Sentipensamientos
Me levanto a la carrera, a golpe de despertador ("repetir"), en un estado de somnolencia total. Como cada mañana, me cuesta saber dónde estoy. Pero siento que ese mismo aletargamiento del cuerpo y del espíritu, esa oscuridad matinal y mental, son precisamente el momento trascendente del día. Entre el cielo y la tierra. En ese estado adormecido, aparentemente entumecido, mi sentipensamiento, me doy cuenta, funciona mejor y más clarividentemente que nunca. Estoy extrañamente lúcida.
Despierto a mi hijo, tan dormido y aletargado como yo. Me encanta contemplarlo así adormiladito, con sus rasgos y su piel suaves acurrucados entre sus sueños de bebé. Lo acaricio dulcemente, lo abrazo, lo huelo, lo espabilo con cariño. La mañana está todavía oscura. Aunque es tarde, hoy, no voy a cometer el mismo error de ayer. Me sitúo por encima de la prisa y del estrés, de mi propio cansancio, y lo hago todo con paciencia y sumo cariño. Modelo mi tono autoritario, convierto mis irascibles amenazas en simples advertencias con consecuencias. Me amigo con él, en vez de enfrentarme. Lo apoyo, lo ayudo, en vez de regañarle. Le comprendo, y estoy con él, no contra él.
Tras conseguir dejarlo en el autocar a tiempo, vuelvo andando, tranquila, acompañada del perro y mis pensamientos. Llueve, de nuevo. El día sigue gris. Y mi cuerpo igual de entumecido que antes. Sin poder darme cuenta ni saber porqué, lloro. Lloro por la calle. El cansancio y la situación me pueden junto con el día gris y el ayuno. Las lágrimas se me atraviesan en los ojos y en la garganta, y yo las dejo salir, inundarme el alma. Debe ser que está creciendo; mi alma, cuando crece, llora.
Cuando llego a casa, pongo a Mozart. Cuartetos de cuerda. Y mientras desayuno con los ojos borrosos, pongo otra vez orden en mis pensamientos, en mis sentimientos. No sé distinguir unos de otros: están mezclados, pero están claros. Tomo distancia; curiosamente, me sitúo así en mi yo.
Me debo estar haciendo mayor: la música clásica cada vez me gusta más. Me relaja, me da paz; me sitúa en otra dimensión, me permite ver el bosque desde arriba. Además, le pega, a ésta, mi nueva casa, la música clásica. En vez de en un bajo en pleno centro de Barcelona, se diría que me encuentro en una modesta vilita de la Toscana, lejos del mundanal ruido y de la aglomeración. De la aglomeración de todo lo que ha confundido mi vida durante tanto tiempo.
Pienso. Pienso con calma y con el espíritu. Sentipienso, con una luz dentro de mí que ilumina la que le sigue faltando a la mañana.
Pienso. Que hay personas que huyen toda la vida de hacerse personas. Que escogen repetidamente el escape, cada vez, en cada opción. Pero que nadie puede esquivar por siempre su destino, lo que ha venido a aprender en esta vida. En esta vida, que te va cercando sin que te des cuenta, para que entiendas lo que quiere enseñarte, y para ello te da, una y otra vez, no lo que quieres, sino lo que necesitas. Hasta que dejes de necesitarlo.
Pienso. Que cada cual tiene, sí, su ineludible gran lección.
Pienso. Que alguna vez habrá de ser la última que se escoja. Que alguna vez, se siente que llega el momento; el examen final de la nuestra, de gran lección.
Pienso.
Y escucho a Mozart, en esta mañana oscura y lluviosa, antes de tener que abandonar mis sentipensamientos... y tenerme que ir a trabajar.






Maite dijo
am_zoo... mis disculpas, no te sientas aludido... no te veo mayor!!
Cata... gané la batalla, jejejjj... recuperé la paz!! ;-)
2 Abril 2009 | 06:24 PM