Está allí por mi culpa. Lo ataqué a pelo y sin preaviso con una llamada llena de inspiración improvisada desde un estanco, y se lo lancé. Así, a bocajarro. Le dije, casi antes que "hola": "Tú... ¿Estarías dispuesto a irte a vivir a Luxemburgo...?"

- "Esto... ¡Hola, yo también te quiero! ¿¿Algún dato más??"

-"Sí, sí, claro, ahora voy, pero es que si me dices tajantemente que no ya no pierdo el tiempo..."

Mi jefe favorito me había preguntado si conocía a alguien con unas características determinadas. No era fácil. Inglés, francés, fiscalista, preferentemente abogado, con ciertos años de experiencia -ni demasiados ni demasiado pocos-, y dispuesto a dejarlo todo para marcharse a ese remanso social que aparenta ser Luxemburgo. Por tiempo indeterminado. Sin duda una buena oportunidad profesional; pero requería también de una clara predisposición personal. Pensé en Jordi. Daba el perfil. Sabía que estaba pensando en cambiar de despacho. Sabía que estaba ansioso por experimentar. Sabía que era una persona sumamente válida, en todos los aspectos de los que se puede esperar validez de una persona. Y su falta de lazos de todo tipo en el momento lo convertía en el candidato ideal.

Así que sopesé si la oferta no sería en realidad una putada, y cuando tuve claro que no, le llamé, impulsivamente, desde ese estanco. Y se lo solté. A saco y sin preámbulos. Se lo solté, y él, lo cogió al vuelo. Se lo pensó un mínimo, se lo curró un mucho, y lo consiguió. Tras un largo y duro proceso de selección... fue escogido.

Lo celebramos con una suculenta cena regada con cava y una noche de grandes filosofadas (como solíamos hacer), y sellamos la promesa de visitarle cuando estuviera instalado y mínimamente aposentado.

Así que, este pasado puente, aprovechando que Pau se iba con su padre y demás familia del ramo a... ¡París, Eurodisney!, JPT y yo nos dirigimos, "Check and Go boarding pass" de Ryanair en mano y poco más (un bienoliente Axe que pasó el control español, pero que de vuelta se quedó aromatizando Frankfurt-Hahn, y unas bengalas que hicieron todo el viaje conmigo sin el menor contratiempo), a Luxemburgo. Huelga decir que nunca habría escogido Luxemburgo como destino espontáneo de no tener una oportunidad como la que se me brindaba. Pero huelga decir también que la oportunidad fue... sencillamente inmejorable.

Llegamos a la una de la madrugada (merced a un adelanto -sí, sí, como suena- del avión, y a un enrollado conductor de autobuses que nos permitió subirnos al que precedía en una hora a nuestra reserva), y, recogidos puntualmente por Jordi en el "Quai numéro 1", empezamos directamente la ruta del bacalao del Reino de los Bancos. Como primer punto de suerte, la Fiesta de la Primavera nos dio la bienvenida en el carismático Grund. Ya desde ese momento, y en los días que le siguieron, pudimos comprobar que Luxemburgo es un país con marcha, mucha marcha, pocos autóctonos, mucha gente de paso y seguramente por ello acogedora y amable, montones de rincones encantadores, mucho verde y tranquilidad, ingentes eventos culturales (también resultó ser Capital Europea de la Cultura 2007) y... un anfitrión impecable.

Jordi no sólo nos acogió en su casa, sino que nos cedió su cama, cambiando su descanso habitual por un "hinchable" que colocó en el salón, nos tuvo a pan y cuchillo, nos abrió sus mejores botellas con sincera ilusión, nos llevó arriba y abajo, de noche y de día, nos entregó un juego de llaves nada más llegar, nos mezcló con sus amigos (con los que, por cierto, saltábamos de un idioma a otro como pulgas; JPT hizo un intensivo de inglés y francés, y tuvo repetida ocasión de hacer honor a su pasaporte italiano), y nos dió incansable y amena conversación con su eterna sonrisa y su talante hondo de "persona".

Me alegré, me alegré mucho de verle como le ví: rebosante; henchido de nuevas y positivas experiencias, permanentemente eufórico en la cresta de la ola de todo lo que está viviendo. Jordi siempre ha rebosado energía y optimismo; pero allí, rebosaba mucha y mucho más. Chispeaba, incesantemente; de vida, de novedades, de absorciones, de aprendizaje, de camino e ilusiones por recorrer. No había nudos, no había atascos, todo en él fluía directo y chorreante, limpio, hacia adelante y hacia arriba, con fuerza.

Pasamos unos días verdaderamente estupendos, en los que ni siquiera faltó el sol. ¿Lo encargaría él...?

Sé, intuyo, o imagino, que la efervescencia bajará; porque la vida es así, porque todo lo que sube baja o se estabiliza, y porque las experiencias se asimilan y dan paso a nuevos prismas; pero de lo que no tengo ninguna duda es de que su balance será positivo.

El valor de lo aprehendido en su estancia allí (tantas menudencias que, si no se experimentan, no se pueden ni imaginar...) lo hará mejor aún; más hombre, más sabio, y más persona si cabe; no tengo dudas.

Lo cierto es que mi confianza en él siempre ha sido extrañamente ciega.

Y, una vez más, he podido comprobar que no me equivoco.

Para acabarlo de rematar, terminé mi estancia más feliz que unas castañuelas cuando, al ir a comprar tabaco, el estanquero me piropeó con un: "Señorita, hay que tener diecisiete..." JPT todavía se está riendo, pero, a pesar de su "se la presto, acaba de cumplir dieciocho", estoy segura de que, en el fondo, y aunque nunca jamás de los jamases lo confiese, el piropo le sentó tan bien como a mí.

En fin, que ni siquiera el percance de que antes de salir de Barcelona se me llevara -inoportuna e injustamente- el coche la grúa me importó, a pesar de que la broma me costara más que el billete.

Nos sentimos, literalmente, como en casa. Tan como en casa, que incluso igual un día Jordi encuentra un par de "algos" a faltar...

Y, por todo eso... Gracias, Jordi, mil gracias, por tu generosa y cálida hospitalidad; desde aquí nuestro más sincero y sentido agradecimiento, y... ¡À la prochaine, mon ami!