Siempre me ha parecido una cosa curiosa, ésta de la atracción. La visceral, la instintiva, quiero decir; no la que, con algún otro más sólido fundamento, le puede –o no- seguir después.
Andaba departiendo una noche pinchos aquí, tintos allá, ejercitando mis pacienzudas orejas con el enfrascado monólogo de un buen amigo, cuando algo, sin haberlo visto siquiera, atrajo poderosamente mi atención. Sin saber porqué, giré instintivamente la cabeza hacia mi izquierda, para topar, a metro y medio de mí, con un joven-no-tan-joven estudiadamente greñudo y moderno que me daba la espalda. Estaba pegado a la barra y a unos acaramelados brazos femeninos que sobresalían por su cintura, rodeándola. La imagen me retuvo; y no por inhabitual, sino porque inmediatamente, tras sólo unos segundos de observación, supe todo lo que allí estaba ocurriendo.
Yo no sé si existirán de verdad las energías; pero, de haberlas, sé que capté al momento y sin ningún atisbo de duda la que cada miembro de aquella pareja desprendía.
Mientras mi amigo seguía dale que te pego al palique, absorto, y yo le escuchaba por una aurícula, la atención se me escurría por el rabillo del ojo hacia aquella atracción tan patente, verdadera feromona con patas.
Y es que la escena me resultaba familiar.
La expresión embobada de esa chica se me hizo inconfundible: sonrisa floja y permanente, mirada oblicua irremediablemente enganchada a sus labios (los de él), cabeza ladeada y ondulante, manos, brazos, aliento y cuerpo entero buscando, necesitando, su contacto constante, sensualidad a flor de piel. La muchacha se revelaba totalmente anulada, colgando indefensa de aquella perilla desfilada. Podía hasta visualizar el anzuelo que le salía del labio, tan grande se adivinaba mirando un poco a trasluz.
El, igualmente fundido con ella, la seguía aparentemente en el juego; pero le delataba un claro y perceptible punto canalla todavía más inconfundible, no se me pregunte porqué. Podía también verlo tironeando experto de ese anzuelo a su antojo; de ése, y de muchos otros más. Intrigada por mi instintiva percepción, observé detalladamente al greñudo de diseño. Y yo misma sentí, inexplicablemente, que tenía un sugerente poder de atracción, un revolcón muy grande, y muy sensual; no sé tampoco porqué. Sencillamente lo percibía. Pero su calado era tan igualmente preclaro que hubiera sido casi como para pensar en darse una alegría y echar inmediatamente a correr.
La escena gritaba a voces que aquello no era ningún amor consolidado, ni siquiera un efervescente enamoramiento mutuo en pleno subidón. Aquello era nuevo, muy nuevo, recién salidito del horno; era sólo (“sólo”) una pasión incipiente, pero –quizás por ello, y particularmente para ella- desbordada, incontrolable, pura adicción. Una fiesta loca de desenfrenadas endorfinas en la que la presencia, el tacto, el aroma, el aliento y la piel del otro se entremezclan con los propios, llegando a sentirlo como nuestro, impregnándonos hasta hacernos perder el control. Un estado en el que sentir, tocar, besar, oler, oír, abrazar, respirar a la otra persona se convierte, literalmente, en una necesidad equiparable a la más dura de las drogas; en el que la dependencia, física, o seguramente química, se vuelve absoluta y brutal.
Aquella “pareja”, o sobretodo el componente femenino de aquella pareja, flotaba absorta en su burbuja, sin que nadie, nada más en el mundo, importara; se sentía y percibía plena, completa, suficiente, henchida, rebosante, radiante, capaz de todo. No necesitaba nada, ni nadie, más. Nada más que “el otro” existía.
Entendí que aquello se pudiera sentir; y temblé, por la fragilidad que la escena desprendía, por lo fugaz del sentimiento, por lo quebradizo, y vulnerable, de la para mí a todas luces efímera unión. Las endorfinas –pensé- andaban descompensadas. Las de ella se habían confundido con una cuanta testosterona de él en el campo de acción.
