La Coctelera

RETAZOS

14 Febrero 2009

Love, love, love

"El amor no tiene alturas, ni edad", dicen por ahí. Y sí, debe ser cierto: puedo recordar con nitidez mi primera sensación de "amor", a la tierna edad de cuatro añitos, o de lo que sea que a esa edad pudiera equiparársele. Ocurre que el recuerdo es algo agridulce (¡ya entonces!), pues mi a la sazón "elegido", un niñito monísimo de mi clase de párvulos, no sólo no me hacía puñetero caso, sino que estaba enamorado de mi entonces mejor amiga, una regordeta mandona con coletas y gafas de culo de botella. No es que yo me pretendiera una gran belleza, pero, aún a esa edad, no era difícil vislumbrar de forma bastante evidente que tanto mi carita inocente como mi cerebrito observador resultaban bastante más atractivos que los de la mandonceta en cuestión. Pero en fin, así es (y seguiría siendo) la vida, hay que joderse.

El caso es que es cierto: parece que el amor no tiene edad, aunque a cada una adquiera una forma distinta. El sentimiento nace con nosotros y se queda ahí, agazapado, hasta que un día, sale. Y, algún día, es el primero; el primero en que ese misterio maravilloso que nos lo trastoca todo decide, no sabemos cómo ni porqué, asomar la nariz.

Esta experiencia es nueva para mí (aunque espero que se repita muchas, muchas veces): mi hijo (cinco años) se ha enamorado. Sí, sí; se ha enamorado. Se ha enamorado, y lo mejor de todo es cómo lo ha experimentado: feliz, inocente y confiado, ha declarado su amor (la verdad es que, aparte de la emoción que su hazaña me ha producido, reconozco que he sentido un profundo alivio al constatar que mi niño no parece, al menos a juzgar por sus comienzos, destinado a seguir la trayectoria de su madre.)

Aunque no se trate más que de un episodio inocente y natural de niños, un par de cosas (aparte de la, afortunadamente, aparente extroversión y expresividad de mi hijo) me llaman la atención lo suficientemente como para -tendencia inevitable en mí-, hacerme reflexionar desde mi mundo de adultos.

La primera, es la manera en que parece que "se enamoró". Me explicaré. Mi hijo, por lo que parece chavalín de acusado éxito entre las mozalbetitas de su clase, no le daba ni pelota a la ahora afortunada Nayara. Me enteré de su notoriedad y del "profundo amor" que ella (y otras) le profesaban, en la primera fiesta de cumpleaños a la que acudí, al espetarme la madre de la chiquita, cuando me conoció: "¡Hombre, tú eres Maite, la madre del famoso Pau...! ¡Por fin te conozco!" ¿... Famoso...? ¿...Por fin...? "Sí, es que tú no sabes... Mi hija está enamoradísima, pero enamoradíííísima, de tu hijo... Cada día me habla de él, y me dice, toda sentida y suspirando: "mami... es que es TANNN guapo..." Casi me muero de la risa, y cuando, al momento, apareció Nayara, y su madre le dijo despacio, con evidente tono de complicidad: "Mira Nayara, ¿sabes quién es...? Es la mami de Pau...", la niña me miró embelesada y, enfocando los ojos al cielo, empezó a parpadear mientras meneaba la cabeza y sonreía... A partir de entonces, empecé a preguntarle a Pau insistentemente por Nayara; pero él, nada. El me contestaba sobre una tal Laura, a la que una vez hasta le regaló una pulsera que me birló a mí para ella. ¿Y Nayara? ¿No te gusta?, le preguntaba yo. "Sí... bueno... las dos... pero me gusta más Laura." Entonces resultó que le apunté al autocar, y que Nayara sube y baja con él en la misma parada, y que a veces él se queda a jugar con ella en su casa, y ella en la nuestra, y que deben de charlar e intimar en el autocar, y que... pues así, con el roce, Nayara pareció desbancar a Laura. De repente, nunca más oí de Laura; y sólo ví lo bien que se llevan estos dos y cómo se lo pasan de en grande juntos. Y cuando en esas estábamos, el otro día... La carta.

