No reparé en él, al menos de forma consciente, la primera vez que le vi. Pero supe que ya le había mirado en alguna otra ocasión al cruzármelo de nuevo en la calle, con su carro cargado de cachivaches a cuestas, empujándolo con decisión, el semblante serio, ajeno al mundo. Me costó ubicarlo, pero alguna parte de mi memoria recordaba haber presenciado antes su aspecto. Rebuscando en ella, finalmente lo encontré: le había visto desayunándose en un bar de esa misma zona alta de la ciudad, mezclado entre las gentes “de clase”, sin desentonar en absoluto en el cuidado ambiente. Por eso no había reparado en él. No más que para fijarme en el aspecto interesante y moderno de aquel hombre que avisté, con prisas y entre tantos, al fondo de la sala.

Y resultaba que era un mendigo. El mendigo mejor vestido y ataviado que jamás he visto.

Llevaba el cabello ligeramente largo, peinado hacia atrás, como engominado; su piel estaba morena, y su expresión, enmarcada en un perfil aguileño, era solemne, autosuficiente. Y, a pesar de estar sus ropas recogidas de aquí y acullá, las combinaba con un gusto asombroso. Sin su carrito, y sin detenerse a observarlo bien, cualquiera lo hubiera tomado por un habitante de la zona. Si se le hubiera puesto un traje limpio y un reloj, hubiera pasado por un alto ejecutivo de las finanzas, un hombre de los que se llaman “de éxito”, atractivo en los albores de los cuarenta, con personalidad.

Pero no; era solamente un mendigo. Sin hogar, sin familia, sin amigos, sin otro reino que la calle ni otra pertenencia que su carrito ambulante y sus montones de cajas de cartón.

Vagaba siempre errante por la misma zona, y llevaba su casa rodante repleta de carteles escritos por él. Por lo que escribía, parecía un poco loco; o tal vez era un mucho sabio. Eran irónicas críticas a la sociedad, disparadas en un humor negro y absurdo que tal vez sólo él entendía. Los iba renovando periódicamente, a veces en función de la noticia del momento, y lo que más me llamaba la atención era su cuidada caligrafía, y que nunca cometía ni una sola falta de ortografía.

Aquel mendigo sabía, además de sobrevivir, pensar y escribir.

Me preguntaba, cada vez que le veía, qué revés le habría llevado a su extrema situación; porque, de verdad, era inusual, por perceptible, su dignidad.

Una noche en que me disponía a entrar en el cajero de al lado de casa para sacar dinero, descubrí que estaba ocupado por él. Se había aposentado sobre sus cartones, el carrito aparcado en la esquina, y se disponía a engullir un bocadillo. Sin pensármelo dos veces, entré. “Disculpe”, inquirí. Me miró ausente, casi despectivo, y siguió con lo que estaba haciendo, sin responder.

Saqué mis billetes, más otro adicional de veinte euros; al terminar, se lo entregué. Cuando se lo extendí, acompañé el gesto con un “¿Permite…?” Me miró de nuevo indiferente, casi molesto, lo cogió, y, como el que ve su orgullo herido y lo mal lleva, largó, irónico: “Si se lo puede permitir…”

Era extraño, aquel hombre.

Nunca, a pesar de cruzármelo a menudo, me saludó. De hecho, ni siquiera me miraba; ni a mí, ni a nadie. El vivía ajeno al mundo, a ese mundo que -se veía- le dolía, le desagradaba, le desencajaba, y así lo hacía saber por sus personales medios. Incluso una vez en que le vi, quedando una vez más impresionada ante su elegancia, lucir una corbata, con su camisa y su pantalón de pinzas, llevaba un cartelito colgando de la misma, a modo de “tarjeta identificativa de symposium”, aunque no acerté a leer lo que había escrito en ella.

Algún día, desapareció.

Dejé de encontrármelo por las esquinas, en el cajero, en el concurrido bar de la plaza o cruzando por la ancha Diagonal.

Tal vez se había cansado de deambular por ese barrio, barrio que quizá, en algún otro momento de su vida le había pertenecido, o que en cualquier caso le habría podido pertenecer.

Y yo me quedé recordando la extrañeza de ese hombre, de ese digno mendigo, preguntándome qué rareza habría sido de su vida pasada, y también futura, sin entender, una vez más, los misteriosos senderos y porqués que le reservan a cada uno su imprevisible destino.