La Coctelera

Categoría: 2009

Love, love, love

"El amor no tiene alturas, ni edad", dicen por ahí. Y sí, debe ser cierto: puedo recordar con nitidez mi primera sensación de "amor", a la tierna edad de cuatro añitos, o de lo que sea que a esa edad pudiera equiparársele. Ocurre que el recuerdo es algo agridulce (¡ya entonces!), pues mi a la sazón "elegido", un niñito monísimo de mi clase de párvulos, no sólo no me hacía puñetero caso, sino que estaba enamorado de mi entonces mejor amiga, una regordeta mandona con coletas y gafas de culo de botella. No es que yo me pretendiera una gran belleza, pero, aún a esa edad, no era difícil vislumbrar de forma bastante evidente que tanto mi carita inocente como mi cerebrito observador resultaban bastante más atractivos que los de la mandonceta en cuestión. Pero en fin, así es (y seguiría siendo) la vida, hay que joderse.

El caso es que es cierto: parece que el amor no tiene edad, aunque a cada una adquiera una forma distinta. El sentimiento nace con nosotros y se queda ahí, agazapado, hasta que un día, sale. Y, algún día, es el primero; el primero en que ese misterio maravilloso que nos lo trastoca todo decide, no sabemos cómo ni porqué, asomar la nariz.

Esta experiencia es nueva para mí (aunque espero que se repita muchas, muchas veces): mi hijo (cinco años) se ha enamorado. Sí, sí; se ha enamorado. Se ha enamorado, y lo mejor de todo es cómo lo ha experimentado: feliz, inocente y confiado, ha declarado su amor (la verdad es que, aparte de la emoción que su hazaña me ha producido, reconozco que he sentido un profundo alivio al constatar que mi niño no parece, al menos a juzgar por sus comienzos, destinado a seguir la trayectoria de su madre.)

Aunque no se trate más que de un episodio inocente y natural de niños, un par de cosas (aparte de la, afortunadamente, aparente extroversión y expresividad de mi hijo) me llaman la atención lo suficientemente como para -tendencia inevitable en mí-, hacerme reflexionar desde mi mundo de adultos.

La primera, es la manera en que parece que "se enamoró". Me explicaré. Mi hijo, por lo que parece chavalín de acusado éxito entre las mozalbetitas de su clase, no le daba ni pelota a la ahora afortunada Nayara. Me enteré de su notoriedad y del "profundo amor" que ella (y otras) le profesaban, en la primera fiesta de cumpleaños a la que acudí, al espetarme la madre de la chiquita, cuando me conoció: "¡Hombre, tú eres Maite, la madre del famoso Pau...! ¡Por fin te conozco!" ¿... Famoso...? ¿...Por fin...? "Sí, es que tú no sabes... Mi hija está enamoradísima, pero enamoradíííísima, de tu hijo... Cada día me habla de él, y me dice, toda sentida y suspirando: "mami... es que es TANNN guapo..." Casi me muero de la risa, y cuando, al momento, apareció Nayara, y su madre le dijo despacio, con evidente tono de complicidad: "Mira Nayara, ¿sabes quién es...? Es la mami de Pau...", la niña me miró embelesada y, enfocando los ojos al cielo, empezó a parpadear mientras meneaba la cabeza y sonreía... A partir de entonces, empecé a preguntarle a Pau insistentemente por Nayara; pero él, nada. El me contestaba sobre una tal Laura, a la que una vez hasta le regaló una pulsera que me birló a mí para ella. ¿Y Nayara? ¿No te gusta?, le preguntaba yo. "Sí... bueno... las dos... pero me gusta más Laura." Entonces resultó que le apunté al autocar, y que Nayara sube y baja con él en la misma parada, y que a veces él se queda a jugar con ella en su casa, y ella en la nuestra, y que deben de charlar e intimar en el autocar, y que... pues así, con el roce, Nayara pareció desbancar a Laura. De repente, nunca más oí de Laura; y sólo ví lo bien que se llevan estos dos y cómo se lo pasan de en grande juntos. Y cuando en esas estábamos, el otro día... La carta.

Tras un largo rato en silencio -de aquellos que hasta te levantan las antenas, qué demonios estará haciendo-, oigo unos pasitos apresurados corriendo hacia mí. Hola pitufín, ¿qué hacías? "Pues... estaba escribiendo", me contesta (ha aprendido diez o doce letras, y con ello las junta todas a su manera y escribe, con verdadera devoción). Ah, muy bien... ¿Y qué escribías...? ¿Es para mí? "No... una cosa para Nayara..." Aah, muy bien... ¿Y qué es? ¿Me lo dejas ver? "Sí, mira, te lo traigo." Oh, Pau... ¡Si es una carta! ¡¡Una carta de amor!! ¿¿Es una carta de amor?? "Sí..." ¿Que la quieres mucho, a Nayara? "Sí..." ¿Sí? ¿Que estás enamorado de ella? "Sí..." Y se reía, feliz... "Se la daré mañana, al bajar del autocar." ¿Te la pongo en la agenda? "No... Porque nos miran la agenda... Ponla aquí, en la mochila, en el bolsillo pequeño..."

