Llevaba toda la semana mareándome con ingeniosas "despistas" que pretendían ocultar sutiles "pistas" que yo nunca habría podido adivinar. No hacían falta: soy la persona más distraída y desinformada del mundo, para según qué.

El lunes, me había preguntado, así como quien no quiere la cosa y sin aparentar darle mayor importancia, si el sábado tendría a Pau. "Ah, bien; entonces tengo una invitación para tí", dejó ir cuando le contesté que no. "Será a media tarde... o igual más tarde, ya veremos." "Ponte guapa", añadió. ¿¿... Ponte guapa...?? Empezando ya a conocerle, no indagué nada más; pero ese "ponte guapa" me desconcertó. "¿Puedo ponerme tejanos...?", pregunté solamente; "Hummm... Bueno... Sí... Vale, sí..." ¿¿?? "No, no, es sólo por preguntar..." "Sí, sí, no pasa nada; sí, que sííííí..." Al poco me comunicó que ese mismo sábado estábamos invitados al cumpleaños de Marina, la hija de La Negra. "¿Y la otra invitación...?" "Iremos más tarde. Tú ponte guapa."

Supe poco más. A cada intento mío tiraba hábilmente pelotas fuera "haciendo honor a su patria", y sólo conseguía su objetivo: desconcertarme todavía más. Con tales datos, y sabiendo que no le sacaría ni media, me declaré incapaz de imaginar a dónde me llevaría y esquivé divertida sus provocaciones. "Una exposición de algo", pensé; "de fotografía. Alguna inauguración de un amigo."

Lo único medianamente serio que añadió, el viernes anterior, fue de nuevo un "ponte guapa", y un imperativo e intrigante "llévate la cámara; con las dos baterías cargadas a tope".

Así que hasta el mismo sábado no empecé a indagar con más ahínco. Cuando me lo ví llegar con sus tejanos y su atuendo informal de siempre, me lo quedé mirando y espeté: "¿Me cambio?" "¡No! ¡No, estás guapísima!" "Pero... si voy a desentonar..." "Te mirarán un poco los papás del cumpleaños... (carcajadas jocosas)... pero no; no vamos a desentonar, ni tú ni yo. Igual tienes un poco de fresqui... (más risas)... según lo que dure la fiesta..." "Ah, pero entonces, ¿es de noche?" "Depende... puede... puede alargarse, sí..." (cara de mofa por vermi expresión).

Pues ya me empezaba a tener mosca. "Nos iremos sobre las ocho... más o menos". Vale.

En el cumpleaños, todo el mundo sabía a dónde iba menos yo. "¿Tengo que comer algo?", pregunté antes de salir. "Sí, mejor sí. Mejor cena algo. ¡Mira qué guapa se ha puesto!", le decía a Mirta, "La Negra"; "¡ésta se cree que la llevo al Liceo...!" "Ya sé. El estreno de una peli. O un festival." "Sí. El de Eurovisión." Se llevó de prestado un cigarrito de la risa para la ocasión. "Creo que nos veremos luego", sonrió Mirta al despedirnos. "Ah..." Cada vez me tenía más despistada. Se me ocurría todo menos lo que fue. Lo más evidente. "Al teatro", sentencié cuando ví la dirección que tomaba su moto, conmigo de paquete. "¡Ah, ya sé, ya sé, al "Mirador del Migdia", que lo abren hoy!", espeté, triunfal.

Sólo contestó al aparcar la moto junto a las vallas que nos cerraban el paso: "Tendremos que seguir andando hasta el Mirador, está vallado..." Me cogió de la mano, y echó a andar entre la muchedumbre, decidido (detesta llegar treinta segundos tarde a cualquier tipo de espectáculo). "No sé si tú vas a disfutar de la fiesta... ¡pero yo lo haré un montón!", me dijo, casi nervioso y emocionado, algo que en él cuesta de descifrar. Yo observaba a la gente, que caminaba deprisa y con gesto ansioso, pero no conseguía clasificar, por su aspecto, edad ni apariencia, a dónde demonios podían dirigirse. Y, ya llegando al lugar del evento, me soltó la última ("despista"): me miró fijo, sin soltarme y sin dejar de andar, y dijo: "fútbol". Le miré yo también, incrédula, no tanto por lo que decía sino por lo que ya me lo empiezo a conocer. Y lo que mejor me empiezo a conocer es que cuando parece que es algo, es otra cosa. "Bien, bien...", contesté. "Y, ¿sabes quién juega?", añadió todo serio; "Argentina... contra Cataluña". No tenía ni la menor idea de si podía ser posible (de pocas cosas sé menos que de fútbol), pero me daba que no. Callé, mientras seguía observando a ver si, por entre todas las mareadillas con las que me había enredado, conseguía atar algún cabo y deducir alguna verdad.