Tras un largo rato en silencio -de aquellos que hasta te levantan las antenas, qué demonios estará haciendo-, oigo unos pasitos apresurados corriendo hacia mí. Hola pitufín, ¿qué hacías? "Pues... estaba escribiendo", me contesta (ha aprendido diez o doce letras, y con ello las junta todas a su manera y escribe, con verdadera devoción). Ah, muy bien... ¿Y qué escribías...? ¿Es para mí? "No... una cosa para Nayara..." Aah, muy bien... ¿Y qué es? ¿Me lo dejas ver? "Sí, mira, te lo traigo." Oh, Pau... ¡Si es una carta! ¡¡Una carta de amor!! ¿¿Es una carta de amor?? "Sí..." ¿Que la quieres mucho, a Nayara? "Sí..." ¿Sí? ¿Que estás enamorado de ella? "Sí..." Y se reía, feliz... "Se la daré mañana, al bajar del autocar." ¿Te la pongo en la agenda? "No... Porque nos miran la agenda... Ponla aquí, en la mochila, en el bolsillo pequeño..."

Así que aquí estamos. En que Nayara no parecía tener ningún punto a favor en su disputado amor por Pau. Pero su "personalidad" y su paciencia lo cautivaron, por encima de la belleza de la dulce, rubia y delicada Laura. En su perseverancia y no desfallecer, ella ganó. Y ahí está mi primera reflexión: en que como también alguien dijo una vez por ahí (recuerdo muchas citas, pero no sus autores, desastre e injusta soy): "L'homme croît qu'il choisit, mais c'est la femme qui choisit l'homme qui la choisira" (el hombre cree que escoge, pero es la mujer la que escoge al hombre que la escogerá).

Tal vez eso fue lo que me faltó a mí ya desde mi más tierna infancia y por el resto de mis días: paciencia y perseverancia para con el azar. O tal vez solo fue una parte importante de seducción y feminidad (a juzgar por cómo le guiñó el ojo Nayara a Pau el otro día, cuando se encontraron en el autocar - creo que nunca he sabido hacerlo así).

La segunda reflexión... juzgad vosotros mismos. Creo que tendré que trabajar seriamente con el ego de este niño. ¿O alguien ha visto alguna vez una declaración de amor que en vez de decir "te quiero mucho, estoy enamorado de ti", proclame: "me quieres mucho, estás enamorada"...?

Ay, este Pau. Serán las nuevas generaciones, que así vienen.

Y la otra, encantada.

 

 

Tags: pau

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9 Febrero 2009

El Duende Boicot

Me despierto, al consabido grito de "¡¡¡Mamáááááá, tengo hambreeeee...!!! Tras retozar un poco en la cama, agotada, entreabrir un ojo, tratar de vislumbrar la hora borrosamente en el despertador (hoy no me puedo quejar, son casi las diez), abrazarme al "oso" que dormita a mi lado sin que me dé pelota, y escuchar un par de veces más el estridente grito de guerra, no me queda otra: me levanto. 

Tengo mucho sueño y siento que me duele un poco la garganta, pero me armo de energía, yo solita-yo puedo: hay mucho que hacer. Preparo el desayuno para los tres, pongo una lavadora, una secadora, recojo trastos aquí y allá (¿porqué siempre hay una pinza, un tornillo, una bombilla, un destornillador, un papel arrugado, otro sin arrugar, unas monedas, un trozo de "algo", una entrada de cine usada, una bufanda, un clip... tirado en medio de esta maravillosa casa que me he propuesto mantener bonita y ordenada?), pongo el vídeo del festival de Pau (quiero escuchar un par de canciones, y que él escuche otra), busco el momento en que suenan, y me siento, por fin, a desayunar con él. 

