La Coctelera

Categoría: Septiembre 2007

BIENVENIDA, DESPEDIDA

Como algunos ya sabéis, hoy es un día especial.

Es un día especial, porque es el último de un año que lo ha sido. Tal vez porque cruza otro que termina en siete, tal vez porque termina el tres; tal vez porque en su transcurso he jugado a muchos números. No sé el porqué. Pero ha sido un año intenso. Intenso en emociones, en sucesos y experiencias, en aprendizaje, en vida.

Hoy, termino un año que empecé inquieta y chispeante; un año en que vi crecer y desmoronarse mis ilusiones como nace y cae un castillo de naipes; en que me entregué esperanzada; en que sufrí el desengaño más brutal. En que dudé de mí, abrumada, y luché inútilmente por dejar de ser yo. En que me cuestioné, me pregunté, me perdí, me hundí y me resistí. En que mi cuerpo me gritó exhausto que me equivocaba, que ya no podía más, hasta explotar. En que caí en el vacío más hondo y absoluto, sin asidera posible para esquivarlo, más que su enfrentamiento desnudo desde el fondo de mí misma. Y en que renací con luz, nueva, rehecha, serena, segura, reconfortada, y en paz.

Termino un año en que, superado el tormentoso tiovivo vital que lo ha protagonizado, siento que he encontrado por fin mi rumbo. Me he hecho más fuerte, sí. He atravesado una profunda crisis existencial, un desengaño amoroso, una hemorragia cerebral, y el pozo oscuro, seco, frío y vacío al que fue a parar todo, de golpe y amalgamado. No es poco.

Y ahora, al terminar este año vertiginoso, siento que no sólo no es poco, sino que es tanto como que se me ha abierto la puerta a la verdadera vida. A la vida sencilla, en la que se aprecia cada detalle; en la que se valoran el cariño y la amistad. En la que se mira hacia la gente que vale, que se implica, que se entrega, que siente. Que tiene alma. Que la muestra. Que apuesta. Que arriesga y que crece con la dificultad. A la vida en la que llenan los ratos, el tiempo, el sentimiento, la sinceridad. En la que se entiende y se siente que se debe escuchar al corazón, y desechar sin perder ni un minuto todo aquello que no lo acompañe. La vida en la que se disfruta con placer un domingo a solas, la caricia de la piel suave de un hijo, su risa, su complicidad, la tranquilidad de las velas y del espíritu, un periódico, una velada, un libro, una conversación.

La vida cuyos protagonistas son la autenticidad, y el acuerdo claro y llano con uno mismo.

Y por eso, por todo eso, hoy despido agradecida este año lleno de preguntas, incertidumbres, y grandes lecciones, no pensando que algo termina, sino abrazando algo que empieza. Hoy, es el último día; pero es también el primero. El primero de mi nueva vida, que comienza con "cuatro", y lo hace llena de paz. Mi "cuatro" no podía tener mejor ni más adecuada recepción a lo que es. Nunca me he sentido más yo que ahora; ahora, al cumplir cuarenta.

Y por eso, por todo eso, me felicito yo misma. Porque mi vida lo vale. Porque siento que me lo merezco.

Y porque espero vivir esta nueva década tan llena de mí como la empiezo.

Que cumplas muchos más.

(mirando hacia adelante por una ventana de luz)

Sentires

Hay quien nunca sentirá.

Hay quien, aunque sienta, nunca se lo reconocerá.

Y hay quien, aunque sienta y se lo reconozca, nunca lo dejará ver.

Me alegro de no haber nacido por entre ninguno de estos tres grupos.

Me mi me conmigo

Hay días en que no me apetece otra cosa que estar en mí. Compartirme de lejos con el sol, releer y ordenar mis cosas, conversarme, escribirme, bailarme, cantarme, pensarme y regalarme mi compañía.

Hay días en que un domingo en casa conmigo recorriéndome es lo mejor que me puede pasar.

Y es que hay que ver lo que me lleno. He tardado en hacerlo; pero he descubierto lo maravilloso que me resulta serme mi mejor amiga.

De los seres insulsos

Pasas por la vida sin rozarla siquiera; sin mirarla de frente, sin cogerla por la solapa, sin pizca de integridad. Tu mirada oblícua esquiva los ángulos difíciles, huyendo cobarde como un digno avestruz.

Caminas de puntillas, intentando que no se te oiga y sin escuchar. No veo, no oigo, no hablo. No siento. Así es más fácil. La vida transcurre plácida cuando no se entra en ella, cuando uno no se inmiscuye en sus profundidades claras u oscuras.

Y es que no quieres, no sabes, bucear. Eres incapaz de hundir tu alma de papel incluso en ti mismo. Te limitas a flotar, contemplativo y a distancia, agarrado a tus boyas vacías. Superficie plana y estéril, así es tu vida.

Ni siquiera en la cama te vence la entrega.

No eres más que piel y hueso.

Nunca se me podrá perder nada que me importe en ti.

Rincones

Me gustó volver a verle.

Vivimos una historia imposible hace más de diez años; al poco, se marchó.

No habíamos vuelto a coincidir hasta un par de años atrás, en una cautelosa comida en la que ambos nos pusimos al día sin demasiado entusiasmo. Afianzados en nuestro presente, ninguno de los dos dejó entrever ninguna emoción que permitiera evocar levemente la burbuja imantada que un día nos unió.

Recientemente, la casualidad quiso reunirnos de nuevo; con nuestros antiguos compañeros, con nuestro antiguo ambiente, con nuestro antiguo lugar.