Ya en la cola, me iba desviando hábil y resolutivamente de todos los puestos de camisetas, de cualquiera que mantuviera una conversación inoportuna, de los panfletos que repartían en la entrada; hasta que no estuve dentro, y bien dentro, no caí: ¡¡Claro, pues claro, un concierto!! ¡UAU!" Pero... ¡No sabía de quién!

"Quieta, quieta aquí, aquí, sin moverte, y mirando para allá; como te gires te vuelves sola a casa de La Negra, espérame un momento..." Y se fue a mirar unas camisetas. Casi se lo traga la tierra cuando, al volver, me ve charlando con un conocido que me encontré... y que, sin idea ni intención ninguna, el pobre, le (¡nos!) chafó de lleno la guitarra al desvelarme el hasta el momento tan bien y celosamente custodiado secreto. Anda que no es grande el pabellón. Anda que no había cientos de personas entremezcladas y pululando como hormigas y anda que no había decenas de entradas por las que meterse y perderse. Anda que no hacía tiempo que no me cruzaba con ese conocido (¡cuatro años!); y me lo tuve que encontrar allí, justo allí... mirando yo a la pared. Y, haciéndome la "gracia" de llamarse a sí mismo "veterano", me suelta que pues, como tal, mira, aquí estaba, a ver... a... PINK FLOYD. ¡¡¡PINK FLOYD!!! ¡¡Y yo sin enterarme!! ¡¡Pink Floyd!! ¡¡Pink Floyd!! ¡¡¡Pink Flooyyyyd!!! Ni siquiera había reparado en la última "sutil pista" que me había brindado: su propia camiseta, que exhibía la última gira de Roger Waters...

Le ví vibrar. Le ví disfrutar como nunca, feliz, en su salsa, con lo que más le gusta: con los conciertos, y con su cámara (la pequeña, claro; con la otra no pasaba). Y con la mía, ahora entendía... Cuando las notas inundaron el pabellón, semi-oscuro y en nebulosa, con un clásico coreado de fuertes y emotivos silbidos, me mostró su brazo, con todo el vello erizado por la carne de gallina. El sonido era buenísimo. Cantaba, levantaba la mano, el puño, palpitaba, saltaba, me abrazaba... y fotografiaba.

Le observé, en mi propia euforia. Es rápido, ágil, sabueso; nunca baja la guardia. La emoción que vivía no le impedía desenfundar su cámara con una rapidez asombrosa y, sin que me diera tiempo ni a seguirle, enfocar y disparar, casi sin mirar. Con el encuadre hábilmente dominado. Con destreza. Sin perderse una. Sin despistarse ni un minuto.

Agotó la memoria de su tarjeta y la de la mía. Cantó y sintió con emoción; disfrutó como un niño con zapatos nuevos. Y sacó unas fotos buenísimas.

Durante esas dos horas, absorbido por el mágico sonido de la guitarra y la voz de Roger Waters, las luces multicolor de todo el Palau Sant Jordi, sus efectos especiales, su afinada lente, mi cintura y mi cuello y el cerdo rosa que nos pasó por encima mientras se cruzaba todo el pabellón volando por su techo... ví a un hombre feliz.

Feliz, con esa felicidad contagiosa, que a mí todavía no se me ha quitado de encima.

Lo tendré difícil para devolvérsela. Pero lo intentaré.

¡¡Gracias corazón... por compartirlo conmigo!!

Foto cedida por J.P.T.