La Coctelera

Categoría: Mayo 2008

A mi abuela

Yo quiero creer en las almas.

Quiero creer que todas llegamos aquí para aprender cosas; o para enseñarlas.

Quiero creer que la vida tiene un sentido, que hay un orden dentro del caos, que todo ocurre para hacernos mejores, de una manera que, las más de las veces, no podemos entender. Quiero creer que el mundo evoluciona, a la par que sus millones de almas, que hay un porqué, que la historia entera tiene un camino que nos lleva a algún lado. Que hay algo más que carne y hueso en los seres humanos. Que nos guía un propósito. Que hay algo eterno y universal que supera la mera materia, que trasciende nuestro minúsculo momento en la vida, que sigue brillando cuando ya -creemos que- no estamos.

Y te veo ahí, postrada en tu silla desde hace tantos años; con tu mitad inerte diciendo que no. Con tus cuatro palabras que han sobrevivido a tu cerebro desecado, partido por esa vena que un día, pronto, demasiado pronto, explotó.

Tu risa permanece intacta, alegre y cantarina, igual que hace treinta años; tus ojos, ya grises y añejos, siguen destellando la ilusión que tanto te caracterizó. No puedo evitar recordarte llena cada vez que te veo. Llena de vida, de energía, de planes, de determinación. Ni sentir que tu esencia sigue viva bajo tu cuerpo consumido; asomando en forma de carcajada, de afinado tarareo, de baile sesgado a medio cuerpo sentado; de gesto de niña traviesa y pizpireta de noventa años.

A veces, solo a veces, conservas tu lucidez.

Y tu cara se ilumina cada vez que nos ves.

Te arrebataron de golpe tu vida, reduciéndola en su último tercio a ver pasar las horas inmóvil e impotente desde el jardín. Un día tras otro, tras otro, tras otro. Sin poder moverte, ni comunicarte, ni muchas veces entender. Permitiéndote sólo, cual sublimación de la obra, la lucidez suficiente para poder esperar paciente a que te llegue el momento. El que tantas veces, con tus gestos, nos has dicho desear. Y mientras tanto, tu alma sigue riéndose como una niña, e insistiendo tenaz en tratar de hablar.

Y yo me pregunto qué es lo que, en esta vida, habrás tenido tú que aprender. Qué mal tan terrible has hecho para merecer esto; qué gran lección te perdiste, que esto se te ha enviado. De qué ha servido ese castigo, qué llevas aprendiendo en estos treinta años eternos, en que sólo puedes esperar mirando las hojas de la higuera, en que ni siquiera se te concede el alivio que deseas.

Yo quiero creer en las almas. En la sabiduria infinita del cosmos. En que todo tiene un porqué.

Pero, a veces, cuesta.

In fraganti

No sé qué tendrán las mañanas, que a veces me levanto y me encuentro paseándome por mi cabeza, dándome vueltas en círculo con el ceño fruncido y el dedo en alto, sermoneante, reprobador. Y venga a darme vueltas, y venga a darme vueltas, porque esto patatí, y aquello patatá, y es que no puede ser, y brrrrr brrrrrr brrrrr, venga en círculo, y dale, como si yo no estuviera, porque no estoy, estoy dormida, y claro, casi lo parece, pues, que no estoy.

Y de repente hago "clic" y me despierto del todo, y me pillo así, in fraganti, aguantándome el chaparrón, con cara de ángel con la aureola chamuscada, pidiendo socorro; y entonces voy y mi otro yo se espabila y reprueba: "¿pero qué haces?", y me veo la cara de "pescada", y reacciono, y me miro el dedo, y lo bajo lentamente, y empiezo a calmarme, y a desayunar, y a sentir el día, y la sangre que fluye, liberadora, y a funcionar como un todo.

Como un todo armónico, alegre y en paz, que mira y observa y disfruta y entiende, y deja los dedos quietos, parados, para utilizarlos solamente para lo que están.

Para desayunar. Para sentir. Para acariciar.

Para construir y cosquillear la vida.

Y no para manosearla y hurgar.

Primavera... atemporal

Cierro los ojos, y me dejo llevar por la sensación que me invade; por los ruidos de la primavera: el sonido de los grillos, de los pájaros cuyo nombre no sé, de los árboles, de la hierba, del riachuelo que no hay, y del sol mismo, que parece que todos me hablan; siento sus rayos, tibios y soportables aún, agradables, en mi espalda; la vida florece, todo está lleno de color. Me estiro. Abro los ojos. Miro. Tengo la impresión de poder sentir dentro de mí cómo la vida brota, renace, incansable e imperturbable en su eterno ciclo de empezar y empezar, otra vez. El mundo reluce, el aire brilla, la tierra está a punto de eclosión. Y yo, exploto con ella.

La luminosidad que me traen los olores, los sabores, los sonidos, del campo, del campo cuando florece, entra por todos mis poros, y siento que me trae también a la memoria mi niñez; no sé porqué. Debo tenerla aprehendida por ahí, en algún lugar de mí, y la niña que un día fui rebrota al revivir lo que un día sintió.

Me nacen las sensaciones de muy adentro, como una flor misma, como un hermoso tulipán, nítidas y limpias y sencillas y claras, y en paz. Tan nítidas y absolutas ahora, que se entremezclan mis recuerdos con el presente; no sé cuántos años tengo, no sé qué tiempo es, no sé dónde estoy.

Sólo sé que siento lo mismo. Mis recuerdos tienen tiempo de "ahora".

A mis oídos llegan Las Bodas de Fígaro.

Tal vez he recuperado la capacidad de volver a ser yo.