LAISSER FAIRE, LAISSER PASSER
Cuánto saben, estos franceses. Curiosa política. Curiosa, porque funciona. En todos los terrenos; pero sobretodo, en el sentimental.
Me he preguntado innumerables veces si no será ésa la raíz de mi problema: que yo, ni laisso faire, ni laisso passer. Pero ni media, vamos. Claro que también es verdad que si no hubiera nada que laisser faire ni passer, el problema no estaría.
Y ahí es dónde voy. En que la gente, deja; pero es que la gente, hace. Estoy cansada de ver parejas aparentemente "perfectas", en las que si rascas un poquito, sólo un poquito, te das cuenta de cuánto uno de sus miembros (generalmente, el femenino), deja faire y deja passer. Como si no viera nada. Porque le interesa. Porque, por el motivo que fuere, prefiere mantener. Y paga el precio, está dispuesto: el precio de laisser faire, laisser passer.
El motivo puede ser de lo más variopinto: económico, social, personal, amoroso (los menos), miedo a la soledad, falta de agallas... allá cada cual con el suyo. Pero la cuestión es que, con tal de mantener, se aguanta. Y se aguanta lo que se ve: porque lo que me cuesta creerme es que las cosas no se perciban. Debe ocurrir que se justifican, se excusan, se relativizan... o simplemente se asumen. Conservar, al precio que sea, pesa más. O perder pesaría más de lo que pesa esa factura que se tiene que pagar.
Cuántos sutiles pero claramente perceptibles aleteos de buitre he percibido a mi alrededor, en hombres impunes en presencia de su novia que, sorprendentemente, calla; cuántos hermosos cuernos conozco y hasta he catado, ingenua de mi, en parejas tan supuestamente "bien avenidas"; cuántos tipos he conocido que me han confesado, en un arrebato de vete-a-saber-qué, que estaban casados o emparejados sólo cuando habían terminado "la faena".
Y ni siquiera hace falta irse tan lejos.
Cuántas mujeres conozco que no se sienten correspondidas, correctamente colocadas en el lugar que merecen, por su pareja. Desde el extremo maltrato emocional, hasta la más sutil, y -¡sorprendentemente!- aceptada, falta de consideración, en diversas y coloridas modalidades.
Y es que ahí reside el qué de la cuestión: en el respeto. En la consideración. Cómo va nadie a respetar a una persona, si no lo haces tú mismo. Empezando por lo más básico, y terminando por lo más obvio.
Siempre digo, y es verdad, que siempre he sido yo quien ha dejado a mis parejas. Pero siempre añado, y es igual de verdad, que en realidad ya me habían dejado ellas antes a mí. Es decir, que yo sólo he tomado la decisión. La decisión de decir "basta" a una situación que no me satisfacía, a un comportamiento que no me hacía feliz, porque, aunque sólo fuera por sutilezas imperceptibles o excusables a los ojos de muchos, -¡hasta de ellos mismos!-, no me hacía sentir en mi lugar. En el lugar que, para mí, le corresponde a una pareja. En el lugar en que yo la pongo, sólo por el hecho de haberla elegido. Si no... ¿Para qué la quieres? ¿Para no estar solo? ¿Para divertirte? ¿Para aparentar? ¿Para cubrir una función social? ¿Para follar?
Pues no. Yo la quiero para quererla. Para cuidarla, para demostrarle cariño, para ofrecerle mi apoyo y mi amistad, mi lealtad. Para tener un compañero con quien compartir el mundo y con quien contar. Y también para hacerle cosquillas, lo divertidas que haga falta.
Cuando yo elijo una pareja, pobre del que no la respete. Y por y para y porque ello, yo soy la primera que lo hago.
Así que yo quiero lo mismo. Quiero que se me haga sentir en mi lugar. Eso no es negociable.
Y si no se me pone... Pues me quedo sola, me quedo triste, y hasta vacía, me quedo sin hombro, y me quedo sin follar (al menos a gusto).
Pero pago el precio. A mí, éste, aunque me pesa -bien sabe Dios que me pesa-, me puede más que el otro.
He descubierto que soy insobornable. Es una cuestión visceral.
¡Qué le vamos a hacer...! Doy, necesito, requiero y busco... algo tan sencillo como raro: autenticidad.





Honey dijo
Olé, olé, olé.
Firmado: Honey
1 Marzo 2007 | 09:13 PM