TODOS QUEREMOS MÁS
Me pregunto qué habría sido de mi vida si mis padres no hubieran querido “más”. Más para mí; más de lo que ellos tuvieron; más de lo que sus padres y su época les pudieron dar. Tal vez no hubiera estudiado una carrera, o seguramente hubiera estudiado otra distinta… O a lo mejor sería una feliz dependienta. O maestra. O cazadora de talentos, ojo no me falta. O tendría una revista. O un bar. O no… Qué sé yo. Qué sé yo dónde estaría.
Lo que me pregunto es si sería más feliz. Porque ocurre que, siempre, todos queremos más. “Más”, que puede ser “menos”; un menos que puede ser mucho más.
Educamos a nuestros hijos reaccionando a nuestra propia experiencia, intentando que les llegue aquello de lo que carecimos: lo que, con la distancia que el tiempo nos otorga, calificamos de negativo para nosotros, suele provocar una reacción contraria en lo que deseamos para ellos. El problema es que las generaciones, y sus entornos vitales, son distintos; lo que quiere decir que, a lo mejor, eso que pretendemos, con nuestra mejor intención, para nuestros hijos, hubiera sido tal vez bueno para nosotros en nuestro propio entorno vital y social, en nuestra situación y desde nuestra actual perspectiva; pero no forzosamente ha de serlo en el suyo.
Las aspiraciones del ser humano –en países como el nuestro- han evolucionado aceleradamente en los últimos años: nuestros abuelos, testigos o protagonistas de la última guerra, y cuya preocupación no era otra que la de poder llevarse a la boca algo de pan cada día y sobrevivir a la miseria y a la enfermedad, no querían para sus hijos (nuestros padres) otra cosa que verlos bien rollizos y prósperos; cuando menos, una seguridad laboral. Por la garantía que significaba entonces, se dejaron el pellejo en procurarles formación; en el mejor de los casos, la universidad. Un licenciado, entonces, era una familia colocada.
Así, nuestros padres, creciendo en su propia experiencia, no dudaron tampoco en inculcarnos la necesidad de estudio como algo primordial. Y razón no les faltaba, está claro; nadie duda de que el conocimiento no ocupa lugar. Sólo que la cantidad de licenciados, doctorados y multi-masterizados por metro cuadrado se ha hecho hoy inviable.
Además, nadie puede tener claro, a los dieciocho años, qué carrera quiere estudiar. Menos si le gustará lo que estudie. Y ni digamos si después le gustará lo que hará. Estudiamos, además de porque se nos ha inculcado, por conveniencia, por eliminación, por practicidad proyectada. Los más afortunados aciertan su vocación; pero los demás, nos encontramos con un hermoso título colgado, una diabólica rueda en la que estamos metidos, con suerte –mucha suerte- colocados en un buen puesto de trabajo, y con una zanahoria delante que nos menean mezquinamente para que sólo pensemos en escalar. Cuando empezamos, la visión es sesgada: todo es nuevo, desconocido, la rueda nos invita a superarnos. Y cuando llegas “arriba”, y te das cuenta de lo que hay… resulta que lo que quieres – también te das cuenta- es… bajar.
Personalmente, hace años que sé que no comulgo con el sistema. Pero he llegado a un punto en que soportarlo se me hace tremendamente difícil. Se ha convertido en algo visceral.
La pesadilla es que no le veo salida airosa. Llevo quince años haciendo lo mismo. De eso sé mucho, sí; supongo que soy una buena profesional. Solamente hay un pequeño problema: que no me gusta lo que hago. Me importan un auténtico carajo los asuntos que se supone que sé solucionar y, con contadas excepciones, todavía más el entorno que pretende que se los solucione. Y me importan todavía menos los escalafones a los que, en criterios de ese entorno, debería aspirar. Me dan asco, vamos, huyo de ellos como de la peste. La mía, mi aspiración, se reduce a vivir tranquila y digna con mis mínimos, y con tiempo para mí, para hacer lo que me gusta; y también tiempo -también- para trabajar; pero de otra manera. Y, por todo lo anterior, a poder ser en otra cosa. Mi aspiración se ha aposentado en las antípodas de las del "entorno".
Pero yo no sé hacer otra cosa. Y no tengo sueños profesionales. Y mis “mínimos” se han convertido, por una circunstancia tras otra, en lo que para mucha población representaría casi un “máximo”. Y eso, tampoco tiene solución que no pase por renunciar a la tranquilidad que –es cierto, claro-, en otros aspectos, esos “mínimos” me reportan.
Y entonces, cuando pienso en lo mal que me sienta tener un buen sueldo y un buen trabajo, y chocar cada día con que todos pretendan que quiera más, me acuerdo de nuestros abuelos y bisabuelos, y de tanta gente en el mundo que se daría con un canto en los dientes por estar en mi situación. Porque yo, voy, y quiero más. Sí. Pero ese otro más que es menos. Ese menos que puede ser tanto más.
Al final, lo que más me abruma es pensar en mi hijo: no tanto en qué será de su vida, en dónde irá a parar… Sino en cómo podré inculcarle, sin equivocarme y sin permitir que se convierta en un bala perdida… que, como él quiera, sepa encontrar la felicidad.



laluzenmi dijo
para enmarcar el último párrafo.
11 Enero 2007 | 12:50 AM