Mientras escucho las canciones elegidas (de Navidad), y me enternezco en el trozo en que el profe de "todo" (al parecer les da inglés, informática, basket, y también resulta que canta y toca la guitarra en plan "cumbayá") les recuerda a los niños, antes de empezar, que la canción "no es triste, es dulce", siento cómo unas lágrimas resbalan por mis mejillas, y me dejo llevar, vencida, por la emoción. 

No estoy triste, sólo es dulce, como la canción; me siento feliz, llena, amo a mi hijo, a mi oso gruñón, adoro esta casa, me encanta verla y mirarla y disfrutarla, cada mañana es una bendición. Pero a veces la emoción, o el cansancio, o los dos juntos, aliados, me embargan y me desbordan, y se me salen por los ojos en forma de agua incontenible, dulce y salada, y me mojan la cara y el corazón. 

Mientras trato de recomponerme y disimular (me he convertido en una auténtica experta en el arte de llorar sin que se entere nadie), aparece el oso gruñón, que además de ser gruñón está dormido, soltando, como viene siendo casi habitual últimamente, uno de sus... gruñidos. Protesta porque le preparo el té en vez de calentarle sólo el agua, porque no hay suficiente agua, porque los cacharros de ayer noche están aún sin lavar -sí, después de hacer la compra, recoger al niño, poner dos lavadoras, poner en su sitio las pinzas, los destornilladores, los papeles arrugados y cuatro tornillos, doblar la ropa de las dos lavadoras, ponerla en su sitio, preparar la cena y darme un rato para colgar tres fotos en el Facebook, no los lavé-ni tú-; protesta porque hoy el niño se come las tostadas con corteza y ayer se la quité, porque hay que sacar al perro, y porque a las once van a venir a arreglar la caldera y son las once menos diez. Sin dejarme amedrentar (sólo está dormido - empiezo a sentirme un poco gato viejo, por decirlo en bien), le doy los buenos días y solicito una sonrisa, que me es concedida (ejem) con un gruñido soñoliento. 

No importa. Aunque el Sr. Oso ocupe un gran papel en el escenario de mi bienestar, no me dejo invadir por sus anticuerpos venenosos, y sigo sintiéndome emocionada y feliz. Me ducho con mi hijo en nuestra ducha nueva, le corto las uñas, consigo que se lave la cabeza, que se vista, y me pongo guapa, muy guapa. Nos vamos a comprar. Encuentro el "puf" que buscaba sin buscarlo, y el biombo que buscaba sabiendo dónde buscarlo; no me dejan llevarme el biombo porque es el del escaparate, y me hacen un descuento del veinte por cien en el "puf" porque es el del escaparate (en la misma tienda). Con mi "puf" verde a la espalda y mi hijo en patinete, me compro una camisola en Natura la mar de chula. Pau me dice que "estoy monísima", que me la quede. Son las dos y media. Mi estómago ruge. 

Cuando llegamos a casa, nuestra adorable casa (no puedo dejar de sentirlo cada vez que entro en ella), esperando que me invada un embriagador aroma a lentejas, me encuentro al Sr. Oso durmiendo en el sofá y con cara de pocos amigos. Sigo parapetada tras mi felicidad, así que, tratando de contener el mal humor que acecha por mi ombligo, le cuento contenta mis anécdotas mientras abro un vino y presento unas patatas y unas aceitunas. 

Yo sigo decidida a mantenerme firme en mi buen humor. Pero, aunque la vida le sonría a una, parece que siempre queda algún duende por ahí jugueteando emperrado en hacerte boicot. 