Así que aquí estamos. En que Nayara no parecía tener ningún punto a favor en su disputado amor por Pau. Pero su "personalidad" y su paciencia lo cautivaron, por encima de la belleza de la dulce, rubia y delicada Laura. En su perseverancia y no desfallecer, ella ganó. Y ahí está mi primera reflexión: en que como también alguien dijo una vez por ahí (recuerdo muchas citas, pero no sus autores, desastre e injusta soy): "L'homme croît qu'il choisit, mais c'est la femme qui choisit l'homme qui la choisira" (el hombre cree que escoge, pero es la mujer la que escoge al hombre que la escogerá).

Tal vez eso fue lo que me faltó a mí ya desde mi más tierna infancia y por el resto de mis días: paciencia y perseverancia para con el azar. O tal vez solo fue una parte importante de seducción y feminidad (a juzgar por cómo le guiñó el ojo Nayara a Pau el otro día, cuando se encontraron en el autocar - creo que nunca he sabido hacerlo así).

La segunda reflexión... juzgad vosotros mismos. Creo que tendré que trabajar seriamente con el ego de este niño. ¿O alguien ha visto alguna vez una declaración de amor que en vez de decir "te quiero mucho, estoy enamorado de ti", proclame: "me quieres mucho, estás enamorada"...?

Ay, este Pau. Serán las nuevas generaciones, que así vienen.

Y la otra, encantada.

 

 

El Duende Boicot

Me despierto, al consabido grito de "¡¡¡Mamáááááá, tengo hambreeeee...!!! Tras retozar un poco en la cama, agotada, entreabrir un ojo, tratar de vislumbrar la hora borrosamente en el despertador (hoy no me puedo quejar, son casi las diez), abrazarme al "oso" que dormita a mi lado sin que me dé pelota, y escuchar un par de veces más el estridente grito de guerra, no me queda otra: me levanto. 

Tengo mucho sueño y siento que me duele un poco la garganta, pero me armo de energía, yo solita-yo puedo: hay mucho que hacer. Preparo el desayuno para los tres, pongo una lavadora, una secadora, recojo trastos aquí y allá (¿porqué siempre hay una pinza, un tornillo, una bombilla, un destornillador, un papel arrugado, otro sin arrugar, unas monedas, un trozo de "algo", una entrada de cine usada, una bufanda, un clip... tirado en medio de esta maravillosa casa que me he propuesto mantener bonita y ordenada?), pongo el vídeo del festival de Pau (quiero escuchar un par de canciones, y que él escuche otra), busco el momento en que suenan, y me siento, por fin, a desayunar con él. 

Mientras escucho las canciones elegidas (de Navidad), y me enternezco en el trozo en que el profe de "todo" (al parecer les da inglés, informática, basket, y también resulta que canta y toca la guitarra en plan "cumbayá") les recuerda a los niños, antes de empezar, que la canción "no es triste, es dulce", siento cómo unas lágrimas resbalan por mis mejillas, y me dejo llevar, vencida, por la emoción. 

No estoy triste, sólo es dulce, como la canción; me siento feliz, llena, amo a mi hijo, a mi oso gruñón, adoro esta casa, me encanta verla y mirarla y disfrutarla, cada mañana es una bendición. Pero a veces la emoción, o el cansancio, o los dos juntos, aliados, me embargan y me desbordan, y se me salen por los ojos en forma de agua incontenible, dulce y salada, y me mojan la cara y el corazón. 

Mientras trato de recomponerme y disimular (me he convertido en una auténtica experta en el arte de llorar sin que se entere nadie), aparece el oso gruñón, que además de ser gruñón está dormido, soltando, como viene siendo casi habitual últimamente, uno de sus... gruñidos. Protesta porque le preparo el té en vez de calentarle sólo el agua, porque no hay suficiente agua, porque los cacharros de ayer noche están aún sin lavar -sí, después de hacer la compra, recoger al niño, poner dos lavadoras, poner en su sitio las pinzas, los destornilladores, los papeles arrugados y cuatro tornillos, doblar la ropa de las dos lavadoras, ponerla en su sitio, preparar la cena y darme un rato para colgar tres fotos en el Facebook, no los lavé-ni tú-; protesta porque hoy el niño se come las tostadas con corteza y ayer se la quité, porque hay que sacar al perro, y porque a las once van a venir a arreglar la caldera y son las once menos diez. Sin dejarme amedrentar (sólo está dormido - empiezo a sentirme un poco gato viejo, por decirlo en bien), le doy los buenos días y solicito una sonrisa, que me es concedida (ejem) con un gruñido soñoliento. 

No importa. Aunque el Sr. Oso ocupe un gran papel en el escenario de mi bienestar, no me dejo invadir por sus anticuerpos venenosos, y sigo sintiéndome emocionada y feliz. Me ducho con mi hijo en nuestra ducha nueva, le corto las uñas, consigo que se lave la cabeza, que se vista, y me pongo guapa, muy guapa. Nos vamos a comprar. Encuentro el "puf" que buscaba sin buscarlo, y el biombo que buscaba sabiendo dónde buscarlo; no me dejan llevarme el biombo porque es el del escaparate, y me hacen un descuento del veinte por cien en el "puf" porque es el del escaparate (en la misma tienda). Con mi "puf" verde a la espalda y mi hijo en patinete, me compro una camisola en Natura la mar de chula. Pau me dice que "estoy monísima", que me la quede. Son las dos y media. Mi estómago ruge. 