Instintivamente, pude presentir a esa misma joven, en ese instante tan pletóricamente dichosa, privada de un día para otro de su elixir, necesitando ese aliento que ya no tenía, sintiéndose como amputada de la noche a la mañana y arrastrándose hasta recuperar un día su entereza.
Y todo, ese hechizado Ahora, y ese hueco Después, solamente por una mera, simple, burda, pero al fin, brutal, atracción hormonal.
Aunque nunca he dejado de saberlo, me sorprendí pensando otra vez en cómo los instintos físicos continúan tan poderosamente presentes a estas alturas de la evolución en el ser humano; me impresionó constatar de nuevo que siguen siendo tan fulminantemente influyentes en nuestro estado emocional.
Y volví a preguntarme si podemos -de quererlo- amordazarlos, o sencilla y directamente, no.
Porque, sin haber cruzado una sola casual mirada con ese deseado canalla –ya que bien me cuidé de no ser descubierta en mi investigación-, tuve ocasión de medir cuán acertados podían llegar a ser mis pronósticos cuando, al soltarlo ella dos minutos para dirigirse al baño, vi cómo él, al fin libre, se fijaba descaradamente y sin disimulo alguno, en mí; y cuando, al volver ella y juguetear seductora y perdida con la comida entre sus labios, él dejaba escapar furtivas ojeadas también hacia mí; y cuando, al acariciarle ella más tarde hasta la mismísima campanilla, él desviaba, por encima de su hombro y de reojo, su entrecerrada mirada, de nuevo, hacia mí.
Dios, este mundo nunca cambiará. Nuestras hormonas deberían poseer el filtro adecuado para no dispararse sin remedio hacia el trompazo abismal.
Pero somos pura química… y seremos animales por los siglos de los siglos… amén.


ay dios, yo hago lo mismo, observo, recuerdo, observo, analizo, observo, me indigo...
las hormonas, maite, las hormonas.
Qué bien explicado, lo leeré de vez en cuando este post, me lo guardo, ya ves.
Me lo guardo yo también. Cuántas verdades y cuántas cosas me trae a la mente... putas feromonas!
Animales, somos.
Miau.
Besito!
Chicas, hay que elegir; o animales, o monjes budistas...Vosotras veréis... Yo cada día me veo más monje budista, la verdad.
Besos Maite, un post genial.
A mi hace muchos años me pasó algo peor...no sé si lo contaré algún día...posiblemente lo escriba porque está tan caduco que puede tener gracia.
Yo, como Honey, me animo a contar algo caduco. Hace muchos, muchos años, fui la chica de tu escena y tuve al chico de tu escena (vos no estabas, qué curioso!) entre mis labios, entre mis manos, entre mis piernas.
El camarero se acercó y nos dijo: A ver si terminan con eso, que éste es un restaurante familiar!
Fue recién en ese momento que reparé en dónde estábamos...
Hoy, con las hormonas domadas y cansadas, lo recuerdo entre risas ruborizadas. Si la veo a mi hija allí, la mato, la mato, la mato!!!!
Justamente estos días pensaba en la fuerza de lo animal, frente a varios revelaciones de infidelidad marital a mi alrededor.
Te mando un besito
Me olvidé felicitarte por la intensidad narrativa de tu texto. Se siente el "calorcillo"!! Chapeau!!
Yo casi prefiero meterme en el papel de monje budista el de tonta boba se me paso hace varios años y no tengo ganitas de recuperarlo pero que tontas somos las mujeres a veces, y cuan listas podemos llegar a ser.
Si, pero a mí , me ha gustado ser la chica con las hormonas disparadas, y la de tu papel... llámame tonta... En esos momentos, te sientes viva, gustar gusta, aunque después te das el tortazo.
Como alguien ha dicho por arriba, animales somos.
He sido la chica encandilada, embobada, es que me he visto!!! pero creo que ahora voy para monje budista, las hormonas revolucionadas me las voy a dejar en casa.
petonets
Me quedè sin el historial de mis blogs preferidos...hoy pude encontrar este que tanto me gusta!!
