, eso que pretendemos, con nuestra mejor intención, para nuestros hijos, hubiera sido tal vez bueno para nosotros en nuestro propio entorno vital y social, en nuestra situación y desde nuestra actual perspectiva; pero no forzosamente ha de serlo en el suyo.

Las aspiraciones del ser humano –en países como el nuestro- han evolucionado aceleradamente en los últimos años: nuestros abuelos, testigos o protagonistas de la última guerra, y cuya preocupación no era otra que la de poder llevarse a la boca algo de pan cada día y sobrevivir a la miseria y a la enfermedad, no querían para sus hijos (nuestros padres) otra cosa que verlos bien rollizos y prósperos; cuando menos, una seguridad laboral. Por la garantía que significaba entonces, se dejaron el pellejo en procurarles formación; en el mejor de los casos, la universidad. Un licenciado, entonces, era una familia colocada.

Así, nuestros padres, creciendo en su propia experiencia, no dudaron tampoco en inculcarnos la necesidad de estudio como algo primordial. Y razón no les faltaba, está claro; nadie duda de que el conocimiento no ocupa lugar. Sólo que la cantidad de licenciados, doctorados y multi-masterizados por metro cuadrado se ha hecho hoy inviable.

Además, nadie puede tener claro, a los dieciocho años, qué carrera quiere estudiar. Menos si le gustará lo que estudie. Y ni digamos si después le gustará lo que hará. Estudiamos, además de porque se nos ha inculcado, por conveniencia, por eliminación, por practicidad proyectada. Los más afortunados aciertan su vocación; pero los demás, nos encontramos con un hermoso título colgado, una diabólica rueda en la que estamos metidos, con suerte –mucha suerte- colocados en un buen puesto de trabajo, y con una zanahoria delante que nos menean mezquinamente para que sólo pensemos en escalar. Cuando empezamos, la visión es sesgada: todo es nuevo, desconocido, la rueda nos invita a superarnos. Y cuando llegas “arriba”, y te das cuenta de lo que hay… resulta que lo que quieres – también te das cuenta- es… bajar.

Personalmente, hace años que sé que no comulgo con el sistema. Pero he llegado a un punto en que soportarlo se me hace tremendamente difícil. Se ha convertido en algo visceral.

La pesadilla es que no le veo salida airosa. Llevo quince años haciendo lo mismo. De eso sé mucho, sí; supongo que soy una buena profesional. Solamente hay un pequeño problema: que no me gusta lo que hago. Me importan un auténtico carajo los asuntos que se supone que sé solucionar y, con contadas excepciones, todavía más el entorno que pretende que se los solucione. Y me importan todavía menos los escalafones a los que, en criterios de ese entorno, debería aspirar. Me dan asco, vamos, huyo de ellos como de la peste. La mía, mi aspiración, se reduce a vivir tranquila y digna con mis mínimos, y con tiempo para mí, para hacer lo que me gusta; y también tiempo -también- para trabajar; pero de otra manera. Y, por todo lo anterior, a poder ser en otra cosa. Mi aspiración se ha aposentado en las antípodas de las del "entorno".

Pero yo no sé hacer otra cosa. Y no tengo sueños profesionales. Y mis “mínimos” se han convertido, por una circunstancia tras otra, en lo que para mucha población representaría casi un “máximo”. Y eso, tampoco tiene solución que no pase por renunciar a la tranquilidad que –es cierto, claro-, en otros aspectos, esos “mínimos” me reportan.

Y entonces, cuando pienso en lo mal que me sienta tener un buen sueldo y un buen trabajo, y chocar cada día con que todos pretendan que quiera más, me acuerdo de nuestros abuelos y bisabuelos, y de tanta gente en el mundo que se daría con un canto en los dientes por estar en mi situación. Porque yo, voy, y quiero más. Sí. Pero ese otro más que es menos. Ese menos que puede ser tanto más.

Al final, lo que más me abruma es pensar en mi hijo: no tanto en qué será de su vida, en dónde irá a parar… Sino en cómo podré inculcarle, sin equivocarme y sin permitir que se convierta en un bala perdida… que, como él quiera, sepa encontrar la felicidad.