Solía acudir a distintos restaurantes con mis amantes; el mismo con cada uno de ellos. No sé, una curiosa y arraigada costumbre, posiblemente creada para evitarme posibles confusiones, o incómodas suspicacias por parte del Maître. Pero ese preciso día, Javier me había citado en uno distinto del que frecuentaba con él. Tanto había insistido, algo misterioso, que no pude por menos que acceder intrigada a sus deseos. Total, tampoco lo conocía, y a mi innata curiosidad en absoluto le molestaba probar cosas nuevas.

Bajé presurosa la calle en la que debía encontrarlo (como siempre, llegaba con un ligero retraso), y topé abruptamente con la entrada mientras lo buscaba, creyéndolo situado un par de manzanas más abajo. Tras echarle un rápido pero atento vistazo general, empujé la puerta con suavidad, observando los detalles de la estancia que se desplegaba a mi paso; el ambiente resultaba francamente cálido, selecto, como Javier lo había descrito; elegante y encantador. Tonos tierra, piedra, marmóreos, ocres, en paredes y suelo, con diversas texturas; medias luces, tenues, estratégicamente colocadas; todo ello lograba un entorno invariablemente relajante y acogedor. Decididamente, la estética del lugar era perfecta y acertada, totalmente a mi gusto.

Me adentré en el corto distribuidor, y enseguida di con mis pasos en la sala del restaurante, en el que sólo había dos mesas ocupadas.

No era difícil suponer cuál era la mía: en una de ellas, la de mi izquierda, varias personas discurrían animadamente, aún cuidando el tono empleado en su conversación; en la otra, un hombre, sentado de frente, aguardaba silencioso y atento en la penumbra.

Supuse que era Javier; pero al no poder distinguirle con claridad, le miré a los ojos, esperando recibir algún gesto de confirmación por su parte. Como no se movió, me acerqué. Le observé, sonreí… Y me di cuenta en ese instante de que no era él. No conocía a ese hombre; era la primera vez que lo veía, o tal vez que lo miraba; pero sin embargo, su cara me resultaba familiar.

Él también sonrió al verme, y se levantó para saludarme.

- “Hola. Esperas a Javier, ¿verdad?”, preguntó decidido.

- “Pues…sí…”, contesté algo perpleja.

Sin darme tiempo a reaccionar, me pidió que me sentara, y, mientras yo le observaba a la espera de alguna explicación, adoptó un semblante tranquilo, disponiéndose a mirar la carta.

- “Javier no podrá venir”, dijo. “Me ha pedido que le sustituya, porque no ha podido avisarte con la suficiente antelación. Me llamo Carlos.”

- “¿Ah…?”, pensé; “que cosa más extraña”.

Le estudié detenidamente, y reconocí enseguida que era un hombre sumamente atractivo: rasgos definidos, mandíbula cuadrada, aire varonil, indumentaria desenfadada pero exquisitamente cuidada. No me lo pensé dos veces:

- “Pues encantada, Carlos; yo me llamo Maite”.

- “Sí, ya lo sé”, replicó con una media sonrisa. “Ya lo sé”.

Tan sólo empezar a pedir la cena, ya algo en Carlos me llamó la atención, pues escogió –casualmente, pensé yo- el plato preferido de Javier, y el vino que yo solía pedir con él. Además, adivinó sin titubear cuál sería el menú que yo preferiría, sugiriéndomelo. Quise achacarlo a una curiosa coincidencia, sin más. Pero conforme transcurría la velada, mi asombro y perplejidad ante la situación fueron aumentando exponencialmente, pues ese hombre no sólo conocía en detalle muchos aspectos de mi vida privada que yo había comentado sólo con Javier, sino que se comportaba, en muchos de los suyos, exactamente igual que lo hacía Javier. Utilizaba sus mismas palabras, se expresaba con sus mismos gestos, opinaba con sus mismas respuestas; sacaba a colación los mismos temas, fumaba sus mismos extravagantes cigarrillos, bebía su mismo licor… y tenía su misma curiosa manía de darle vueltas al cierre de su pulsera de cuero –muy similar a la que lucía Javier- con el pulgar derecho mientras me escuchaba. Era, en verdad, como si fuera el mismo Javier, envuelto en el cuerpo de otro hombre.