Cuando llegamos a casa, nuestra adorable casa (no puedo dejar de sentirlo cada vez que entro en ella), esperando que me invada un embriagador aroma a lentejas, me encuentro al Sr. Oso durmiendo en el sofá y con cara de pocos amigos. Sigo parapetada tras mi felicidad, así que, tratando de contener el mal humor que acecha por mi ombligo, le cuento contenta mis anécdotas mientras abro un vino y presento unas patatas y unas aceitunas. 

Yo sigo decidida a mantenerme firme en mi buen humor. Pero, aunque la vida le sonría a una, parece que siempre queda algún duende por ahí jugueteando emperrado en hacerte boicot. 

Me llama Nieves, que no viene. Vaya, con las ganas que tenía de verla. Sin desanimarme en compartir mi felicidad, llamo a Xavi, pero no está. A Jordi, pero no está. Son casi las cuatro, y el vino se me empieza a subir a la cabeza. El Sr. Oso está terminando de hacer la comida sin mediar palabra. Recibo una encogida de hombros por respuesta al sugerir que comamos en el apartado donde entra el sol. Me siento frente a un tipo hermético y seriudo, que sin embargo dice sentirse feliz aquí conmigo cada vez que le pregunto, con creciente suspicacia respecto a que eso sea verdad. Sin haber probado aún bocado, Pau reniega de la comida y empieza su también habitual ritual. No sé si es realmente así, pero creo leer en la indescifrable mirada del tipo seriudo un tinte hastiado y acusador en lo que concierne a mis técnicas educativas (yo diría más bien que son de supervivencia). 

Al final, el duende me gana la batalla. Con la cabeza mareada por el vino y la modorra, le pego cuatro gritos impotentes a Pau, y siento que no aguanto más. Antes de permitirme estallar por dentro, me aventuro a preguntarle al Sr. Oso si se encuentra bien, temerosa de resultar injusta en mis explosiones mentales si luego resulta que realmente está lleno de anticuerpos porque ha pillado una gripe. Me contesta que sí, que solo está cansado y tiene sueño. Entonces me suelto. Por dentro, claro. Me acuerdo de todas las mañanas en que él sigue durmiendo mientras yo me levanto a la carrera a llevar a Pau y a enfrentar el día, y sobretodo de nuestra eterna y kafkiana discusión sobre porqué necesito dormir el sábado de cada dos en que no lo tengo (no sé, no sé porqué será). Me pregunto por enésima vez como en cada enésimo mal humor si no me habré equivocado al meterme en este fregado, me cabreo cabalgando iracunda en los "quién me manda", empiezo a divagar entre teorías sobre la realidad de las cosas y los dichosos cristales con que se miran, y sólo consigo concluir de manera intermitente que aquel que dijo que "el matrimonio es como una ciudad sitiada: todos los que están fuera quieren entrar, y los que están dentro quieren salir" tenía más razón que un santo, aunque no sepa porqué se supone que los santos tienen que tener razón. El matrimonio, y muchas otras cosas. Me digo primero que siempre queremos lo que no tenemos, porque como no lo tenemos, lo desconocemos y lo idealizamos. Y me digo después que, al fin y al cabo, y precisamente por eso, nunca nada es como nos pensábamos, sino que es como es, y conocerlo y aceptarlo y quererlo así es nuestro gran aprendizaje. 

Mientras yo divago en silencio y Pau no come, el Sr. Oso anuncia que se va a echar una siesta. Pau me dice con cara divertida que "es un dormilón". Yo le chillo para que termine de comer (o más bien para que empiece), vomitando en realidad parte de mi ira interna en él; pero él no se inmuta, ni siquiera por la parte que le toca. 

Tras una hora y media de inútiles amenazas, mezclas imposibles (melocotón en almíbar con raviolis a la carne picada), y haciendo auténticos esfuerzos para no atarlo a la silla, finalmente desisto. Me rindo. Me tomo un carajillo de ron. Me siento la peor madre y cocinera del mundo, poseedora del hijo más flacucho e irreverente del mundo. Estoy a punto de llorar, pero él me espeta: "¡dame un abracito, que te quiero, mami!" 

El Sr. Oso se despierta de su siesta y me estampa un beso en los morros que dura un minuto y medio. 

Ahora, además de la peor madre del mundo, me siento la mujer más paranoica, confundida y variable del mundo. Ya no sé qué pensar. Nunca entenderé a los hombres, ni a los pequeños ni a los grandes. Soy una blanda, soy una "infirme", soy una mequetrefa sensible y emocional. O a lo mejor es que tengo la regla. 

Qué más da. El duende se ha ido. Me siento de nuevo feliz en mi hogar. 

Pongo una lavadora. 

Mañana estrenaré mi camisola. 

Qué bonito. Qué bonito es tener un hogar.