YO DE MAYOR QUIERO SER COMO TU (...UNA MAÑANA CUALQUIERA)
Siete-cero-cero. Prrrrr, prrrrr, prrrrr, despertador. ¿YA?? No puede ser. No puede ser, tengo la sensación de acabar de meterme en la cama hace tan sólo unos minutos...!! Prrrrr, prrrrr...Todavía no por favor, no puedo... No puedo... Aprieto, hipnotizada, el salvador -bendito genio el que lo inventó- “repetir”.
Mientras me debato en mi inútil lucha contra el sueño y trato de encajar las “pataditas” de mi hijo, que hace rato (mucho rato, cago’en diez) que ha iniciado su particular guerrilla, me vienen a la cabeza esbozos de la noche pasada:
Agotamiento absoluto que me vence en el sofá. Tele encendida, luces también, zapatos puestos y sin cenar. Dos de la mañana, me despierto de un salto: ¿dónde estoy, qué día, qué hora es, qué tengo que hacer mañana…? Reubicación: ah, sí. Me meto en la cama como un zombie, sin pasar por el pijama siquiera. A lo que a mí me parecen dos minutos (son unos cuantos más), gran alarido: mierda, Pau se ha despertado. Pesadilla de vete-a-saber-qué, incontrolable berrinche: “Mmammá, quello, quello (a cuello)...”. Lo cojo con cuidado y lo meto en mi cama, incapaz de mantenerme en pie para intentar dormirlo. Y entonces, el guasón va y se desvela, le da por jugar: “pam... pammm...!!” Risas, saltos. Intento que se duerma, acariciándole, susurrándole -a dormir peonzilla, es hora de dormir...-, sin poder casi articular palabra. Me quedo dormida antes que él. Se despierta treinta y tres veces a lo largo de la noche, me da cuarenta patadas, se atraviesa, me deja un minúsculo rincón en el que me encajo sin mover ni las pestañas, como si fuera un contorsionista. Cuando parece que llevo un ratito seguido durmiendo, suena un mosquito en mi oído. No, no puede ser, por favor, ¡¡si ya lo maté ayer...!! Vuelve a rondar: bzzzz, bzzzz... La-ma-dre... Si hubiera podido, le habría arrancado las alitas lentamente (yo, que cuando me encuentro una araña en la bañera la saco con un papel para no tener que ahogarla). Enciendo el matamosquitos eléctrico (si es que siempre me olvido, joder, cómo puede ser), y busco desesperadamente el spray; mierda, pero dónde lo habré metido, si estaba aquí...!!! Ah, aquí, claro, pues donde lo dejé ayer. Rocío la habitación con cuidado, intentando no contaminar a Pau – que, ahora sí, claro, duerme, el muy bendito - a la vez que al mosquito. Lo voy persiguiendo en la penumbra para ser certera. Me vuelvo a encajar en mi rincón y caigo como un tronco. Cuando, tras despertarse Pau otras seis veces más, parece que por fin llevo otro rato durmiendo, suena un mensaje en el móvil y me despierta. Me cago en la... ¿Pero quién coño será a estas horas??? Debe ser Miguel, un amigo mío que va dando vueltas por el mundo y me va enviando besos con el horario del país en el que está. No sé ni qué hora es, no lo miro, ni el mensaje, no lo quiero saber; sólo quiero dormir.
Seis treinta: se despierta el microbio. No hay manera de que se vuelva a dormir un poquito más. Da vueltas, me estira del pelo, va charloteando, se me pone encima; yo me hago la sueca.