Así, a pesar de que la noche transcurría de lo más espontánea y natural (¡demasiado…!) se me iba haciendo cada vez más extraño verme allí sentada, frente a ese hombre, porque cada vez más tenía la inexplicable sensación de ser transparente frente a él, frente a ese conocido-desconocido que, por lo demás, era tan o más seductor que Javier. A ratos, me parecía haber sido trasladada en el espacio, o en el tiempo, o en ambos, y tener delante de mí al propio Javier, pero que era Carlos, confundiéndolos sin saber quién de los dos era en realidad el desconocido.

Me dejé llevar por la extraña e incitante situación, mecida por el suave danzar del vino (pedimos otra botella)… y mi asombro llegó a su cúspide cuando, sin decir una palabra, y mirándome fijamente a los ojos, Carlos alargó su mano derecha, adelantando levemente el cuerpo, y, con el dedo corazón extendido, apartó con suavidad el tirante de mi blusa y empezó a acariciar, muy despacio, la media luna que adorna mi pecho.

Creí marearme, no por el placer que la caricia me procuraba, sino porque ése era un gesto que siempre, y solamente, hacía Javier; y Carlos había rozado la luna sin siquiera necesitar mirarla.

Completamente aturdida, me disculpé, y me dirigí al baño para refrescarme el rostro, cerciorándome así de que no estaba soñando.

Al salir, algo más recuperada, distinguí su silueta por la espalda; había algo diferente en él… Retomé mi asiento… Y esta vez sí que me mareé. No podía dar crédito a mis ojos. En el lugar de Carlos no estaba Carlos; había un hombre, un hombre que yo conocía, pero era… ¡¡ Pablo ¡!

Me miró como si tal cosa, como si llevara toda la noche ahí, sentado, y preguntó, cogiéndome la mano: “¿Te encuentras mejor…?”

Con los ojos fijos en él, no puede articular palabra. Miré rápidamente en derredor, buscando a Carlos, esperando encontrar al momento la lógica explicación, percibir algún signo que me permitiera desenmascarar la pesada broma. Pero Carlos no estaba. Todo parecía normal, asombrosamente normal, exactamente como lo había dejado. Sólo continuaba allí, como si nada, la misma mesa animada en la calma que divisé cuando entré, que no prestaba la más mínima atención a la nuestra, y el camarero de la esquina, impertérrito y ausente, en su profesional posición estática que parece ni haber detectado la presencia de una.

- “¿Te encuentras mejor, bonita? ¿Quieres que te lleve a casa? No tienes muy buena cara…”, dijo Pablo.

- “No, no”, respondí; “enseguida se me pasa”.

Mi cabeza daba vueltas a toda velocidad, preguntándose qué estaba ocurriendo. ¿Se habrían confabulado? No podía ser, era imposible; no se conocían, ni ninguno podía saber de la existencia de los otros. ¿Había bebido, pues, tanto vino…? ¿Me habrían echado algo en él…? No, no, tampoco podía ser… Javier… Carlos… Pablo… (!!) nunca habrían hecho eso… ¿para qué…?? Además, me encontraba bien, sólo me faltaba un poco el aire, pero no era producto del vino, era producto de… de… ¿qué estaba pasando???

Ante la aparente naturalidad mostrada por Pablo, y el semblante de sincera preocupación que parecía ir adquiriendo, traté de aparentar normalidad, como si nada fuera extraño y la situación fuera la nuestra habitual, todo lo más normal del mundo. Di un largo trago a mi copa de vino y, haciendo acopio de toda la espontaneidad que pude, me dispuse a seguir la conversación, con la mirada clavada en mi plato.

