Verano 2007


No sé porqué lo hice; pero le envié un mensaje preguntándole si, por casualidad, no estaría en la montaña. Me había vuelto a jurar hacía tiempo, una vez más, no volver a dirigirle la palabra, después de su último (yo me juré que sería el último) "ahora te llamo, ahora, ahora", en el que tenía que decirme si se quedaba un cachorro que le había reservado, y tras lo que habían pasado nueve hermosos meses.

Me sentía tan deshinchada, triste e inerte por los últimos acontecimientosde mi vida, que recibir un silencio u otra bofetada a mi amor propio me daba exactamente igual. Estaba fuertemente impermeabilizada; nada me afectaba. Sin embargo, no pensé en eso. No sé porqué, sentí el impulso de hacerlo. Sentí que quería verle, hablar con él. Y no de fruslerías ni para distraerme -no necesitaba distraerme-; no sé porqué, sentí que hablaríamos hondo, que conectaría; que respondería. No sé porqué lo sentí; pero lo sentí.

Su contestación no se hizo esperar: "Siiiiiiiiii, ¿quieres que nos veamos? ¡A mí me haría mucha ilusión!!!!!" Ni siquiera la emoción que transmitía me afectó. Tras un intercambio de mensajes en los que se mostraba de lo más afectuoso y entrañable-y, como siempre, divertido-, quedamos en pasear un rato al día siguiente. Cuando me llamó, antes de recogerme, y me preguntó cómo estaba, no disimulé: "físicamente muy bien; pero anímicamente muy mal". "¿Porqué...?" "Por muchas cosas."

Me recogió en casa de mi madre, y buscamos un bar para tomar algo guareciéndonos de la lluvia.

Me creía serena; pero sólo preguntarme qué me pasaba, rompí a llorar. Me abrazó, con suma calidez, y me dijo: "Llora. No sabes la suerte que tienes. Yo no puedo hacerlo."

Entonces abrió sus compuertas, esas que siempre había mantenido tan herméticamente bloqueadas, y desplegó ante mí y para mí todo su mundo interior, toda su energía, que se me hizo casi palpable. Sin necesidad de explicarle demasiado, o mejor dicho, casi nada, comprendió, y empezó a hablarme en un idioma que yo conocía perfectamente, y que me insuflaba bienestar. En un idioma que no suelo encontrar, ni poder hablar. Varias veces lloré, y varias veces me abrazó, absorbiendo mi tristeza y mi hondo desconsuelo. Me hizo pensar, me hizo reflexionar; me hizo trabajar. Me dio luz. Y me dio PAZ.

Al terminar, me dijo muy serio: "Mira. Yo creo que hay personas, y tú eres una de ellas -y yo también-, que están destinadas a "algo más". Por eso la vida nos envía señales. No es una casualidad que tú y yo estemos ahora aquí sentados. Nada de lo que te pase es una casualidad. Todo lo que te pasa, te tenía que pasar. Y te tenía que pasar en el momento en que te pasó."

Lo sabía. Por alguna razón, lo sabía. Sabía todo lo que me transmitió.

Me aseguró y me brindó ayuda, la ayuda que yo sabía hace tiempo que necesitaba y que tenía que recibir.

Al rato de dejarme de nuevo en casa, recibí un mensaje en mi móvil: "Recuerda siempre que no estás sola. Y recuerda también que TÚ eres AMOR PURO."

A la mañana siguiente, y por primera vez desde hacía muchos días, me levanté cargada de energía. El principio del resto de mi vida estaba empezando a empezar.