Viernes noche. Suena mi teléfono desde un número oculto. El Corte Inglés. Que ya tengo a mi disposición todo lo que pedí. Oh, qué sorpresa… ¿ya…? Contra todo pronóstico, no han tardado ni quince días… Estupendo, estupendo, gracias; mañana lo pasaré a recoger.
Sábado por la mañana. Esta vez tengo que ir con el crío. Para que el lunes pueda ir decente, como todos su compañeros, y las “señus” me retiren esa mirada acusadora que insinúa: “mala madre…”. Me tienta, por si las moscas, ir andando, pero el tono apremiante de mi hermana al teléfono para que –conociéndome- no llegue tarde a comer, me disuade: tengo que hacer tres o cuadro recados más.
Me da una pereza enorme sólo pensar en aparcar cuatro veces el coche y hacer cuatro veces la maniobra de “bajada de la sillita/abro-desabro-chados/vuelta a subir”, pero en fin; si no, no me dará tiempo a hacerlo todo.
Me armo de valor.
Recuerdo (a tiempo…) que me he dejado el ticket en el despacho, así que van a ser cinco maniobras. Bueno.
Llego al triángulo maldito. Cola para dar la vuelta a la plaza. Cola para encarar la Diagonal. Cola para bajar por la primera a la derecha, a buscar el parking. Cola para volver a voltear. Parking vallado.
Le pregunto al guardia: ¿Y por dónde se entra? “Por aquí. Pero está completo. Tendrá que dar un par de vueltas más.” Sí claro, en eso estaba yo pensando, en dar dos vueltas más de esas de cuarenta minutos cada una.
Cola para salir de ahí. Cola para volver a subir. Cola para volver al triángulo maldito. Cola para volver a encarar la Diagonal. Por fortuna, diviso un parking alternativo; allá voy.
Tras un tiempo que no quiero ni saber, he me por fin en el Corte Inglés, con mi apéndice fuertemente asido para evitar desastres derivados de su inagotable curiosidad. Esta vez me voy directa a la quinta planta: “recogidas”. Hago mi cola, claro.
Cuando me atienden, se cercioran (como si fuera la contraseña): “¿La han llamado?” Sí, sí, contesto triunfante. Le doy mi ticket, y se va un rato para volver con un paquete envuelto en plástico. Empiezo a comprobar: el bañador es más grande… ¡Y los chandals también! Sólo la camiseta es de la talla que había pedido. “Lo siento, es lo que está marcado”, replica amablemente la jovencita. No, mire… le señalo mi ticket amarillo. Compara con el suyo (copia rosa del mío)… ¡y resulta que tiene las tallas cambiadas a mano!. “La chica lo debió cambiar…” ¿Que la chica lo debió cambiar? ¿Cómo que la chica lo debió cambiar?? En el mío no están cambiadas, oiga, yo encargué ESTO. “Pues no sé, parece que alguien lo corrigió…” Pero a ver; ¿¿cómo que alguien lo corrigió?? Mire señorita (sé que no es culpa suya, y se lo digo, pero empiezo a perder los nervios): me pasé aquí dos horas metida para irme sin nada porque no lo tenían; las tallas que usted me da ahora son las que ya me daban y no quise la otra vez. Me dicen que lo encargue, y cuando vengo a buscarlo, me vuelven a dar lo mismo. “Es que no las deben hacer…” ¡Pero cómo no van a hacer tallas 4 y 5! ¿Se creen que los niños pegan saltos del 3 al 6, o qué? ¿Y, en cualquier caso, no pueden decírmelo? ¿No pueden decírmelo antes? Delante de ella, le mido el pantalón al niño: le llega casi al hombro. ¿Tú has visto al niño? ¿Cómo le voy a poner esto? “Lo siento…” Vale. ¿Dónde puedo reclamar? “Tercera planta”.
Me lo llevo todo, claro (está todo pagado, y aunque no lo estuviera, no hay dónde más comprar), y me voy furibunda a la tercera planta. De allí me mandan al sótano, para variar.
Cuando llego al sótano, “atención al cliente”, vuelve a haber una cola de mil demonios que desincentiva al más pintado. El amigo al que me he encontrado y que me acompaña se está empezando a descojonar seriamente de la risa. Sí, sí, ríete; cuando ésa que llevas tan contenta en el cochecito crezca, ya me lo contarás.
Paso, me largo, no quiero perder aquí dentro ni dos minutos más. No me siento capaz. Me está a empezando a subir un sarpullido.
Salgo del máximo exponente de la ineficiencia con dos chandals que tendré que lavar cinco veces seguidas hasta que alcancen el tamaño suficiente, y un bañador en el que mi hijo, más que nadar, puede hasta navegar.
No me da tiempo, claro, de hacer el último recado. Por suerte, llego por los pelos a comer. Disimulo la cara de bull-dog ante mi hermana.
¿Te pasa algo…”
No… Sólo que (murmuro) seguiré siendo una “mala madre”… “Que qué…?” Nada, nada… Que odio, dios, odio odio y odio, con toda mi alma, de veras, el Corte Inglés...


