Cuando nació, lo que más le llamó la atención a su madre fueron sus inmensos y penetrantes ojos negros. Tan chiquitín como era, y lo miraba todo con una intensidad tal, que parecía que lo fuera a atravesar. Incluso las enfermeras, que mucho entendían de niños, se lo decían en el mismo hospital: “¡Pero qué ojos…! Si son enormes… ¡Y tan abiertos…!” Y el niño las miraba, dulce y fijamente; tan fijamente, que hasta parecía que las estuviera entendiendo.

Otra característica peculiar le era intrínseca: lucía, desde el mismo momento de su nacimiento, una pequeña y extraña marca en el anverso de su muñeca, algo así como una letra de algún alfabeto desconocido, oscurecida en su piel por un color anaranjado, a veces brillante.

Conforme fue creciendo, su madre descubrió bien temprano que era un grandísimo observador. Nada escapaba a su ávida mirada, capaz de captar y procesar cada detalle de la vida que se le abría. Cualquier cosa que veía, o que ella le explicaba, era absorbida en una callada reflexión, en la que los protagonistas indiscutibles eran sus expresivos ojos negros: todo lo miraban pensando.

Su madre no salía, secretamente, de su asombro y orgullo, porque ese niño era una verdadera esponja andante; se diría que, en vez de ojos, tenía incrustado un microscopio. Sentía, además, y desde que era bien pequeñito, una absoluta y casi inexplicable conexión con él: cuando sus miradas se encontraban de frente, ella tenía la certeza, sin necesidad de decírselo, de que él sabía exactamente lo que ella sentía en ese momento.

Y es que así era. Ese niño tenía, aunque no lo sabía todavía, un don muy especial: poseía, entre otras igualmente perceptivas, la facultad de poder ver directamente dentro de las personas. Podía, no leer sus mentes, sino ver sus verdaderos sentimientos, su esencia; tal vez su alma. Y no sólo podía, sino que no sabía no hacerlo.

Le bastaba por lo general un corto tiempo de observación, que por otro lado no sabía evitar, para atravesar la barrera emocional que se le mostraba, y, tras una también involuntaria reflexión, adivinaba lo que había detrás, los motivos últimos de quien tenía delante, las causas de sus reacciones, sorteando cualquier disfraz; a veces, lo sabía incluso antes de que el propio afectado pudiera identificarlo. Nadie, aunque quisiera, le podía engañar. Y no podía él tampoco, aunque hubiese querido, librarse de ese implacable conocimiento de la verdad sobre cada ser humano.

Mientras fue un niño, no fue consciente de ese don. Solamente lo desarrollaba, absorbiendo, digiriendo cuanto de nuevo se le ponía delante. Pero en cuanto empezó –mucho antes de lo habitual- a tener conciencia del mundo, éste se le fue haciendo, cada vez más, incómodo y hostil. Porque, merced a ese raro don con el que había sido obsequiado, a su extrema capacidad de percepción, era un niño maduro, muy maduro, siempre avanzado a los de su edad e incluso a los que no lo eran... pero un niño, al fin y al cabo. Poseedor, por gracia de ese talento, de un saber tan desnudo de algodones, le faltaban la experiencia y la fortaleza necesarias para poderlo encajar. Sin ellas, ese saber le iba grande, le desbordaba, no sabía qué hacer con él. Porque –descubrió-, tal y como era el mundo, sólo le servía para ir cayendo de decepción en decepción, encontrando una y otra vez cobardía, mentira, mezquindad y falsedad tras apariencias afables, allí donde tenía que haber –¡era lo natural!- nobleza e integridad. Además, le costaba entender que nadie se diera cuenta de ello, salvo él. Para él, era tan obvio…

Así, durante una larga época de su vida se sintió infeliz. Ese conocimiento no le permitía vivir como los demás, tan tranquilamente alejados del mundo, ajenos a la realidad. Cierto, vivían engañados, él lo sabía… pero así, ellos eran felices. Y él no.

Se preguntó muchas veces porqué y para qué habría recibido él, precisamente él, aquel don, y maldijo su suerte por tenerlo. Por su culpa, en vez de saber más, sabía menos; porque no entendía el mundo, porque no entendía sus porqués, porque nada tenía sentido, y porque él solo, con sus enormes y únicos anteojos naturales, nunca lo podría cambiar. Según crecía, la vida, en lugar de afectarle cada día menos, le dolía cada día más.

