Me desperté espontáneamente, y comprobé asombrada que Pau seguía durmiendo; qué raro. No quise ni saber qué hora era. Seguí durmiendo yo también, no sin antes recordar en estado de semi-vigilia lo que había hecho la noche anterior. Me dolía un poco el pecho, me rascaba la garganta: había estado en casa de Carol, jugando al Trivial con ella y su hija Emma (siete años) mientras "los hombres" (su marido y su hijo, seis) miraban el fútbol y Pau se meneaba entre los dos, correteando entre bando y bando. Nos acompañamos de Gin-Tonics y palomitas; cuando Pau se quedó por fin dormido en el sofá y los chicos se retiraron a sus aposentos, ella y yo nos acomodamos en el porche, terminando y hasta renovando nuestras copas tranquilamente, fumando, y charlando, al mecer del sosiego que transmiten la luz de la luna y el olor a campo. Se nos hicieron bien entradas las dos y media de la mañana.

Carol es mi vecina predilecta en la montaña, y no sólo porque fume y beba cerveza, ni porque tenga de "maruja", en esencia, lo mismo que yo. Es una escocesa estupenda -que, por cierto, habla el catalán mejor que cualquiera-, poseedora de los hijos más encantadores y dulces de toda la comunidad, y de varios talentos que, por desgracia, mantiene ocultos, de pura timidez. Desde el principio noté que conectábamos, aunque las circunstancias y la vida de cada una son bien diferentes.

Remoloneando entre las sábanas, recordé el buen rato pasado, y recuperé el calorcito que supone apreciar una conversación intimista, interesante y amena compartiendo las estrellas.

Me sobresaltó el "¡buenosh díash!" de Pau, que se abalanzó sobre mí sorprendiéndome con un cariñoso abrazo y un sonoro beso, y, cómo no, con su consabido "quiero leche".

Una vez abajo, me senté en la mesa a desayunar, soñolienta y en pijama, mientras escuchaba a Ricardo Arjona, un disco que me descubrió Mercè, y Pau jugaba distraído con sus coches.

Hacía un día espléndido; claro, despejado, brillante. Fuera, reinaba el completo silencio. El sol se colaba por los cristales e iluminaba nuestra pequeña casa, dándole un resplandeciente color de hogar; de hogar matutino que se despierta y se despereza, como yo.

Pensé en Mercè. En su fuerza, en su alegría inapagable. La música de Arjona me fue llenando los sentidos, igual que el café y las tostadas el cuerpo, y me fui imbuyendo de una inexplicable sensación de vida, de sangre que fluye en las venas, de bienestar, de paz.

Y ahí, así, en esa escena, mientras desperezaba mis conductos entre notas y letras, sol, montañas, silencio y café, algo hizo "click" en mí.

Cobré de repente consciencia de quién soy, de qué tengo; de qué no, y de qué no quiero, porque no soy. Ya no soy una vida que apunta, que empieza, que descubre, a la que haya que manchar y colorear. No soy una existencia liviana que se aferre a las nubes y a las lianas que pasan; no soy una huida, un escapismo, un no saber a dónde ni porqué se va. No soy un pasar de puntillas y esquivando. No soy una "ida", o un "mientras tanto". Soy una "vuelta". Soy un camino recorrido, en el que me he hundido hasta las rodillas. Aunque todavía pegue coletazos de adolescente y conserve la sal de la vida, y hasta su pimienta; aunque mis genes y mi tamaño y mi talante me disimulen, porque me permiten ponerme minifaldas y llevar pelos de india; aunque adore los placeres de la vida, y sepa disfrutarlos como la que más; ya no soy una cría. Soy una señora. Una señora de casi cuatro décadas.

Un vino con solera.

Y eso, me ha de servir de algo.

De saber que sí soy, y tengo, muchas otras cosas; y que las quiero y las debo disfrutar. De saber que hay sensaciones que no quiero volver a sentir, porque no me toca y no me corresponde. De saber que tengo motivos para quererme, más que a nadie.

Con ese pensamiento imantado a modo de revelación, dejé de dibujar siluetas vacías en esa casa, y la llené de las que la conforman y le dan su verdadera esencia.

Y me sentí, a partir de ese momento y durante todo el día, inexplicable y serenamente contenta. Llena, segura, a gusto conmigo misma, en paz. Me creí, por fin, mi sustancia, y mi entidad.

"Señora de las cuatro décadas", aunque parezca referirse a un exterior, habla de dentro. O así lo entendí yo. Y me insufló un chute de autoestima y moral milagroso. Esa que, con tanto trajín, se me había ido perdiendo en los últimos tiempos por los caminos.

Yo no siento las mismas cosquillas que sentí "hace mucho más de veinte"; siento más, muchas más. Las que da el sentir sin la ligereza de esos hace veinte. Las que da el sentir con solera. La del buen vino. Esa que, por muchos años que pasen, hay vinos que nunca lograrán alcanzar.

Señora de las cuatro décadas
y pisadas de fuego al andar
su figura ya no es la de los quince
pero el tiempo no sabe marchitar
ese toque sensual
y esa fuerza volcánica de su mirar

Señora,
no le quite años a su vida,
póngale vida a los años
que es mejor

Porque nótelo usted
al hacer el amor
siente las mismas cosquillas que sintió hace mucho más de veinte

Nótelo así, de repente
que es usted la amalgama perfecta
entre experiencia y juventud

Señora de las cuatro décadas
no insista en regresar a los treinta
con sus cuarenta y tantos encima
deja huellas por donde camina
que la hacen dueña de cualquier lugar

...que es usted la amalgama perfecta
entre experiencia y juventuuuuud...