No tienes porque sentirte una mala madre por culpa de una inoperancia ajena. Hiciste lo que debías y lo que estaba en tu mano, no se puede jugar a ser Dios, juzgándote de una manera tan dura, hay cosas que escapan a nuestro control.
Ya verás como se soluciona, ten paciencia que lo único que está en tus manos en este momento es no agobiarte.
Besos.
No, si lo decía en cachondeo, Vade... El post pretende estar escrito desde el (mal)humor... del que luego yo misma me río. No sé si seré buena o mala madre, pero por supuesto no será por esto. Pero vamos, con lo que yo quiero a mi peque no creo que pueda ser mala... Muchas gracias por los ánimos, guapa, y un beso!
Eso del corte inglés es siempre una equivocación. Siempre se dice uno a sí mismo que será la última vez...
¡¡Un beso!!
qué miedo me da el corte inglés...
número oculto, un viernes noche...
qué valor tienes, Maite, qué valor.
Entiendo perfectamente el rebote y que no quisieras invertir ni un minuto más. Pero con la pasta que te habrás dejado allí en uniformes (deformes), reclamar no estaría de más :)
Te entiendo perfectamente. Un aciago día me compre un traje de chaqueta. Como debían cogerme los bajos del pantalón lo dejé allí y me llevé la chaqueta. Cuando fuí a recoger el pantalón, el día que me dijeron, por màs que lo buscaron no lo encontraban, fueron preguntando a una y otra dependiente hasta que una dijo que aquel pantalón lo había vendido el día antes. A pesar de mi cara de incredulidad ante lo que estaba sucediendo, ellas no paraban de decirme que escogiera otro conjunto, con toda la naturalidad, como si no fuera nada extraño... Y ahora, dime, que hago yo con una chaqueta sin pantalón?. Otro viaje para devolver la chaqueta, Por supuesto, pedí que me devolvieran el dinero. Uff!, los odio, pero hay veces que son necesarios, pues estás buscando algo concreto y sabes que allí lo encontrarás y, al menos yo, voy directamente en vez de dar mil vueltas y preguntar en mil tiendas. Ya ves, no eres la única.
Sí, Javier, sí... pero ya sabes, nunca hay que nombrar "la última"... la cosa es siempre "la penúltima"... ;-) Un beso también.
María, pero cómo no voy a descolgar el teléfono si viene con un número oculto, es lo más emocionante del mundo después de pocas cosas... aunque luego sólo resulte ser el Corté Inglés!!
Bueno, no eran uniformes, albanta, sino chandals, y tampoco deformes, sólo "grandes"... sí, me hubiera encantado reclamar como "derecho al pataleo"; pero como sirve de poco más que de eso, y el tiempo que hubiera empleado es oro, me vine a patalear al blog. Gracias por la visita!
Anou, lo tuyo no tiene desperdicio tampoco. Eso sí, es cierto que "si no queda satisfecho -no es difícil-, le devolvemos su dinero". El problema es cuando no es una cuestión de dinero, sino de material.
Esta mañana le he puesto a mi joyita sus pantalones tres tallas más grandes, que ya lavé y sequé dos veces... Y omito calificar la pinta que tenía, pobrete mío.
Menos mal que es tan guapo tan guapo, que le queda todo bien... ;-)
Gracias a todos, un beso!!
PD. Anou, porqué no dejas un link...?
Puede que el corte inglés sea una prueba, como tantas otras para demostrar nuestro grado de ciudadanía, de paciencia, de "good vibrations", de actitud maternal... En casi todos los casos la nota suele ser excelente, en el tuyo en concreto, convencida estoy, de matrícula!.
El chaval en tres días estirón que te crió y... vuelta a empezar!
Bona tarda, Maite!
Yo al que odio, pero odio odio odio es al "triángulo maldito". Cielos, qué pesadilla, Maite, qué pesadilla. Y encima el nene que queda como payaso! jajaja... porqué no lo inscribes en un circo y ya, mujer!
Bona tarda ana! Pues mira, he decidido mirarlo por el lado bueno: con esos mega-pantalones ya no hace falta que vuelva hasta de aquí tres años... Si es que no hay mal que por bien no venga, el que no se consuela es porque no quiere!! P.D. Y sí, desde luego, son pruebas de paciencia... Si al final me crecerá y todo (la paciencia ;-)
Marta. Ya veo que tu espíritu ya corre por aquí, metiendo la nariz no sólo en el Thai Gardens, sino en las casas ajenas. Me está leyendo el pensamiento antes de que haya publicado mi próximo post, que lo tengo ya "copy", sólo me falta el "paste". Y va y me pones esto. Uy, pero qué miedo me dáis, tú y tu espíritu. Recuerda: mi vino, ¡ni tocarlo!! Como se me vacíe la copa de golpe te vas a enterar de lo que es un conjuro!!
Sólo porque pasaste por una dura experiencia en El Corte Inglés no te moveré tu vino. Con respecto a lo del circo, creer o reventar. De verdad es que estamos hermanadas por la experiencia cordón, de verdad! Buen provecho en el Thai Gardens... voy asumiéndolo de a poco... snif... snif... qué dura la vida en el cono sur, qué dura! Salud, Maite!