Leí en sus ojos la admiración, y el respeto, que siempre me tuvo. Leí en sus ojos el palpitar del paso que entonces no se atrevió a dar. Leí en sus ojos el lugar en que me había resguardado, intacta y protegida, durante todos estos años, en algún rincón de su corazón.

Rememoré con nostalgia el magnetismo que habíamos sentido antaño; por dónde se me habrá escurrido esa fuerza sin miedo de juventud...

Tiene mujer, la que venció a la locura imprudente e incierta que significaba yo hace diez años, una casa acomodada y dos churumbeles. Es razonablemente feliz en su convencionalismo escogido y aposentado.

Pero también leí en sus ojos, tras su muralla de triunfo perseguido y tradicional, que ya no puede más.

Se busca

He perdido mi sentimiento. ¿Alguien sabe dónde está? Era bello, puro, chispeante y lleno de ilusión. Me lo robó un ladrón mientras soñaba con los ojos abiertos, y en su lugar dejó un cartel que decía: "la vida es así".

No era un Unicornio Azul, pero era mi sentimiento.

Ahora ya no puedo querer; no siento hambre, ni sed, ni frío, ni calor.

Pago con amor a quien me lo recupere. Es todo lo que tengo. Pero es auténtico. Y para quien me lo traiga de nuevo todo lo que tengo será.

Noche

Me gusta la noche, cuando llega a casa. Cuando enciende sus luces tenues, y la guirnalda de flores de colores vivos que he colgado en la esquina del salón, y la lámpara marroquí del suelo de mi cuarto -qué bonito queda, así, redecorado-, y la luna y la estrella de Pau.

Cuando huele a tortilla y a pan con tomate y a melocotón, y suena a voz de tele de fondo que acompaña y a gritos alegres de niño lleno de ilusión.

Cuando sabe a sentirse a gusto, a calidez, a boca llena, a hogar.

Y cuando deja espacio, al quedar todo oscuro y en silencio, para refugiarse con tiempo en un buen libro, acurrucada entre los cojines de la cama y los arrumacos peludos de los gatos.

Me gusta la noche. De luna. De vela. De paz.

No quiero

Salgo a cenar. Me pongo guapa: estreno mi camisola negra y larga salpicada de lentejuelas; mi pulsera de ágata de la india, amuleto protector, rincón de la tranquilidad; el colgante rojo y redondo con pendientes a juego que me regalaron para mi último cumpleaños (me lo escoge Pau). "Qué guapa eshtásh, mamá. Ahora shí que eshtás guapa". Siempre que llevo algo rojo me ve guapa. Lo recoge la Yaya. "Vaya, qué guapa estás..." Ya me lo creo. Me siento a gusto. Me acerco andando a casa de los Pochis. Voy tranquila, medio desganada. María tiene cara de ajo, como siempre. Esta vez, Manuel parece esforzarse por animarla. Vamos en coche hasta el restaurante; nos esperan Miguel y Lola. El restaurante es "in"; muy "in". Línea cálida, buenos colores, luz ténue. Me gusta. Pedimos demasiada comida. Salgo a fumar. Salgo a hablar. El vino es excelente. Pasan la cena fantaseando con una fiesta-bacanal que todos (ellos) quisieran hacer. El tema les apasiona. De la coña del intercambio de parejas a la de una fiesta de máscaras. Ellas siguen la rosca, con la sonrisa cosida y la cuerda echada. Escucho, me mantengo tranquila, salgo a fumar. Se sigue estirando. Tiene que haber sexo, drogas, rock'n roll. Se ríen, sueñan. Miguel sale conmigo a fumar. Me cuenta en confidencia que fulanito va loco por hacer una "mesa redonda" con el grupito (todos comiendo y una tía chupándosela por debajo de la mesa; al que se le note, paga). Que dice que ya ha hecho dos. Menganito, cuando sale, se pone paposo y no para de follar. Mientras me lo cuenta, no para de reírse.

Ubico: la mujer de fulanito está embarazada de su segundo hijo. Entre ellos se llaman "papá" y "mamá". Menganito tiene dos crías creciditas y una mujer que le vigila a la desesperada con el ojo torcido.

Manuel y Miguel quieren hacer una copa; aunque sea un café. Pero María y Lola están muertas, aducen. Claudican (ellos). Hoy llevan el gorro de "marido". Ellas, siempre el de "mujer". Llevan con él puesto unos quince o veinte años. A ellas se les ha enquistado; ellos se lo quitan de vez en cuando. Manuel me dijo un día que para muchas cosas yo sería la mujer ideal. Para otras no. Yo sé porqué. Miguel me dice siempre que necesito un tío con mucha caña. Que asusto. También sé porqué. Me llevan a casa. Ellos las abrazan por el hombro (hoy libran de niños); ellas se quedan calladas. Cansadas, agotadas.

Me pongo José Padilla, enciendo dos velas y un incienso. Termino la media cerveza que me sobró antes de salir. Enciendo un cigarillo, me relajo; pienso en ellos, en ellas, en tantos como ellos y ellas. En cómo pasan los días sin abrazarse ni rozarse siquiera, en cómo se saludan sin un beso. En la compañía acostumbrada que se hacen. No critico. Me gusta su compañía. Pero me digo: "no quiero". Miro para atrás, me recuerdo dónde quería estar, dónde estaba. No estaba. "No quiero".

No quiero.

No quiero estar.

Me siento bien aquí. Me siento en paz.

Mi casa está limpia, ligera, he tirado montones y montones de cosas en bolsas de basura. Sólo me faltan los armarios.