NO HAY UNA SIN DOS: LA COCTELERA SIGUE AGITÁNDOSE
Esta vez, el restaurante lo elegí yo. Pero deprisa y corriendo, porque el que tenía pensado había desaparecido. O mejor dicho, había sido suplantado, pero por un extraño al que, con una responsabilidad de "entre diez y doce", no me atreví a tentar.
Y esta vez, fue distinto: ya no trataba de adivinar divertida quién era cada cual, porque ya los había visto a todos. A todos, menos a Supermami, que fue una de las nuevas bienvenidas, pero fácil de reconocer. Honey, nuestra querida y dulce Honey, mi döppelganger, también fue muy fácil de reconocer. Entre otras cosas porque llegó precediendo a Laluz, que venía escoltado por dos peazo mujeres, la suya (Manoli, la Super Manoli, redios) y mi döppelganger, tan guapas y altas ellas que casi lo escondían en el mapa. Ymiki, acompañada de su inseparable Silvia, y Albanta estaban ya haciendo corro, con Supermami, cuando yo llegué. Y Lestat, acompañado de una vampira totalmente a la altura de sus afilados colmillos, Kar, fueron los últimos. The last, but not the least.
La noche transcurrió amena de nuevo, muy y muy amena. En El Salero, en pleno Borne. Parecía que nos conociéramos de toda la vida; lo que hacen un encuentro y cuatro (bueno, algunos más) posts. Tengo que reconocer y lo haré que a mí el vino se me salía por las orejas; y la verdad es que tampoco hacía ningún esfuerzo por evitarlo. Tenía dos buenas razones para ello (no situadas donde estáis pensando): una, que venía, no directa pero casi, de una comida con un par de compis de la facultad, y nos habíamos puesto ya bastante tibios. Y dos, que ese día, ése precisamente, se me habían asomado de golpe y porrazo unas cuantas constataciones que tenía por ahí medio amordazadas. Y me dio por ahogarlas. Y mira que sé que las constataciones, como las penas, saben nadar. Incluso que no sólo saben nadar sino que como te emperres mucho hasta chapotean y hacen ruido.
La cuestión es que mi desorientación -la innata y la adquirida- hizo sonada presencia cuando salimos en busca de una copa; pero el buen hacer de Ymiki y Silvia dieron con las indicaciones adecuadas para llegar hasta el Harlem Jazz Club. Y allí, oh, sorpresa: un grupo africano tocando. El ambiente multiétnico de siempre, la autenticidad de siempre, la masificación de siempre... y bastante más calor que el de siempre. Un calor sofocante, inaguantable, que nos obligó a abandonar el lugar antes incluso de que lo hiciera la actuación.
Decidimos atacar el Karma, por historia y por proximidad. Y hubiera valido la pena si media Barcelona no hubiera tenido la misma idea que nosotros... Pero olvidé que era sábado. A esas horas de cualquier sábado, cualquier sitio del lugar hubiera estado igual de cualquiermente abarrotado.
Albanta, prudente o traidora ella, según se mire, nos había abandonado hacía rato (y no sólo en su blog); los siguientes en dejarnos fueron Kar y Lestat. Pero los que quedamos seguimos moviendo el esqueleto aún un rato, resistiendo entre achuchones y empujones. Impresionante el ritmazo de Honey, esta peazo mujer no sólo baila bien con las palabras.
Así las cosas, la noche terminó de madrugada, aunque de manera digna (creo yo recordar, pero no me atrevo a intentarlo mucho). La noche terminó... pero el día siguió: a la mañana siguiente, en compañía de Honey, Alicia, un día espléndido y mi solemne y merecida resaca, recorrimos de nuevo las callejuelas de esa encantadora zona de Barcelona; charlamos, nos tomamos una Coca Cola (el cuerpo no daba para más, al menos el mío), y comimos la mar de agradablemente en una ventana que nos llamó desde un pequeño restaurante, otra vez en el Borne, atendidas por un camarero que hubiera sido la bomba si no hubiera sido porque... ay, le faltaba ese "hervor".
Y entonces, a la salida, ocurrió.Yo lo dije. Honey y Supermami lo suscribieron. Entramos. Pasamos revista. La encontramos. Fuimos a comprarlos. Nos paseamos cada una con el suyo en la mano, aparentemente circunspectas, pero nos reímos mucho de la escena. Esperamos a que se despejara un poco. Llegó nuestro turno. Nos concentramos, solemnes, como mi resaca. Salimos por otra puerta. Nos tronchamos de la risa. Nos hicimos una foto para la posteridad. Juramos guardar silencio. Sólo la primera que notara sus efluvios podría transgredir el pacto.
Yo, puede ser que me equivocara de concentración (en el estado en que estaba, y ya no lo digo más, debe ser hasta normal). Pero como los efluvios saben siempre más y mejor que yo lo que me conviene, yo los dejo hacer, y me limito a resquebrajar sólo un poquito, un poquito pequeñito, ese sagrado pacto de silencio: así, en voz baja, y a medias.
Para poder completarlo algún día si es menester... o dejarlo enterrado en el más sepulcralmente sepultado de los silencios para siempre jamás de los jamases habidos y por haber.
De momento... Sienta bien. Esto... ¿Sienta bien?





Maite dijo
Disculpad las lineas intrusas, pero la p... coctelera no me deja, hoy, poner espacios. Ella es así. Y, sin espacios, no es lo mismo, claro. Agobia. Como todo :-)
15 Febrero 2007 | 12:15 AM