LA CUARTA DIMENSION
Me senté en la barra del bar, y sorbí un largo trago de cerveza mientras rememoraba, incrédula, las secuencias pasadas. Visualicé una vez más en mi mente los momentos recién transcurridos, las sensaciones experimentadas; cada uno de sus rasgos. Eran realmente bellos; no me había equivocado al calificarlo, meses atrás, como “el papá más guapo y apuesto del colegio”, cuando le detecté al cruzarme con él por la calle, en los inicios del periodo escolar.
No le di entonces más importancia, más de la que tenía el haberme llamado la atención su atractivo, y que llevara a su hijo al mismo colegio que yo.
Pero nos seguimos cruzando en la calle, día sí, día también, y poco a poco el verle se fue convirtiendo casi en una necesidad. Me parecía curiosa la casualidad de los encuentros, porque la cosa es que coincidíamos prácticamente a diario, cuando sin embargo, anárquica e indisciplinada como soy, yo nunca conseguía llegar al colegio a la misma hora.
Al principio nos pasábamos desapercibidos, o indiferentes, pero poco a poco empecé a sentir que nuestras miradas se cruzaban, y que cada uno de nosotros se percataba de la presencia del otro. Cuando le veía subir por la acera (a menudo yo iba algo más temprana que él, y salía cuando él llegaba), no podía evitar mirarle a los ojos, mirada a la que él respondía por igual; pero no salían de su boca, ni de la mía, palabra o saludo alguno. Solamente los ojos hablaban.
Finalmente, un día, al cruzarnos, le saludé. Pero no respondió. Solamente me aguantó la mirada. Ligeramente ofendida, decidí no hacerlo más. Pero continuó siendo tan obvio que nos percibíamos, que ese silencio me parecía absurdo, así que volví a hacerlo. Y, otra vez, no respondió.
Entonces decidí aparentar ignorarle durante algún tiempo, haciéndome la indiferente a su paso. Fue así, desde mi postiza distancia, como pude percibir con claridad que no; que a pesar de no cruzar palabra, él no se quedaba, al igual que yo, en absoluto indiferente cuando registraba mi presencia.
Un buen día coincidimos los dos, sólo los dos, con nuestros hijos, en la puerta ya cerrada del colegio, esperando a que la abrieran. El suyo entró primero, y tuve ocasión de observar de cerca esos ojos oscuros y misteriosos, que, por primera vez, me sonrieron.
Pude sentir, en ese momento, cómo flotaba entre ambos una vibración fortísima. Paralizada, la dejé fluir, libre, con toda su fuerza, dejé que nuestras energías se entremezclaran con todo su color y transparencia; y le miré, fijo, hondo, firme, al fondo de los ojos, sin soltarlo.
- “Hola”, sonrió.
- “Hola”, sonreí a mi vez, sin dejar de mirarlo. Sentía el corazón latir dentro de mi pecho como si se me fuera a salir de él.
- “¿Te apetece tomar un café?”, dijo a continuación.
- “Lo que me apetece es fundirme contigo”, pensé para mis adentros; pero no lo dije, claro, al menos con palabras; simplemente asentí: “Me parece estupendo”.
Entonces ocurrió algo inexplicable, mágico, sencillamente brutal.
Antes de que pudiéramos siquiera iniciar el camino hacia la cafetería, empecé a sentir una inmensa fuerza física atractiva hacia él, como si tuviera un potente imán en el pecho, que me impedía dar un solo paso, resistirme a ella, ni siquiera podía moverme; sólo podía mantener mi mirada fija en la suya, en esos insondables ojos negros, incapaz de apartarla, sintiendo impotente el bombear de mi pecho. La fuerza de esa extraña energía empezó a hacerse sentir más y más, acercándonos el uno al otro sin que pudiéramos ofrecer la más mínima resistencia, anulando totalmente nuestra voluntad, hasta que nos atrapó en un violento torbellino que nos envolvió en una espiral, como si de un tornado se tratara.
Con la mente en blanco, y sin poder ver nada más que una inmensa nube que giraba desbocada a nuestro alrededor, me encontré pegada a él, inmóvil, sin fuerza física alguna en mi cuerpo, que sentía como si contuviera millones de átomos moviéndose desorbitados en contrapuesta dirección.
Y de repente, el torbellino cesó.
Le tenía frente a mí, delante mi nariz, atravesándome con su esencia; olía bien, irresistiblemente bien, de manera tremendamente masculina, desprendiendo un aroma que me mantenía pegada a su piel. Lentamente, empezó a acariciar mi cintura, mi espalda, mi pecho, a la vez que rozaba mis mejillas con las suyas, mi cuello, mi cabello… Empezó a besarme, primero suavemente, después frenéticamente, en una pasión que iba creciendo y creciendo en incontenible espiral, mientras me envolvía con sus largos brazos, cálidos, y con su cuerpo, que desprendía un inexplicable calor.
Era un hombre extremadamente cálido, envolvente. Me hizo el amor una y otra vez, como jamás me lo han hecho, erizando todos los poros de mi cuerpo, hasta quedar extenuada, el rostro enrojecido, desnuda en la nube junto a él. Llevada por un dulce Morfeo, sin darme cuenta, me dormí.
Cuando abrí de nuevo los ojos, me encontré en pie frente a la puerta del colegio, paralizada, sosteniendo la penetrante mirada del papá más guapo y apuesto jamás visto, tratando de controlar mi respiración y mi pulso acelerados.
En un gesto rapidísimo pero que me pareció casi brusco, desvió su mirada de la mía, como si la hubiera tenido que arrancar, y se marchó calle abajo. No dijo hola, ni adiós; solamente sus ojos, otra vez y como siempre, habían actuado.
Aturdida, me metí en el primer bar que encontré, y me dirigí directamente al baño, para refrescarme la tez; mi rostro estaba ligeramente sonrosado, mis mejillas sofocadas, mi mirada chispeaba.
“¿Qué ha ocurrido… lo he soñado, verdad?”, pregunté a la imagen que veía reflejada en el espejo. Confusa y consternada, decidí tomarme, en vez de un café, una fría, helada cerveza.
Y, al sentarme en el taburete, tratando de explicarme todo lo acontecido, respiré, salido de alguna parte de mí, ese aroma que momentos antes me había hecho perder los sentidos, y descubrí, perpleja, un ligero y agradable dolor muscular en mis caderas, muslos, espalda, y zona lumbar…



oriol uria dijo
la verdad es que me ha impresionado aque maite escriba tan bien y tan profundamente. No sabia que tenía una amiga con un super talento. Felicidades. Uri
15 Mayo 2006 | 07:38 PM