Entré en el bar atiborrado de gente, en su mayoría turistas, y me senté en la puntita de la barra, muy cerca de la puerta sin puerta, para que me diera el día. Enseguida me atendió una mirada atareada, sudorosa, agobiada y concienzuda, que me vio sin mirarme. Mientras esperaba mi momento, me dediqué a sacar mis bártulos y a calmar a Pau, que tenía sueño y hambre, tremenda combinación.

Una vez aposentada, esperé. Esperé con paciencia, tratando de dominar mi ansiedad por que me calentaran la comida del niño, y mientras esperaba, observé.

Porque desde el primer momento hubo algo que me chocó en aquel camarero; no sabría decir exactamente qué. Tenía un cuerpo redondo, femeninamente redondo, unido a una cabeza demasiado fina y pequeña para pertenecer a ese cuerpo, con cara de púber y rasgos bien delineados, suaves. Lo miraba de reojo mientras se zarandeaba detrás de la barra, y, decididamente, percibía algo contundentemente femenino en él. Los giros que pegaba, la expresión que adoptaba, la forma y el gesto de su cabeza, aún rapada al uno, sus redondeces de mujer. Se me antojó la viva imagen de una cantante de antaño, como si hubiera de llevar su rizo pegado en la frente y el moño engominado peinándole la sien. Atrapada por la curiosidad, lo observé detenidamente, buscando algo que me indicara si podía pertenecer al bando de los hombres sensibles, o incluso si, en origen, podía haber sido mujer. Pero no; no encontraba nada. Era un hombre, completo y rotundo; pero un hombre inexplicablemente femenino.

Confirmé mi parecer cuando por fin me atendió, con su sonrisa blanca en sus ojos de niño y su voz cantarina: "buenas tardes señorita, la atienden...?". Volví a quedar consternadísima: no podía semejante vozarrón salir de aquella cara pálida y delgada; nunca hubiera imaginado a este hombre detrás de esa voz…!!

Después me estuve fijando en sus manazas, que movía decididas y seguras cuando ponía las cañas, y en sus brazos, fornidos, y grandes también. Miraba a continuación su cuello delgado, la forma elevada de su nuca, su cráneo, delicado, y su perfil, sin apenas barbilla ni atisbo de pelusa, y tenía la sensación de haber cambiado de persona. Cuando seguía a continuación por su espalda arqueada, su trasero redondo y respingón y sus muslos mofletudos, volvía a tener la sensación de estar viendo otra parte de un cuadro nuevo. Y cuando escuchaba su voz de león, su acento tosco y sus comentarios de hombretón, saliendo de esa misma boca que después era la más afable y educada del mundo, creía poder jurar haber estado unos segundos antes en otro lugar.

Aquel hombre era como varios trozos de hombre pegados entre sí, que nada tenían que ver el uno con el otro; ninguna parte de él encajaba con lo que venía a continuación. Siendo todo suyo, parecía haberse apropiado de la cara de uno, las manos y los brazos de otro, el cuerpo de un tercero, y la voz de otro de más allá; y todos ellos totalmente opuestos entre sí.

El conjunto se hacía extraño, incoherente; retenía. Con todo el disimulo que me caracteriza, no podía dejar de observarle.

Me concentré en mi periódico cuando mi niño por fin se durmió, y continué durante un buen rato tratando de averiguar dónde residía el misterio; era incapaz hasta de ponerle edad.

Cuando terminé mi segundo café, pedí la cuenta, que me trajo con una sonrisa clara y los ojos muy abiertos, exclamando un "muuuyy bienn, señorita" propio de una actriz de principios de siglo, y, tras pagar, me marché.

"Qué tontería”, pensé; “pero es la primera vez que veo a un hombre-arlequín".