PARA LOS QUE NO SE CORTAN
Salía yo muy malhumorada del despacho cierto mediodía de un tiempo ha, con intención de dirigirme al café de la esquina para recoger una ensalada que pensaba devorar, para variar, delante del ordenador. Una particular conjunción me hacía inevitable ese fastidioso estado de ánimo, que por otro lado sé que debería haber aprendido ya a dominar: uno, que cuando me veo imposibilitada de despegar la nariz de la mesa durante demasiadas horas demasiados días, me empieza a embargar un creciente malhumor, porque me digo que hay algo en esta vida que no estoy haciendo bien; dos, que cuando, encima, algún percebe que me aporrea me ronda por la cabeza, el desánimo para conmigo misma ya es total; y tres, que las mañanas y el hambre me pueden. Así, tal cual.
Así que, sumergida en mi pesimismo y mala leche andaba yo, camino de la granja en cuestión, escondiéndome detrás de mis gafas de sol; sobretodo para poder soltar a mi antojo todos los rayos y truenos que salían de mis expresivos ojitos sin que le dieran en la frente a algún pobre inocente.
Al ir a atravesar la calle que le hace esquina, me paré, indecisa, para evitar un coche igual de indeciso que no parecía terminar de decidirse a cruzar. Frenó, siguió, me miró, giró a la derecha, metió el morro en un vado, me volvió a mirar, tiró marcha atrás, volvió a arrancar indeciso… a todo esto, yo le iba observando desde mis oscuros anteojos, más que nada porque llevaba mi misma trayectoria y temía que en una de esas terminara encima de mí; pero también porque su conductor me llamó la atención: era un hombre de color con aire fresco y un aspecto fabuloso; realmente atractivo.
Al arrancar el coche al fin por la calle que yo enfilaba, se desvió de repente hacia mi lado, metiéndose en contra dirección -menos mal que esa calle es muy poco transitada-, y se paró a mi altura. Bajó la ventanilla, levantó ligeramente el mentón, y, haciéndome una señal con el dedo índice se dirigió a mí, en perfecto español pero con un acento cuyo origen no supe identificar, podría –o tal vez no- ser francés: “Disculpa… disculpa… un momentito nada más…”
Pensé, claro, que iba a preguntarme por una calle. Debo tener cara de orientada, porque me pasa cada dos por tres, cuando resulta que yo soy precisamente la persona menos indicada para responder, me pierdo hasta en mi casa. Me acerqué, y dije: “¿Sí…?”, tratando ya de dibujar un mapa, seguramente equivocado, en mi cabeza.
Repitió: “Perdona, es solamente un segundo, sólo una cosa”, insistiendo con su dedo índice, al que había acercado el pulgar como para indicar algo “muy pequeñito” (el tiempo que me robaría).
Y entonces, en vez de preguntar por la calle o el lugar, va y me suelta, de la manera más educada y a la vez espontánea del mundo: “Disculpa, pero es que… eres una mujer muy, MUY –acentuó especialmente el “muy”, ayudado de nuevo por sus ahora apretados dedos índice y pulgar- … femenina.”
Me quedé pasmada unas milésimas de segundo, pero enseguida estallé en una alegre carcajada, pues la verdad es que me hizo muchísima gracia la escena, además de hincharme tres kilos, claro. Contesté, riendo: “Muchas gracias…”
Y el chico continuó: “disculpa el atrevimiento, pero… te he visto, y he pensado que te lo tenía que decir, o si no, reventaba…” Sin darme tiempo a decir nada más ni reaccionar (todavía tenía la sonrisa y el pasmo en la boca), me hizo un gesto de “bien” con el pulgar levantado, y, sonriendo, se marchó mientras me lanzaba un cordial y amigable saludo con la mano.
Perpleja y todavía con la sonrisa puesta, continué mi camino hasta el café, y al entrar en él moví la cabeza lateralmente, pensando para mis adentros. Qué cosa tan curiosa, esto no me había sucedido nunca. He sido (y sigo siendo, rediez) pasto continuo del ingenio verbal del gremio de la construcción (lo cual, mientras no sea soez –y no suele-, a mí no me desagrada en absoluto, a qué hacerme la digna); pero algo así… Y además, de esa manera tan totalmente gratuita, sana y desinteresada –inaudito-, pues en ningún momento hizo ademán de pretender el chico, igual y por ejemplo, tomarse un café…
La verdad es que el tipo se quedó conmigo. Me quedé pensando en la anécdota y en de dónde habría salido aquel hombre; a juzgar por el tamaño de su coche y el de sus brazos –además de por su atuendo y aspecto deportivo y su acento-, pensé que bien podría ser algún deportista de élite (eso, o un diplomático muy joven, y muy en forma); pero como soy tan trasto que no reconozco a ninguno, aquello no pasó de ser una mera suposición que nunca podré confirmar.
La cuestión es que, fuera como y quien fuere, su necesidad imperiosa de pararse a decirme “lo femenina” que le parecía, la seguridad que demostró tener al satisfacerla -¡olé sus huevos!-, y la manera tan natural y simpática en que le salió, me alegraron el día, y mucho más de lo que seguramente él creyó. Porque, además de quedarme pensando en la peculiar personalidad que, imaginé, debía tener ese hombre -para muestra, un botón-, su impulso (ya ves, qué tontería) me llegó justo en el momento en que lo necesitaba, y por tanto cuando mejor efecto podía tener.
Si bien mi primera reacción, tocada como estaba, fue pensar que vaya, pues hay que joderse, no parece que todo el mundo piense lo mismo (en alusión al percebe que me tenía "contenta"), inmediatamente después decidí encontrarle un sentido a la casualidad del suceso (¡como si esto me pasara todos los días!), y, haciendo acopio de fuerzas, me dije: “Bien; pues si esto es lo que soy capaz de inspirarle a simple vista (con lo buena que estoy yo por dentro, ¡ja!) a un negrazo tan impresionante y educado como ése, entonces es que el cretino que marea mi autoestima ahora mismo es justamente, y nada más que, eso: un cretino supino sin solución.”
Y les mandé, al momento y merced a ese pseudo-encuentro, a él (el cretino) y a mi negativismo a pastar con las vacas.
El tiempo me demostró que había tenido toda la razón.
Pero -y me hubiera gustado, reconfieso- nunca más volví a cruzarme con el negrazo imponente. Ay, esos caminos del Señor.



Miri dijo
Eso es levantarte el animo!! ole por el! madremia, ya me podria yo encontrar de vez en cuando con alguien asi que me levante el animo cuando en mi cabeza solo pienso en el novio que tengo que no ha pensao en mi!! jajajja de todas formas, ole por ti tambien por ser asi, porque de no serlo no te habria pasado eso!! asi que bien merecido era!!
Besos!
5 Julio 2006 | 06:56 PM