Cuando me marché al fin, mi casa, Barcelona, el asfalto y su sofocante bullicio me quemaban. Hacía ya un tiempo que me habían entrado veladamente “los cinco minutos”: no podía aguantar ni uno más. Creí que reventaba. Llevaba los tres últimos días casi sin comer, con los nervios desquiciados, y tardé aún un par más en normalizarme: ya lejos de todo, mi estómago seguía cerrado, mi sensibilidad desorbitada, y pequeños ataques de ansiedad que trataba de dominar física y mentalmente me asaltaban amenazantes un rato al día.
Los meses de Julio me sientan fatal.
Se dice que el estrés es una defensa del cuerpo; una reacción por la cual se tensiona y se pone en guardia, permitiéndonos así manejar situaciones que de otra forma nos sobrepasarían. Al desvanecerse la amenaza a la que hay que hacer frente, baja el estrés y el cuerpo se relaja; y con él nuestras defensas. Eso es exactamente lo que me sucedió a mí: conforme me iba sintiendo mejor en mi lejano degustar, me iban invadiendo males diversos, sucediéndose, solapándose, como si hubiera pisado mierda con el pie derecho. Una extrañísima contractura repentina al nivel de las costillas, un injustificado “pain in the ass”, un molesto forúnculo en la ingle, y finalmente una otitis que no me visitaba desde que era niña -esa que un día fui-.
Vamos, que andaba yo fina por la arena.
Tan y tan destensionada estaba, que no acerté distraídamente a fijarme más que en un par de italos crecientemente custodiados por sus hembras y en los musculitos de algún que otro jovencísimo animador. Incluso una noche en que las guardianas se despistaron o sucumbieron a los cansancios del exceso de sol, y pude así intercambiar algunas palabras en mi macarrónico italiano (apre(he)ndido de escuchar canciones) por algunas cervezas con sus machos, me encontré con los sentidos muy vagamente azuzados, detectando nada más que ráfagas de posible sintonía con el de la voz ronca, como me había imaginado. Pero qué coño hacías tú explicándoles convencida a estos felices veraneantes que “no quieres vivir así”, pensé al día siguiente, recordando algo arrepentida el ataque de profundidad del que fui presa yo y víctimas ellos; les había hablado como si les conociera de toda la vida. Pero es que nunca me gustó hablar del tiempo. Y sé que la voz ronca me entendió.
La cuestión está en cómo, tras siete días de asueto en que mi cuerpo no ha hecho otra cosa que armonizarse con su arrinconado espíritu para volver a ser uno, gusta volver a casa, a la bochornosa Barcelona, a sus luces nocturnas y a su insoportable calor.
Sobretodo tras cuatro horas de agotadora espera en un minúsculo aeropuerto atiborrado de gente malhumorada a la que parece que las vacaciones le sienten del revés.
Home, sweet home, aunque estés de escala, rápida y mecánica escala solamente; no hay como un poco de ausencia para quererte de nuevo.
Otro mañana, cuando me asalte la nostalgia del relajo perdido, relataré cómo mi hijo, golfillo ennegrecido por el sol y los suelos, pilotó, sin mí, su mami, el avión.


a quién se le ocurre, maite, ponerse profunda en tales circunstancias. ¡que le den a wittgenstein!
bueno, la cosa es mucho peor de lo que me temía, forúnculos, contracturas, la otitis... y ese pain in the ass???
pau pilotó!!! yo ya me imaginaba, pues siendo superpau y llevando un maillot azul con una P en el pecho, tenía experiencia voladora... espero ese post con glotonería.
qué bueno que viniste, aunque te vayas tan pronto.
En el "pain in the ass" mejor no entro, ahora que ya se me ha pasado (menos la otitis, se me ha pasado todo). Y sí, mira, de vez en cuando me da por hablar con la gente saltándome vallas; es como succionar el tiempo, me gustan esos retos y a veces me la juego...
Ja ja, sí, pilotó, me lo dijo la azafata y luego él me lo explicó, y... ya no cuento más, que me quedo sin post.
Me voy pronto, pero no he podido resistirme a pasarme por aquí, sobretodo después de haber estado cuatro horas con un ojo en mi blackberry (qué bien me ha venido), poniéndome al día, y otro en Pau. Pero sin poder poner comments era como estar con la boca tapada, o en el dentista, que te va hablando y tú no puedes contestar...