Me llama Nieves, que no viene. Vaya, con las ganas que tenía de verla. Sin desanimarme en compartir mi felicidad, llamo a Xavi, pero no está. A Jordi, pero no está. Son casi las cuatro, y el vino se me empieza a subir a la cabeza. El Sr. Oso está terminando de hacer la comida sin mediar palabra. Recibo una encogida de hombros por respuesta al sugerir que comamos en el apartado donde entra el sol. Me siento frente a un tipo hermético y seriudo, que sin embargo dice sentirse feliz aquí conmigo cada vez que le pregunto, con creciente suspicacia respecto a que eso sea verdad. Sin haber probado aún bocado, Pau reniega de la comida y empieza su también habitual ritual. No sé si es realmente así, pero creo leer en la indescifrable mirada del tipo seriudo un tinte hastiado y acusador en lo que concierne a mis técnicas educativas (yo diría más bien que son de supervivencia). 

Al final, el duende me gana la batalla. Con la cabeza mareada por el vino y la modorra, le pego cuatro gritos impotentes a Pau, y siento que no aguanto más. Antes de permitirme estallar por dentro, me aventuro a preguntarle al Sr. Oso si se encuentra bien, temerosa de resultar injusta en mis explosiones mentales si luego resulta que realmente está lleno de anticuerpos porque ha pillado una gripe. Me contesta que sí, que solo está cansado y tiene sueño. Entonces me suelto. Por dentro, claro. Me acuerdo de todas las mañanas en que él sigue durmiendo mientras yo me levanto a la carrera a llevar a Pau y a enfrentar el día, y sobretodo de nuestra eterna y kafkiana discusión sobre porqué necesito dormir el sábado de cada dos en que no lo tengo (no sé, no sé porqué será). Me pregunto por enésima vez como en cada enésimo mal humor si no me habré equivocado al meterme en este fregado, me cabreo cabalgando iracunda en los "quién me manda", empiezo a divagar entre teorías sobre la realidad de las cosas y los dichosos cristales con que se miran, y sólo consigo concluir de manera intermitente que aquel que dijo que "el matrimonio es como una ciudad sitiada: todos los que están fuera quieren entrar, y los que están dentro quieren salir" tenía más razón que un santo, aunque no sepa porqué se supone que los santos tienen que tener razón. El matrimonio, y muchas otras cosas. Me digo primero que siempre queremos lo que no tenemos, porque como no lo tenemos, lo desconocemos y lo idealizamos. Y me digo después que, al fin y al cabo, y precisamente por eso, nunca nada es como nos pensábamos, sino que es como es, y conocerlo y aceptarlo y quererlo así es nuestro gran aprendizaje. 

Mientras yo divago en silencio y Pau no come, el Sr. Oso anuncia que se va a echar una siesta. Pau me dice con cara divertida que "es un dormilón". Yo le chillo para que termine de comer (o más bien para que empiece), vomitando en realidad parte de mi ira interna en él; pero él no se inmuta, ni siquiera por la parte que le toca. 

Tras una hora y media de inútiles amenazas, mezclas imposibles (melocotón en almíbar con raviolis a la carne picada), y haciendo auténticos esfuerzos para no atarlo a la silla, finalmente desisto. Me rindo. Me tomo un carajillo de ron. Me siento la peor madre y cocinera del mundo, poseedora del hijo más flacucho e irreverente del mundo. Estoy a punto de llorar, pero él me espeta: "¡dame un abracito, que te quiero, mami!" 

El Sr. Oso se despierta de su siesta y me estampa un beso en los morros que dura un minuto y medio. 

Ahora, además de la peor madre del mundo, me siento la mujer más paranoica, confundida y variable del mundo. Ya no sé qué pensar. Nunca entenderé a los hombres, ni a los pequeños ni a los grandes. Soy una blanda, soy una "infirme", soy una mequetrefa sensible y emocional. O a lo mejor es que tengo la regla. 

Qué más da. El duende se ha ido. Me siento de nuevo feliz en mi hogar. 

Pongo una lavadora. 

Mañana estrenaré mi camisola. 

Qué bonito. Qué bonito es tener un hogar.

