Medias de rejilla. Botines negros. Mini muy mini. Top de tirantes tipo corsé. Gargantilla negra de terciopelo pegada al cuello. Collar de perlas de plástico hasta el ombligo. Boa roja, muy roja. Coleta alta. Labios y mejillas en unísono carmín.

Aparte del detalle de que hacía veinte años que no me disfrazaba, la fiesta no habría tenido mucho de especial si no hubiera sido porque iba acompañada de Marcus.

Marcus se me enquistó en las venas cerca de un año y medio atrás. Había llegado a desearle como ya no recordaba. Su sola evocación me hacía temblar las piernas, por decirlo respetuosamente; con sólo mirarme me hacía, literalmente, derretir.

Su amputación repentina y brutal me partió en dos. Desmerecidamente, pues la historia fue muy corta, y se portó como un perfecto cabrón. Pero, aún con lo efímero del episodio y sin alternativa posible ante su deplorable comportamiento, me dolió renunciarle como si me arrancaran un trocito de algo, no sé bien de qué.

Tardé tiempo, demasiado para lo que había sido, en superarlo; y más todavía en poder hablar con él. Lo ví en contadas ocasiones, y en ninguna de ellas me acerqué demasiado: me parecía percibirlo tanteándome, y no me fiaba un pelo de él. Después, le fui dando largas.

El sábado, me encontré un Marcus sorprendentemente correcto, equilibrado, centrado. Respetuoso y compañero. Ejerció de perfecto acompañante, y me llevó en discreta bandeja toda la noche. Sin perderme de vista, pero sin atosigarme lo más mínimo. Como lo habría hecho un buen amigo que cuidara en la distancia de mí.

A pesar de la luna, de mi disfrazada tristeza, de la música y del ron, ni por un segundo se me erizó un solo pelo. Vamos, ni amago hizo. Incluso me pregunté cómo podía haberle visto un día tan atractivo; cómo podía haberme imbuido tan perdidamente de él. Y huelga decir que estaba exactamente igual.

De ningún modo esperaba ni pretendía que me ocurriera; pero la cosa me hizo pensar.

Reflexioné. Reflexioné sobre cómo no me quedaba ni rastro ni migajilla de aquella otrora tan incontenible pasión. De dónde había salido, a dónde había ido. Recordé cómo pensaba pesarosa, por aquel entonces, que nunca conocería a nadie que pudiera hacerme sentir una explosión parecida. Que me sería imposible concebirle nunca sólo como un amigo. Y hoy, le tenía a mi lado, indiferente, apreciando su compañía sin cosquillas y preguntándome qué le ví. No teníamos nada en común. Nada más que ese cierto y extraño (¡después de lo que me había hecho!) cariño, y esa explosión que un día nos había unido y había desaparecido sin dejar rastro.

Y pensé en lo relativo que es todo; en lo poderoso que es el tiempo; en lo engañosa, loca y enmascarante que es la pasión. En cómo el deseo se esfuma sin dejar huella, y en cómo cuando se esfuma deja paso a un sentimiento tan distinto, tan lejano de ella, si es que deja alguno.

Asomé mi nariz hacia delante, hacia el final de mi túnel.

Y, aliviada con ese pensamiento, me dormí.