La psicóloga le iba entregando las cartulinas, una detrás de otra, echándole ojeadas indescifrables mientras anotaba con parsimonia.

Parecían todas iguales, pero ninguna lo era: manchas informes o indefinidas, de colores o en blanco y negro, todas parecidas, pero a la vez ninguna igual. Habría unas diez o quince, no consigue recordar.

Sin pensarlo, iba describiendo lo que ella allí veía, no sin cierto temor a lo que pudiera estar desvelando; pero a la vez incapaz de manipular. Como no tenía ni la más remota idea de lo que podía significar lo que estaba diciendo, se limitaba a soltarlo, sin más. Lo hacía con todo lujo de detalles (si se ponía, se ponía), intentando (por si las moscas), fundamentar sus visiones en repetidos y aparentemente lógicos “porqués”.

A pesar de ser sólo manchas, todas le sugerían algo. Curioso: algo claro e inmediato, y todas algo distinto, pese a su semejanza.

Todas, menos una.

Al llegar a una mancha determinada, por algún motivo, se bloqueó. No era muy distinta de las demás; pero en esa en concreto, no conseguía ver nada. Absolutamente nada.

La psicóloga la miró, anotó, y le dijo, afable: “tranquila, tómate tu tiempo. No tengas ningún miedo, sencillamente explícame lo que ves. Aunque sea sólo en una parte del dibujo, lo que sea.”

Pero no. Nada. No veía nada, por mucho que se esforzase. Su mente se quedó en blanco ante esos lamparones, sin conseguir amalgamar ninguna visión. Sólo veía manchas de colores. En algún momento le pareció reconocer una forma fálica en alguna de ellas, y quizás también un bigote; pero sin ningún convencimiento. Sus colores (azul en algún lado, rojo en algún otro), le sugirieron fugazmente hielo, frialdad, y fuego, algo muy caliente, tal vez. Pero sin conjunto, sin ligazón. Era incapaz de percibir ni por tanto dar ninguna descripción de nada compacto ni comprensible. Como se diría en matemáticas, aquello era un puro “ensemble vide”.

Cuando la especialista se convenció de que eso era lo que definitivamente le sugería la cartulina (“nada”), pasó a la siguiente. De nuevo percibió algo nítido en ella, al igual que en todas las demás.

Al terminar el test, la psicóloga le explicó sus resultados: lo que representaba cada uno de los cartones que le había mostrado, y lo que significaba lo que ella había reconocido en cada uno de ellos; el enfoque o percepción que tenía de diversos ámbitos esenciales de su vida, desde el punto de vista emocional-afectivo: sus progenitores, su infancia, su percepción o idea de la maternidad, de la amistad; su equilibrio, su creatividad, y un largo etcétera, descriptivo de su más profunda personalidad.

Quedó petrificada con los resultados: el endemoniado test la había retratado como si un escáner hubiera atravesado su mente por rincones a los que no llegaba –sólo intuía si se esforzaba- ni ella cuando se ponía a bucear en su más íntimo yo.

La cartulina en la que había quedado bloqueada era la referente al amor, a la pareja.

La psicóloga no le dio mayor importancia a su interpretación, a esa ausencia total de forma en su inconsciente, porque lo achacó con toda normalidad a su particular situación. Hacía poco más de un mes que había dado a luz. Entra totalmente en los parámetros de lo natural –le explicó- que en ese periodo, y mientras dura el estado de total indefensión del bebé, la madre concentre sus reservas de afecto y su completa atención en él, llevada por un instinto animal de protección y conservación, llegando al extremo (bastante habitual) de prescindir emocionalmente de su pareja. Ese efecto es sobradamente conocido en el ramo, y suele causar más estragos en el padre de la criatura, que se siente repentinamente apartado y dejado de lado, que en la propia mujer. Conforme el niño se hace mayor y el instinto congénito y necesario de protección disminuye, todo va volviendo a la normalidad.

Si eso se entiende normal en situaciones también normales, tanto más lo resultaba en la suya.

La experta lo vio muy claro, pero ella se quedó dándole vueltas. Arrastraba la sospecha de que eso pudiera no ser en su caso coyuntural.

Tres años después, el test de las narices y sus inquietantes resultados le vinieron a la cabeza repentinamente, como un tiro, cuando trataba de encontrar un primer estadio de explicación a muchas preguntas sin respuesta que durante largo tiempo había estado, de una forma u otra, esquivando. Tuvo entonces no ya la sospecha, si no la certeza, de que la psicóloga había acertado plenamente en el diagnóstico; pero no en su porqué.

Y le entraron ganas de de volver a ver si era capaz de seguir escarbando un poco más allá.

Porque supo que, hasta que no hubiera llegado hasta el fondo y encarara esa causa desde su misma raíz, nunca sería capaz de cambiar.

Así que anotó esa introspección en su lista de temas pendientes, y, con la mochila llena, empezó a caminar.