Pero todo formaba parte de un necesario y silencioso proceso de transformación: sin saberlo, estaba adquiriendo, despacio, y no sin esfuerzo, esa experiencia y fortaleza que no le habían sido dadas, junto con su rara capacidad, al nacer.

Y un buen día se dio cuenta, casi de repente, de que, sin motivo aparente, sin que nada hubiera cambiado… era feliz. Había entendido su diferencia, encajado su soledad, alcanzado un estado de sabiduría tal que le permitía, con ella, sentir verdadera paz. Ya no se decepcionaba, ya no esperaba, ya había dejado de buscar. Simplemente, “sabía”. Y sabía también que ese “saber” le llevaría algún día a algún sitio, aunque no supiera ahora adónde, ni para qué.

Una noche, ensimismado como estaba en sus cavilaciones en el camino hacia su casa, se cruzó con una mirada clara, que le atrapó. Sintió, por primera vez desde que tenía uso de conciencia, un bienestar inmediato al mirar dentro de esos ojos que le observaban, que permanecían clavados en él, fijos como dulces espadas. Y su propia mirada fluyó sola, sin interferencias, directa, hasta el fondo de esa mujer, impregnándolo de una paz y una felicidad nunca sentidas hasta el momento.

Cuando le hizo el amor por primera vez, reparó en que Lucía tenía una marca en la muñeca, muy similar a la suya, sin llegar a ser idéntica. Ella le explicó que su padre también tenía una, y que, cuando ella había preguntado, él había evitado darle ninguna explicación, limitándose a responder, tranquilo y misterioso, que ella sola lo entendería algún día.

Intrigado, preguntó a su madre sobre aquella marca, de la que nunca habían hecho mención. Su madre le contestó, con una mirada muy significativa, y sintiendo él al mirarla una reconfortante sensación de paz, que la había heredado de su abuelo, el padre de su padre. En su familia, la marca venía de muy atrás, y a veces saltaba generaciones; pero ocurría también que aparecía espontáneamente en la muñeca de algún recién nacido cuya familia no recordaba haberla visto nunca. No pudo decirle más, aunque él supo que en realidad no quería hacerlo, y que, por alguna razón, tampoco hacía falta.

Vivió con Lucía los años más plenos, auténticos y felices de su vida, que se colmaron con el anuncio de la próxima llegada de su primer hijo, Jonás.

Lucía estuvo impresionantemente bella durante su gestación; deslumbraba, radiaba, rebosaba bienestar y vitalidad, incluso a veces se diría que se la veía destellar.

Y, cuando Jonás nació, sucedió algo que hizo entender a su padre todos los porqués que siempre se había preguntado y ya había dejado de buscar, convencido de que, algún día, los encontraría.

En el mismo instante en que Lucía daba a luz y Jonás asomaba su cabecita a este mundo, pudo ver, solamente él, cómo cientos y cientos de diminutas partículas brillantes y anaranjadas se desprendían del cuerpo de su mujer, elevándose, y cómo, tras flotar ingrávidas por la aséptica habitación, escapaban desordenadas por las rendijas de la puerta, de las ventanas, de los conductos del radiador, desperdigándose por el mundo para ir a posarse en algún lado, sin que él pudiera adivinar su destino.

Jonás le sacó de su ensimismamiento con el tremendo grito de bienvenida que lanzó, y al mirarlo, su padre pudo sentir, dentro de esos inmensos ojos negros que le miraban como para atravesarlo, al alma más pura y fuerte que había percibido nunca. La marca visible en su diminuta muñeca era parecida a la suya y a la de Lucía, sin llegar, tampoco, a ser del todo igual.

La enfermera que estaba a su izquierda, y en la que hasta ahora no había reparado, le rozó suavemente un hombro, haciéndole volver en sí. Cuando se giró, se dio cuenta de que era ella quien estaba sosteniendo, mostrándoselo, a su hijo. “Enhorabuena. Habéis traído a este mundo miles de semillas hoy…”, le susurró.

Y, al levantar la vista hacia esa serena voz, se topó con una mirada que reconoció cálida, amiga, cómplice, y tremendamente intensa, que le demostraba el fundamento de su saber volteando discretamente su muñeca, con su inconfundible marca, hacia él.