Como algunos ya sabéis, hoy es un día especial.
Es un día especial, porque es el último de un año que lo ha sido. Tal vez porque cruza otro que termina en siete, tal vez porque termina el tres; tal vez porque en su transcurso he jugado a muchos números. No sé el porqué. Pero ha sido un año intenso. Intenso en emociones, en sucesos y experiencias, en aprendizaje, en vida.
Hoy, termino un año que empecé inquieta y chispeante; un año en que vi crecer y desmoronarse mis ilusiones como nace y cae un castillo de naipes; en que me entregué esperanzada; en que sufrí el desengaño más brutal. En que dudé de mí, abrumada, y luché inútilmente por dejar de ser yo. En que me cuestioné, me pregunté, me perdí, me hundí y me resistí. En que mi cuerpo me gritó exhausto que me equivocaba, que ya no podía más, hasta explotar. En que caí en el vacío más hondo y absoluto, sin asidera posible para esquivarlo, más que su enfrentamiento desnudo desde el fondo de mí misma. Y en que renací con luz, nueva, rehecha, serena, segura, reconfortada, y en paz.
Termino un año en que, superado el tormentoso tiovivo vital que lo ha protagonizado, siento que he encontrado por fin mi rumbo. Me he hecho más fuerte, sí. He atravesado una profunda crisis existencial, un desengaño amoroso, una hemorragia cerebral, y el pozo oscuro, seco, frío y vacío al que fue a parar todo, de golpe y amalgamado. No es poco.
Y ahora, al terminar este año vertiginoso, siento que no sólo no es poco, sino que es tanto como que se me ha abierto la puerta a la verdadera vida. A la vida sencilla, en la que se aprecia cada detalle; en la que se valoran el cariño y la amistad. En la que se mira hacia la gente que vale, que se implica, que se entrega, que siente. Que tiene alma. Que la muestra. Que apuesta. Que arriesga y que crece con la dificultad. A la vida en la que llenan los ratos, el tiempo, el sentimiento, la sinceridad. En la que se entiende y se siente que se debe escuchar al corazón, y desechar sin perder ni un minuto todo aquello que no lo acompañe. La vida en la que se disfruta con placer un domingo a solas, la caricia de la piel suave de un hijo, su risa, su complicidad, la tranquilidad de las velas y del espíritu, un periódico, una velada, un libro, una conversación.
La vida cuyos protagonistas son la autenticidad, y el acuerdo claro y llano con uno mismo.
Y por eso, por todo eso, hoy despido agradecida este año lleno de preguntas, incertidumbres, y grandes lecciones, no pensando que algo termina, sino abrazando algo que empieza. Hoy, es el último día; pero es también el primero. El primero de mi nueva vida, que comienza con "cuatro", y lo hace llena de paz. Mi "cuatro" no podía tener mejor ni más adecuada recepción a lo que es. Nunca me he sentido más yo que ahora; ahora, al cumplir cuarenta.
Y por eso, por todo eso, me felicito yo misma. Porque mi vida lo vale. Porque siento que me lo merezco.
Y porque espero vivir esta nueva década tan llena de mí como la empiezo.
Que cumplas muchos más.