- “¿Dónde estábamos…?, dije sonriente, pero sin atreverme ni a mirarle.

- “Aquí”, contestó él; y deslizó su pie descalzo por debajo de la mesa, haciéndolo subir por mis piernas hasta colocarlo entre mis muslos.

Levanté la cabeza de golpe, y ví que me estaba mirando fijamente, acariciándose el mentón con el índice, mientras el pulgar sujetaba su maxilar y su mano libre se servía un bocado de tiramisú, en un gesto que, alentado por el roce de su pie, siempre me había parecido extremadamente sensual y provocativo.

Parpadeé, paralizada: porque era Pablo, sí, era Pablo… Pero es que ese gesto pertenecía sólo, sólo y únicamente… ¡¡ a Santiago…!!

- “Esto… Pablo…”, empecé a balbucear…

Ladeó la cabeza, levantando el mentón y la ceja como Santiago lo hacía, y, mientras masticaba despacio, en ese ademán que Santiago sabía que me volvía del todo loca, movió con destreza su pie, y contestó, en un susurro: “¿Sí…?”

Salí despavorida de nuevo hacia el servicio, con las piernas temblando y sin siquiera poder masticar, ni mucho menos tragar, el trozo de tarta que llevaba en la boca; tenía un enorme nudo en el estómago, que subía peligrosamente hacia la garganta, amenazando con provocar una desagradable arcada. Tratando de controlarla, volví a mojarme la cara, y la nuca, para contrarrestar el sudor frío que me subía por la espalda. “Maite, céntrate. No pasa nada. No-pa-sa-na-da. Sólo has bebido un poco más de la cuenta. Mañana te despertarás en tu cama, en tu casa, con tus gatos, tus plantas, tu niño y tu felicidad, y tu vida será la de siempre, y nunca, nunca más, jamás de los jamases, volverás a tener amantes. Recomponte. ¡¡Recomponte, joder, no pasa nada...!!”

Cuando hube podido controlar el desacompasado ritmo de mi respiración, el sudor de mi cuello y el temblor generalizado de mi cuerpo, salí del baño todo lo dignamente que pude, intentando no tambalearme y aparentar de nuevo normalidad.

Pero, de nuevo, y aunque mi mente rechazó la idea, supe que la silueta que vislumbraba de espaldas tenía algo de extraño… Al llegar a mi sitio, descubrí, atónita, que ya no era Pablo, sino Marcos, quien estaba sentado delante de mí, tomándose plácidamente la copa de whisky (de “ese” whisky) con hielo que, sin excepción, pide siempre Tom, acompañándola del habano exacto, en tamaño y aroma, que fuma él, y jugando con uno de sus rizos como solamente hace, inconscientemente cuando se siente relajado y a gusto, Tom.

Antes de poder siquiera sentarme, me desmayé.

*

Cuando abrí los ojos, vislumbré, borrosas, un montón de caras a mi alrededor, dispuestas en círculo por encima de mí. Al fondo de mi visión, el techo. Un murmullo de voces retumbaba en mis oídos.

Poco a poco, las caras se fueron haciendo más nítidas, y pude distinguir claramente, en primer plano sobre mí, la de mi marido.

-“¿Cariño, estás bien…? Cariño… Cariño…”

Me cogía la mandíbula, sacudiéndola levemente, y me acariciaba el cabello, en la frente, que sentí mojado; conseguí entornar un poco los ojos, y percibí un semblante de preocupación, ahora aliviada, en él.

- “¿Qué ha pasado…?”, pregunté débilmente, tratando de incorporarme.

- “¿Estás bien..? Espera, te ayudo… ¿Estás bien, cielo…? ¿ Seguro que estás bien…?”

- “Sí, sí, estoy bien; me duele un poco la cabeza, pero estoy bien; ¿qué ha pasado?”

