Sentir el sabor de esas mañanas en que el cuerpo se te despierta solo, ayudado -nada más- por un rayito de sol que te dispara juguetón en la cara, mientras inunda el resto de tu casa y de tu habitación; en completo y sepulcral silencio, en la más absoluta y calmada tranquilidad.

Tener la sensación de no necesitar ni una gota más de sueño, de haber roto por fin el ritmo continuado y vertiginoso en que la noche se sucede, pegada, a la mañana; de constatar, al volver al mundo, que ese mundo es nuevo, que no necesitas levantarte corriendo, y que se te autoriza a retozar, desentumeciendo tus pensamientos, con tu almohada.

Caminar tambaleante por tu casa iluminada, con la mente aletargada y en blanco, dejándote escuchar, en ese preciso momento, lo que te apetece hacer. ¿Ducharte? ¿Desayunar? ¿Escribir? ¿Leer? ¿Mirar al techo o al cielo azul?

Estar contigo, solo contigo, con tu propio bienestar.

Poner a Mozart.

Sentir que, milagrosamente, has hecho una pausa en la vida. Que tu cuerpo y tu alma se han tomado su tiempo y se han ido a pasear, descargándose, en esta noche en que les has dado fiesta. Que la rueda que te arrastraba, se paró.

Y que empiezas así un verdadero nuevo día, limpio, renovado, reluciente e inmaculado. Como si, en ese descanso concedido, tu espíritu se hubiera escapado -no sabés dónde- a refrescarse, como si, mientras dormías, agua y jabón lo hubieran liberado, limpiándolo de impurezas que no te dejaban avanzar.

Te entran ganas de preguntarle: ¿Qué has hecho? ¿Dónde has estado...?

Pero te callas. Te estás quieta, y disfrutas. Y te limitas a pensar: "Eso. Eso es, sin duda, uno de los ingredientes del Elixir de la Paz".