Madrid
Despido a Honey en la esquina de su casa, cazando un taxi al vuelo mientras arrastra sus maletas. Corriendo, siempre corriendo. Se va a París. Un poco justa de tiempo - me he puesto más nerviosa yo que ella con sus horarios de avión -, pero finalmente en hora. El fin de semana ha estado fantástico, como siempre. Creo que me voy a imponer como terapia el ir a verla cada "x" tiempo, variable a calcular de forma prudencial. Hemos hecho un montón de cosas, lo que a ratos me hace pensar que tal vez no la dejo descansar. Pero no, ella es así; con o sin mí.
Pasamos por la frutería cuando llegué, y por el mini super, lo que me permitió, una vez más, sentir esa sencilla cotidianeidad de las calles de su barrio, que tanto me había llegado a través de sus post, cuando la comencé a leer. Tras un recorrido por Madrid, que incluyó el Retiro y La Latina, parando a comer, como siempre también, unos exquisitos pinchos en algún lugar escondido que ella conoce, nos retiramos a media tarde al remanso de su hogar, a descansar. La velada transcurrió de lo más agradable, en una charla sin fin con Calamara, que apareció dándonos una magnífica sorpresa y amenizándonos con su inagotable verborrea y gracia andaluzas. Casi desistimos de la fiesta que nos esperaba, la "Fiesta Tatoo". Cerveza. Pizza. Wilco. Risas. Conversación. Anochecer. Luz cálida. Las azoteas de Madrid.
Finalmente, decidimos asistir a la fiesta, aunque sin disfraz. Sólo unos enormes corazones pintados por Calamara en nuestros brazos y en unas cartulinas por Honey nos delataban. La fiesta es muy curiosa; la variedad, en todos los aspectos, de gente, es peculiar. Copas. Música. Terraza. Puerta del Sol. Más azoteas de Madrid.
Nos acostamos tras un largo paseo, agotadas.
Por la mañana, me despierta un potente rayo del sol, que se cuela en mi cara jugueteando por entre el porticón que descuidé entreabierto. Lo digo, de nuevo: el hogar de Honey respira paz. Pongo Wilco, otra vez. Ducha, desayuno, café.
Calamara me ha regalado un libro editado por La Coctelera. Me hace ilusión tenerlo entre mis manos; me siento ansiosa por leerlo. Contiene un post mío, entre sus cien. Me sorprende, pero me ilusiona, también. Me hace sentirme parte. Y por ello, agradecida.
Este libro me recuerda lo importante que fue para mí La Coctelera durante un tiempo. Cómo le vertí mi alma, mis entrañas, y mis agitados sentimientos. Cómo, en esa red, y sin buscarlo, encontré comprensión y calor. Y amigos; buenos amigos.
Cuando dejo a Marta, me siento en una terraza a devorarlo frente a una Coca-Cola. Leo su prólogo (escrito por Calamara), y, en algunas cosas, no puedo sentirme más identificada. Me voy sumergiendo en las historias de todos esos seres que, de alguna manera y en algún momento, han sentido con La Coctelera lo mismo que yo.
Llegado el momento, cierro el libro y me dirijo al tren, a Cercanías. Bajo las escaleras, camino por el pasillo interminable. Huele a metro.
*
En mi cabeza se agolpan pensamientos, sensaciones, recuerdos, que me envuelven en ese pasillo vacío y sin fin. Pienso en cuánto ha llovido desde entonces, desde que La Coctelera constituía mi particular válvula de escape en esa olla a presión en que se habían convertido mi cerebro y mi vida. En cuánto ha cambiado ésta. En cuánto tiene todavía que cambiar. Siento el anzuelo que llevo clavado en las entrañas, que a veces, tira.
El pasillo está desierto, gris. Fantasmagórico.
Me siento en el banco del andén. Huele a metro.
Visualizo mi anzuelo, lo siento, y trato de moverlo con cuidado, sin que nada sangre. Me hago consciente de que me siento impotente; temo no poderlo nunca controlar. El anzuelo sube un poco, pero desgarra levemente: está muy incrustado. No es fácil sacarlo.
Me digo que no me importa ya arrancarlo de golpe, aunque me rompa. Llegará un día en que no me duela. En que me dará igual.
Subo al tren, bajo en la parada siguiente. Busco mi nuevo destino, retomo los relatos de La Coctelera.
Me dejo sentir el dolorcillo que me deja el anzuelo, solo levemente movido.
Huele a metro.
Miro pasar el mundo por la ventanilla. Huele a metro.
A metro de Madrid.




Miss Calamar dijo
Ay, conozco la sensación de anzuelo... Ay.
Me alegró mucho plantarme allí finalmente, y aburriros con la chapa infinita, claro que sí, jajaja. Y a mí sí que me hace ilusión que salgas en el libro, guapísima, Con un post que además me gusta mucho.
Que cada x tiempo vengas a ver a Honey y de paso, te vea yo a ti un ratito.
Un besazo y a ver si me engordas, you know ;)
29 Junio 2009 | 08:34 AM