Adios... Hola... Y hasta siempre
Recorrí el pasillo enmoquetado, silencioso, gris. Solo las tenues luces del suelo iluminaban levemente su recorrido, como si de una alfombra, no roja, se tratara.
A mi derecha, los depachos sombríos, reconcentrados, se iban sucediendo; uno tras otro, con sus nombres estampados en el cristal biselado, como una sentencia que condena sin luz ni piedad. Se me antojaron lujosas celdas, jaulas de oro, a las que sus ocupantes se mantenían ciegamente unidos por una pesada bola de falso rubí.
Empujé a un lado la puerta entreabierta del último: el mío. Estaba oscuro, o en penumbra. Anochecía en la tarde de invierno, y sólo le llegaba del exterior el apagado reflejo de las farolas. Sus amplios ventanales no le servían de nada; parecían grandes aberturas blindadas al mundo real.
Recorrí con la mirada mis papeles amontonados, mis tantas leyes, libros, carpetas, tareas que quedaron por completar. Las fotos y los dibujos de mi hijo colgados de la pared. Mis cuadros. El interruptor del contestador del teléfono encendido, rojo, siempre rojo. El librito del Feng Shui que me regalaron y que había dejado allí, en una vana ilusión por tratar de quebrar artificialmente los ladrillos asfixiantes que aplastaban mi vida.
De repente, mis ojos se posaron sobre mi agenda, congelada en sus últimos ilegibles garabatos el 25 de junio. Me dio un vuelco el corazón. Nunca un renacimiento había sido tan gráficamente ilustrado...
Me senté en el ordenador, que habían conservado encendido durante estos siete meses, y, lentamente, muy lentamente, con mucha parsimonia, escribí mi correo de despedida. Fui breve:
Dice Paulo Coelho que solo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar.
Yo, sé que tengo sueños. Y, desde el pasado 26 de junio, sé también que no tengo miedo a fracasar. No solo porque -esta vez, siguiendo a Gandhi- el fracaso es la experiencia que precede al triunfo, sino porque, ese 26 de junio, gané una vida. Y, ganándola, se quedaron perdidos, por ahí, por esa blanca cama de hospital, muchos de los miedos que habían venido entumeciéndome la vida; esa misma que casi se me escapa.
Confieso humildemente que no sé dónde terminaré, ni si lograré algún día alcanzar alguno de esos sueños; pero lo que sí que sé, es que seré feliz mientras troto detrás de ellos.
"Cuántas cosas perdemos... por miedo a perder."
A todos los que ese día sufristeis conmigo (que sois muchos), y a todos los demás también, una modesta, y sencilla, muy sencilla, máxima para la vida:
SIENTE, (PIENSA), DÍ, Y HAZ.A mí, se me quedó incrustada en el alma gracias a esa experiencia.
Un beso enorme, y hasta siempre.
Al día siguiente, embalé algunas cosas, y dejé todas las demás para el posible provecho de quien las quisiera exprimir.
Dieciséis años de vida cupieron en cuatro cajas.
El resto -todo un enorme armario-, se me antojó inútil; completamente inútil.
Había -por fin- dejado de perder el tiempo. El precioso, escurridizo, e insustituible, tiempo.
Y pisé la calle con la sensación de libertad más grande que hasta el momento he experimentado en mi vida.




Cata dijo
Cada vez que te leo siento cosas increibles, siempre, desde la primera vez que lo hice (hace ya mucho), siempre consigues que sienta escalofríos (pero de los buenos...), y tu creces y nos haces crecer a los demás, y lme quedo pensando... y solo se me ocurre: GRACIAS!
Gracias porque leerte muchas veces conlleva poner las cosas en su sitio o tener la certeza de que están donde deben estar.
:)
6 Febrero 2008 | 06:12 PM