Cuando recobré la lucidez, me encontraba en una suite del Hotel Arts; en la última planta. Miré en derredor: nada me resultaba familiar. Sólo había una imagen en mi cabeza, sólo una, que busqué desesperadamente por toda la estancia; pero no, allí no estaba.
Salí casi despavorida en su persecución, como hipnotizada; empecé a recorrer las plantas del enorme edificio, arriba, abajo, primero con el ascensor, después por las escaleras, arriba, abajo… tenía que encontrarlo, sabía que estaba allí; pero no, no aparecía, no daba con él…!!! Mi cabeza estaba nublada, mi cerebro no existía. Estaba únicamente guiada por esa imagen que ocupaba toda mi mente, necesitaba verlo.
Entonces, palpé el bolsillo de mi chaqueta negra, sintiendo un repentino alivio, una extraña tranquilidad. Con cuidado, extraje de él esa pelota de mi hijo, de goma, transparente, que semeja una burbuja de jabón, y en cuyo interior reposa un precioso octopus, como si fuera un buda relajado. Al mirarla, sentí inmediatamente el camino que tenía que seguir.
Me dirigí, tranquila, como una autómata, a la terraza superior del edificio, aquella desde donde podía divisar toda la ciudad en su calma nocturna, con todas sus luces tintineantes, infinitas en el horizonte.
La brisa otoñal me azotó el rostro y las ropas, y me infundió un halo de frescor como el agua del mar.
Y sí, estaba; allí estaba.
Grande, majestuoso, imponente, mágico: allí estaba el acuario, cuyo interior transcurría plácida y pausadamente, desprendiendo una reposada paz que sorbí con todo mi degustar.
Tras unos minutos de embelesada contemplación, lancé, con sumo cuidado, la pelota en su interior. La pelota empezó a flotar, como sin gravedad, en el agua, transportándose mágicamente por entre los peces de mil colores, los corales, las plantas, los caballitos de mar, hasta ir a pararse frente a un pulpo real, enorme, que, sin atisbo de duda, la alcanzó parsimoniosamente con uno de sus largos tentáculos.
Miles de pompas de jabón invadieron entonces el agua del acuario y saltaron por los aires, llenando el espacio, el tiempo, el cielo, la noche; no podía ver nada, todo eran pompas y pompas y pompas de jabón… Sentí entonces una extraña presencia compañera: alguien, algo, no pude verlo, nadaba conmigo por entre esos millones de burbujas irisadas.
De repente, desperté.
Aún aturdida, recordé lo acontecido como si todavía estuviera ocurriéndome, y me esforcé por entender que había vuelto al mundo real.
¿O no…? El reloj marcaba las 34:44h; el segundo sol brillaba a través de mi ventana. La luz roja de mi blackberry parpadeaba insistentemente, para comunicarme con un mensaje que me habían aumentado el sueldo por haber sabido conservar mi destreza en no dorar la píldora, y que la “hoja de tiempos” había desaparecido. La radio informaba de que ya no se estrellarían más aviones, ni habría más terremotos, ni nadie más pasaría hambre ni quedaba ya en la tierra ningún torturador. Decía que el mundo había sido obsequiado con una pequeña dosis de “Conciencia”, y la estaba empezando a digerir en un primer estado de evolución.
De mi cocina llegaba un delicioso aroma a café, que había preparado sólo con desearlo.
En la pantalla plana de mi ordenador, que colgaba sin cables frente a mi cama, tintineaba un mensaje que decía: “Buenos días, princesa; hoy los astros te sonríen”.
Cuando, de nuevo, desperté, sobresaltada por los relámpagos y el torrente que se colaban por mi ventana, levanté en un gesto automático y rápido mi almohadón: mi pompa había desaparecido.
Y, al alzar la vista de nuevo, recordando el acuario, el pulpo, el mundo, y el día que me esperaba… divisé, en lo alto de mi habitación, flotando ingrávidas, tres preciosas y destellantes pompas de jabón…


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