ESTE SÍ ESTABA LOCO
Caminaba pausadamente por la ancha avenida, saboreando el camino a casa tras hacer algunos recados. Por fin un poco de tiempo para mí. No había conseguido, una vez más, cumplir con mi teórica jornada “intensiva” (y tan intensiva…), pero al menos me había (medio) sacado de encima un pesado marrón que me aguijoneaba cual abejorro para mañana a primera hora. Menudo agobio. A las cinco, basta; el resto ya lo improvisaré. Siempre lo hago, y hasta ahora me las he ido apañando. Parece que las neuronas se me ponen en punta cuando se ven apretadas; así funciono.
Esa avenida está “acondicionada” para que los amantes o necesitados del deporte le saquen provecho, contando con un carril bici, un camino de “jogging”, vastas explanadas de césped en uno de sus laterales, y diversas pancartas indicando paradas, estiramientos y ejercicios aconsejados… por lo que no es extraño verla a todas horas poblada de gente de todas las edades, géneros y volúmenes, sudando ataviada con sus ropas deportivas o sus patines.
Hoy hacía un calor de muerte.
Por eso me ha llamado la atención un joven que he divisado a lo lejos brincando como una cabra sobre un trozo de césped.
Mientras lo veía, a cierta distancia, he tratado de entender qué ejercicios hacía, pues iba de un lado a otro sin ton ni son; y conforme me he ido acercando, me he dado cuenta de que iba saltando detrás de un balón. Hasta ahí nada raro.
Pero es que cuando lo he tenido lo suficientemente cerca, me he percatado de que el chaval, además de lucir sólo unos calzoncillos tipo “dodot” que digo yo (es decir, nada de confundibles boxers), levantados en una nalga que dejaban totalmente al descubierto, llevaba unos auriculares puestos, enchufados a lo que me ha parecido un CD portátil, e iba jugando él solo un partido de fútbol, con sus adversarios imaginarios, enfadándose con ellos y supongo que también con el árbitro. Chutaba la pelota, hacía un par de regates a defensas invisibles, la dejaba en su sitio, daba un par de botes, gesticulaba enfadado hacia alguien, luego se calmaba, volvía a la pelota, volvía a chutar y a brincar, volvía a regañar… Vamos, que se lo estaba pasando de lo lindo en su particular mundial. Eso sí, en completo silencio.
La verdad es que el chico tenía un buen cuerpo: masculinamente proporcionado, fibrado, sin un gramo de grasa… ¡pero estaba como una puta cabra!
Tendría unos treinta años como mucho, y nada –salvo que se paseara en calzoncillos, claro- en su aspecto hubiera hecho sospechar su chifladura de no ser por esa gran final imaginaria que se disputaba, ajeno al mundo, en su estadio fantasma.
He tratado de observar en derredor disimuladamente y llevada por la curiosidad, a ver si descubría algo que me confirmara o desmintiera lo que estaba viendo, pero sólo he visto una toalla extendida en el césped, cerca de él, en la que reposaba una repleta bolsa con el distintivo de una conocida cadena de gimnasios.
El mismo que hace esquina con mi despacho y del que hace un par de años que me borré. ¿Debí hacer bien…?
Pero mira que es raro el mundo.
En absoluto es morbo (¡el tío era feliz!), pero no dejan de llamarme poderosamente la atención estas cosas.
Mañana me fijaré, a ver si ganó y lo vuelvo a ver.



laluzenmi dijo
maite, maite... entre el negro de los piropos y el zidane de los dodotis , no ganas para sorpresas...
por cierto, ese cuerpo masculinamente proporcionado, fibrado y sin un gramo de grasa... ozú qué caló.
en cuanto me ponga mejor me apunto a un gimnasio, porque está visto que la competencia es feroz.
joer.
10 Julio 2006 | 10:56 PM