Hay días en que quiero quererte del todo, y parece como que nunca llego.

Me acerco y me acerco, y cuando llego ahí, al centro, ahí donde debemos tener guardada el alma, me encuentro con una bola de metal blindada, que además de estar fría y cerrada a cal y canto, a veces, si la tocas, pincha.

He tratado de abrirla por todos los lados; envolviéndola, observándola, esperándola, golpeándola, comprendiéndola. Pero no consigo encontrarle ni una sola grieta.

Y entonces es cuando me quedo ahí, parada, queriéndote con tu bola incrustada en mi pecho, porque yo, ahí, donde me guardo el alma, resulta que soy más bien de mantequilla.