Siete-cero-cero. “Repetir”. “Mammáa, shayunáaa (desayunar)”. “Repetir”. “Repetir”. ¿Qué hora es ya...?? ¡Mierda, mierda, me he dormido!!! Se me ha hecho tarde, me levanto ya...! Pau... joder, ahora se ha dormido él, me cago en la... (decimosexta vez que “me cago en la” esta noche ya). Trato de llevarlo a su cuna con sumo cuidado, para poderme duchar (no me atrevo a dejarlo en la cama, todavía no sabe bajar y si se despierta se puede caer). Pierdo diez minutos intentando dormirlo de nuevo, porque el muy bribón se ha dado cuenta. Como no lo consigo, desisto y decido sentarlo en su trona, frente a mí, mientras me ducho escopeteada. Cuando por fin salgo, lo bajo, taladrada por sus protestas (“shalí, shalííí –salir-”), y me restauro, me visto y me seco el pelo lo más deprisa que puedo, a la vez que lo distraigo como y con lo que se me ocurre (mira Pau, dibuja aquí; nooo, pero en la pared nooo!!! Y en la puerta tampocooo!!!), y tropiezo veinte veces con él y quince con mis gatos. “Tero eshto”; no cielo mío, esto no puede ser; “tero eshtooooo!!!”; mira, toma esto otro, mira qué bien... Noo, pero no lo abras, que es champúúú...!!...“Mmammá, shayuná, shayunááá”; sí cariño, ya va, ya va…
Muevo la trona a la cocina, tratando de no estresarme con sus alaridos de reclamación; preparo su biberón, y mi desayuno mientras se lo toma; lo contemplo embelesada en su concentración y silencio: pero que cosita tan lindísima.
Termina. “Addenna (madalena)”. Le doy una, dos (“Má”.¿otra? “Shí”), o tres (¿ootraa?? "Shíí") madalenas, las que le quepan en las manos, y nos comemos los dos mi desayuno mientras desmigaja las madalenas y las esparce por toda la trona y suelo adyacente. Me espero a que haga caquitas para vestirlo y cambiarlo mientras voy terminando de arreglarme, con él persiguiéndome por todos lados. Me vacía el cajón de los cubiertos, el de las cacerolas, el armario del baño, el estante de los CDs. Tropiezo cinco veces más con mis gatos y voy pisando objetos dispares que están desperdigados por toda la casa. No le oigo; ¿dónde está...? Pau...! Paaauuu, la crema nooo!!! Limpio el suelo, la pared, su cara.
Le cambio, me peleo para conseguir ponerle el pañal (“Paná –pañal- noooo”), la cremita, el pantalón, la camiseta (“tero shoooo –sol-” – la camiseta con un sol, que se quiere poner todos los días), y los zapatos (“noooo, patosh –zapatos- nooo!!!”); recibo unas cuantas patadas, me pongo de los nervios. Trato de mantener la calma. Vaaa, peoncilla, que estás guapísimo con tus zapatos, no querrás ir al cole sin zapatos, ¿no? “Shí”.
Mientras recojo la casa, los juguetes, las cacerolas, las migas, cambio el agua de los gatos –con los que he vuelto a tropezar cinco veces más- y les pongo comida “ayudada” por Pau, percibo consternada que se ha vuelto a hacer caquitas. Pau, ¿has hecho caquitas? “Noo”. ¿Vamos a cambiar el pañal? “Noooooooo!!!” Vuelvo a repetir la operación tratando de dominar mi ya incontrolable estrés. No quiere. Se tira al suelo de pura rabieta, se muerde, chilla, patalea. Lo dejo desahogándose mientras recopilo todo lo que me tengo que llevar, que no me deje nada: el chupete, la chaqueta, la libreta, el gorro, la mochila, el colchoncito de la siesta, el jersey, mi bolso, el teléfono (mierda, el teléfono, dónde está el teléfono???), las llaves. Venga pitufi, vámonos, vamos al cole, que llegamos tarde. “A tota”. ¿La pelota? ¿Ahora? “Shí”. Pero si vamos al cole, no podrás jugar con la pelota pitufín... “A toota. A tota Pau, a tota mamma”. ¿Mamá también??? “Shí”.
