Era mi película preferida cuando era una niña, muy niña. Porque me gustaban los perros, porque idealizaba el amor, porque, ya entonces, amaba las diferencias. Me gustaba tanto, que hasta tenía un peluche del que no me separaba ni para ir al baño, al que con su nombre bauticé.

Su nombre, el de ella. Se llamaba Reina. Él, Golfo.

Con el tiempo, dejé de idealizar el amor. Pero seguí amando instintivamente a los perros, y a las diferencias.

Siempre me he preguntado si las sensaciones que nos impregnan siendo niños no quedarán, de alguna forma, grabadas en algún rincón de nosotros, y nos dirigirán, secreta y calladamente, durante toda la vida.