Al levantarme, apoyada en el brazo de Jorge, recordé la sorpresa de él para celebrar mi cumpleaños, y reconocí el restaurante, con sus tonos cálidos y sus medias luces, como aquél en el que había entrado poco antes por primera vez, a su encuentro; reconocí también el distribuidor, y la entrada a la sala, y las mesas geométricamente dispuestas.

La gente se había ido dispersando al comprobar que todo estaba en su sitio, dejando espacio a la intimidad, y discurría de nuevo en sus mesas, tranquila y animadamente; el restaurante, lleno, volvía a su cauce de normalidad.

Miré a mi marido con gesto interrogativo y tratando de entender, mientras nos dirigíamos hacia nuestra mesa. Un leve dolor me martilleaba suavemente la sien.

- “Has tropezado al entrar, cariño, y te has dado un golpe en la cabeza, has perdido el sentido… ¿Seguro que te encuentras bien..? ¿Quieres que nos vayamos a casa?”

- “No, no, estoy bien, de verdad, estoy bien. Sólo déjame ir un instante al baño; enseguida vuelvo. Necesito refrescarme un poco. Tú ves pidiendo, mi amor.”

Sin que nadie me indicara dónde estaba, desfilé directamente hacia el servicio, que también reconocí al entrar. Yo misma me sorprendí de ello, al recordar, una vez dentro, que nunca antes había pisado ese restaurante.

Me miré en el espejo, todavía algo aturdida. Mi cara me resultaba familiar. Me resultaba familiar en ese espejo, quiero decir, y con esa misma expresión de aturdimiento. Me mojé, en un gesto instintivo, las mejillas y la nuca, intentando recuperar mi entereza, y mientras lo hacía, lentamente, empecé a recordar. Javier, Carlos, Pablo, Marcos, Tom, se sucedieron en mi mente… ¿Quiénes eran esos hombres…? No los había visto en mi vida; y sin embargo, mis recuerdos, sus rasgos, sus gestos, me resultaban tan conocidos, tan reales… Un escalofrío recorrió mi espalda. Me alegré de tener a mi marido esperándome ahí afuera, de que existiera, de que Jorge fuera él.

Respiré hondo, me perfumé, y salí a su encuentro, no sin sentir un inexplicable –así lo consideré yo- temor al fijarme en la silueta que describía su espalda. Pero era él, sí, era él. Menos mal; menuda pesadilla. ¿Pesadilla…? ¿Qué había sido, exactamente, lo que me había ocurrido? ¿Y dónde… cuándo…? ¿Sólo en mi mente, producto del golpe que recibí…? Todavía podía sentir lo sucedido como en mi propia piel…

Así concluí que debía haber sido, y, aliviada y tranquilizada por ese pensamiento, y por la seguridad de estar sentada frente a Jorge, mi marido, sorbí un trago de agua para desentumecer mi garganta, relajándome. Mientras él servía parsimoniosamente el vino, empecé a pasear la vista despreocupadamente por las mesas de alrededor, como tengo la inevitable costumbre de hacer.

Y, de repente, empecé a palidecer.

Me quedé inmóvil, paralizada, helada, sin sangre en las venas, al reconocer, con toda claridad, en la mesa de enfrente, a un hombre al que no había visto jamás, pero que era –no me cabía la menor duda- Carlos. Estaba dándole vueltas al cierre de su pulsera con el pulgar derecho, y fumaba esos extraños cigarrillos traídos de no sé dónde… Y en la de al lado, a Pablo, al que tampoco antes había visto nunca, deslizando discretamente su pie por entre las piernas de su acompañante mientras acariciaba su propio mentón… Y más lejos, a Marcos, sorbiendo con toda placidez un exclusivo whisky con hielo que acompañaba con un aromatizante habano, mientras retorcía uno de sus rubios rizos…

- “Cariño, ¿te encuentras bien…? Cariño… Cariño, contéstame… Cariño… te has puesto blanca como el papel…”