Salimos por fin por la puerta cada uno con su pelota. Pum, pam, pelota arriba, pelota abajo... Pau, te he dicho ¿cuántas? veces que no tires la pelota por las escaleras!! Llamamos juntos al ascensor. Pelota arriba, pelota abajo. Venga Pau, que ya está el ascensor aquí; venga cariño, que nos lo van a coger... cariño... Pau, pitufi, venga... Pau, vengaaaa!!!... nos lo han cogido. Siete minutos más.
Ya estamos abajo. Venga, ahora baja las escaleras despacito, tú solito. Pau, baja. Pau, baja. Pau, baaajaaa!!! Lo cojo a cuello. “Noooo, Pau shol-looo –solo-”. Pau sholo, vale, pero baja carajo!!!
Chute a la pelota; directo a la calle. Recoje la pelota. No espera, no bajes, no bajes las escaleras sin mami... Venga, súbete al cochecito. “Nooo, Pau ninando -caminando-”. No cielo mío, no podemos ir caminando, es muy tarde, vamos paseando en el cochecito, y vas mirando los coches, los señores, los árboles... “Pau ninando, Pau ninnannndo...”.
Lo meto entre aguerridos lloros a la fuerza en el cochecito, no puedo perder treinta minutos más. Se pone tieso, chilla, patalea, tira el cochecito para atrás, me pega, se me cae el bolso, lo vuelvo a intentar, empiezo a sudar. ¿Te ayudo? Pregunta un transeúnte compasivo. No, no hace falta, muchas gracias, si ya está...
De repente me doy cuenta, a medio camino, de que “hoy tocaba chándal”, así que, con la cara desencajada, me doy media vuelta, vuelvo a casa y, sintiéndome la persona más desgraciada del mundo, repito todo el proceso. Ya he dejado de pensar en la desesperación.
Llegamos (¡por fin!) a la guardería. “Pau shcaledas -escaleras- sho-lo”. Vale, de acuerdo, solo. Sube cariñín. “Sholo, nndilla –barandilla-, Pau shubí –subir-”. Sí cariño, cógete bien a la barandilla. Se queda atrancado. Llevo colgando el cochecito, la mochila, el bolso, el colchón, las dos pelotas, y las cinco piedras que me ha hecho recoger por el camino. Venga pirulí, sube por favor... que es tardísimo... sube... Venga, contamos juntos... ¿te cojo a cuello? “Noooo, quello no, Pau sholooo”; bueeeno, bueno, vale, Pau solo, sí, pero sube, sube lecheees!!!!
Llego arriba sudando la gota gorda, a pesar de estar en pleno mes de enero. Diviso a la maestra como una auténtica salvación. Lo dejo en la puerta de la clase: en cuanto ve a la maestra obedece a la perfección. Se me cae la baba cuando me dice todo contento “mamá aió”, con su manita, y me tira un inmenso “mmuááá”. Adiós vida mía, adiós...
Nueve cincuenta. Llevo casi tres horas en danza. Entro por la puerta del despacho reptando por las paredes, pero intentando aparentar normalidad. Buf. Necesito urgentemente un café, o dos, o mejor tres. Y un cigarrillo.
“Hombre Fanditos -apelativo cariñoso a mi apellido-, buenos días... Vaya horas te gastas, “madrugadora”...!! Pero hay que ver qué bien vives. Yo de mayor quiero ser como tú...”



Jordi dijo
Tenia clar que encara no estava mentalment preparat per ser pare, però llegint els ajetreos de bon matí (...entre d'altres) que això comporta veig que ni tan sols ho estic físicament!!
Pel que fa al compte a deu intern+somriure que deus fer després de l'oportú "yo de mayor quiero ser como tu" (...que a sobre, deu ser del jefe...) ...mira-t'ho com un "no hay mal que por bien no venga", com un gest més que no fa més que corroborar i agrandir el sentiment de mereixement d'un dels més intensos, indispensables i estimulants -narcòtic inclús- moments del dia: el primer cigarret amb el primer cafè pausat del dia...
6 Junio 2006 | 02:30 PM