Màs allà del tiempo y toda el agua que pasò bajos los puentes, seguimos manejandonos con el instinto, es lo que nos hace seleccionar y creo,modestamente,que si nos dejaramos llevar por el y las hormonas vivirìamos màs equilibrados.Un abrazo desde el verano infernal del sur
Buuufff!! A mi estos canallas me producen yu-yu :)y creo que lo más sensato con ellos es hacer lo que dices tú, Maite:"darse una alegría y echar inmediatamente a correr" (total... ¿no es éso también lo que ellos pretenden?:)
Pero, please, conservemos un poco nuestro lado animal, que si no nos vamos a volver "unos/as sosos/as", ¿no?
Besos y besos para todos, y especialmente para ti Maite, que escribiendo eres increíble!
Gracias ymiki, muchas gracias... yo me paso el día analizando, a veces me gustaría encontrarme el botón de "off". Y sí, las hormonas... pensar que somos sólo putas hormonas, que ellas mandan, así, como mandan... besote guapa.
Pues eso maría; miau. O grrrr, que también, también hacen eso nuestras hormonas... :-)Beso también!
Gracias Honey, guapa... escríbelo, escríbelo!! con el tiempo las cosas se ven distintas y se pueden hasta contar con humor... (yo confesaré que estó me pasó y lo escribí antes de verano ;-) y mira, me ha dado por sacarlo ahora, porque me ha dado por volver a pensar en el tema... Beso gordo!
laura, qué alegría tú por aquí...! Y porqué? porqué la matarías?? Es natural, fíjate si es natural... porqué nos parecerá tan mal en los nuestros, si son tan personas como nosotros y encima llevan nuestros genes y nosotros también lo hacíamos...? Muchas gracias por el piropo "narrativo", laura... :-)) (contenta'stoy) un besito también.
No era tonta, V, "estaba" tonta, anulada... como todas lo hemos estado alguna vez. A mí, más que no me gustarme, lo que me da es pánico saberme así (ahora ya sé cuándo lo estoy), porque sé también que mi voluntad queda totalmente inmovilizada... vamos, que a estas alturas tengo pánico a cualquier dependencia que no pueda controlar. Cosas de la edad ;-)
Pues no te llamo tonta brasileña, claro que no; gustar gusta, vaya si gusta. En el fondo, siempre gusta, y quien diga lo contrario miente (aunque también es cierto que, según cómo y a quién, puede llegar a agobiar :-). El peligro es cuando se vuelve una necesidad vital, que es lo que se vuelve cuando las hormonas se descontrolan de esa manera tan bestia. Creo yo...
Todas lo hemos sido, supermami... y creo que hemos sido afortunadas por ello, son cosas que vale la pena sentir. Sólo que es como todo lo "intenso": después, te da pánico. Petonets!!
fiorella, no sé qué decirte.. sí creo que, inevitablemente (eso pretende reflejar y preguntarse el post) nos dejamos guiar por el instinto y las hormonas... pero no tengo tan claro (pero nada, vamos) que eso nos haga más equilibrados... siguen un criterio no racional... y no sé exactamente en qué se basan... :-) (habría mucho que hablar sobre el tema). Muchísimas gracias por tu piropo, me alegra que me hayas "encontrado" de nuevo...
Sí, yolanda, a mí también me dan yuyu porque ya he aprendido a olfatearlos, pero en cambio me llaman la atención; qué tendrán?? Besos a tí también, yolanda, muchísimas gracias! Me animan mucho vuestros comentarios a mi escritura, de veras...
Besos a todAs (esta vez, quorum femenino, ya veis...)!! Besos!!
Yo creo que no serviría de nada, Naranja-y... , ni aunque lo leyéramos mil veces. Como bien dices, hay que estrellarse para aprender a volar... y aún así, hay quien no aprende nunca!! Tal vez es que hay cosas que no se pueden aprender. Se puede aprender a evitarlas, por conocer las consecuencias, pero por nada más. Un saludo, y gracias por tus comentarios!