Había sacado dos entradas para ir a verla con mi todavía humeante brasita de esperanza, avisada por Toni. Precipitado el temido desenlace, le ofrecí la que me quedaba a Mercè. Mi querida y buena amiga Mercè; qué haría yo sin ella. Pero la vida le jugó otra sucia e inesperada voltereta justo ayer, el mismo día del concierto. Me encontré a las seis de la tarde sin acompañante y con mi entrada vacía, que me negaba a tirar a la basura. Pensé. Miré mi agenda. Elegí. Y llamé a Luis, que aceptó encantado ("¿Pero quién es? ¿Y qué canta?" Da igual, Luis, da igual, ¡si te invito yo!"). El bueno de Luis; Luisote.

Luis fue novio mío en nuestra época de facultad. Me sigue haciendo reír una barbaridad, y, aunque nunca le quise realmente como se quiere enamorado (o tal vez por eso), tras veinte años de conocernos me unen a él un tremendo y sincero cariño, y una buena y sólida amistad. Nunca sé hasta qué punto habla en serio cuando me dice, con su risilla mofosa, qué él es como el Príncipe Charles, que sabe esperar. Y que su madre, cubana con supuestas dotes de videncia y similares, siempre le ha dicho que yo, Maitechu, era la mujer con la que tenía que terminar. A mí me entra la risa, qué quieres que te diga, porque no hay nada más lejos de la realidad; pero él se ríe igualmente con cachondeo, como hace con todo, y no se cansa de repetírmelo cada vez que le anuncio un nuevo desengaño sentimental: "¿Lo ves, Maitechu, lo ves?? Si es que tú ya tuviste al hombre de tu vida y lo dejaste escapar... Vaa, venga, te voy a dar otra oportunidad..." y suelta su peculiar y característica carcajada de niño malo.

Luis es, a pesar de su chifladura loca y simpática, un pedazo de tío y un perfecto gentleman. Además de un sibarita. Cuántas veces se me ha plantado en casa con un ramo de rosas en un solitario cumpleaños, o con una botella de Moët y del mejor vino porque se ha invitado a cenar, o incluso con ropa comprada para Pau cuando nos ha venido a ver por sorpresa. La verdad es que es la ostia.

A pesar de que las entradas no eran baratas, nos tocó en un rinconcillo casi arriba del todo, y como llegamos tarde Luis no se pudo ni sentar. Tuvo que hacerlo en el suelo, al final de la fila, cediéndome galantemente el único asiento libre. El lugar para el concierto estuvo muy mal elegido por la organización, ciertamente; esa música es para cantar y bailar agarrado a una cerveza, y no para oír sentado divisando nada más que la cabecita de Mai Meneses.

Yo aún disfruté contoneándome en mi asiento, pues conocía las letras y muchas canciones me gustaban; pero el pobre Luis aguantó estoicamente ahí en el suelo, sentado, mientras íbamos charlando y seguía haciéndome reír.

Escuchando las letras en la semioscuridad, en lo alto de un precioso teatro del pleno centro de Barcelona, con mi querido Luis de siempre y tanta otra gente extraña a mi alrededor, me salí por un rato de mí e hice repaso, desde fuera y con calma, de mi agitada vida sentimental. De esa sucesión de decepciones y desengaños y amores truncados que tengo en parte escrita en clave de humor, y que tal vez algún día publique.

Y así, mirándome la estadística, y hasta dónde ha llegado, me dije que tal vez va siendo hora de que asuma que, a mí, en esta vida, no me toca. Que está muy claro que no puede ser posible tanta mala suerte ni tanta mala puntería ni tanta casualidad. Que a pesar de tantas apuestas y boletos comprados, la ruleta no me señala. Y que como ya debo haber vivido más de la mitad de mi vida, tendría que proponerme vivir la que me queda con otro talante, el talante del que asume, acepta, y encaja. De buenas. Y se rinde. Y deja de apostar. Deja de pretender y creer y buscar lo que no le está deparado.

Al terminar, Luis me abandonó, pero yo aún tuve fuerzas para irme a tomar una copa con Toni y el resto. Curiosamente, además de con Eto'o, me encontré con una de esa larga retaíla de decepciones que conforman el puzzle de mi vida (no me había cruzado con él en tres años, y llevo dos tropezones en un mes), y volví a pensar, como en Carnaval, en cómo había sufrido yo en su día por ese hombre, y en lo inútil y absurdo de ese sufrimiento, pues no sólo pasado un tiempo me preguntaba que qué y porqué, sino que hacía ya mucho que había respirado convencida y aliviada por no haberme quedado junto a ninguno de los que un día tan imprescindibles y únicos me habían parecido.

Cuántos errores. Cuántos.

Cuántas entregas e ilusiones equivocadas. Cuántos estrábicos "creer reconocer". Y total, pa'qué.

Aunque sólo fuera ya por curiosidad, me gustaría saber cuál es el motivo exacto del "mail router failure" de mi vida.

Aunque me parece que empiezo a darme cuenta. Siempre he creído que ellos no sabían ver... y al final me doy cuenta de que la que no ve tres en un burro soy yo. Pero qué le vamos a hacer; el corazón no entiende de gafas.

Al llegar a casa, me encontré un mensaje de Luis en mi móvil: "Buenas noches pulguita. Gracias por la invitación. No era U2, pero tampoco estuvo mal. Lo mejor la compañía. Un beso."

Le prometí que cuando viniera U2 también le invitaría. Por éstas (chuik chuik). Qué menos, Príncipe Charles.