 

 

 

 

 

 

 

Tags: creciendo

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8 Diciembre 2008

Misa

Siempre me he definido como no creyente, laica, o incluso atea. Y cuando digo siempre, quiero decir siempre; es decir, desde que tengo un mínimo, si no uso, esbozo de razón.

Puedo recordar perfectamente como, a la tierna edad de cuatro añitos, me pareció que mi tan admirada abuela se había vuelto loca cuando, al preguntarle qué era "aquello" -donde veía a mi tío Carlos, solo cuatro años mayor que yo, arrodillado-, me explicó que era un confesionario y me instó a hacer lo propio. ¿No lo diría en serio...?? Por supuesto, me negué. Yo iba a misa con ella, porque me llevaba, simplemente, y todo lo que allí había y se hacía me parecía nada más que divertido; como todo te parece a esa edad, en que estás descubriendo el mundo. Me aprendía el "Jesusito de mi vida" y el "Ave María" que ella me enseñaba también por pura diversión, como si fuera un poema o una canción, y los recitaba para hacerla contenta, sin creer un ápice de lo que decía.

También mantengo fresco el recuerdo en el colegio, no sé esta vez a qué edad (¿seis? ¿siete? ¿ocho?), de mis primeras clases de religión, en que escuchaba todas esas historias que nos contaban como quien escucha embelesado un fantástico cuento, y, sin saber todavía el significado de al palabra, "alucinaba" al constatar que la profesora pretendía que nos lo creyéramos, pretendía convencerme de que todo aquello, era verdad.

En fin; que a pesar de la opción que me brindó la época, no elegí el camino de la creencia, supongo que porque estaba claro que no estaba en mí.

A mis cuarenta y algo, sigo básicamente fiel a mis sensaciones internas y al parecer intrínsecas, aunque he ampliado considerablemente mis conocimientos al respecto; lo que hace que mi opinión pueda ser mucho más compleja e inconvencionalmente matizable.

Sin embargo, a veces, muy de vez en cuando pero a veces, sin siquiera explicármelo yo misma, siento la tentación, y hasta la necesidad, de meterme en una iglesia.

Supongo que en busca de paz.

O de fe. Porque a veces, muy de vez en cuando pero a veces, se hace duro, en verdad, no poder creer en nada; tal vez resulta más cómodo admitir, aún como asa de agarre, una inconcreta creencia en "algo", sin determinarla ni ponerle nombre ni apellidos.

Hoy, al terminar los dibujos que mi hijo estaba viendo en la tele, se ha quedado en el canal un coro cantando al son de las palabras resonantes de un cura que impartía misa.

He dejado la misa puesta.

No ha sido como meterme en una iglesia. Pero he sentido algo de paz. Tal vez si hubiera insistido también me habría llegado, con un poquito más de reconforte, algo de fe.

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4 Diciembre 2008

Bum

+ Bum!

- No me des ahí, que me duele.

+ Bum!

- Que no me des ahí, que me duele!

+ Bum! Bum!

- Cojones, que me duele!! Te lo puedo explicar mejor? Me due-le!

+ (...) Bum...!

- (...)

+ Bum! Bum! Bum!!

- Como no dejes de darme ahí, me iré. Entiendes lo que quiere decir "me-due-le"...?

+ Pero si es que ahí no duele, no jodas; no te tiene porqué doler. A mí no me duele. Ahí no duele, que no, mujer!

- A mí sí. A mí sí me duele. Me duele, y mucho. Aunque no lo compartas, aunque no lo entiendas, aunque tú no lo sientas, yo te lo explico. Así lo sabes. Me duele, y mucho. Y por mucho que te sigas comportando como si no fuera así, no va a dejar de dolerme. Por favor, no me des más ahí.

+ Vale, de acuerdo, de acuerdo. Lo he entendido. Aunque no tenga que doler, a tí te duele.

- Exactamente.

+ De acuerdo.

- Ya era hora.

+ BUM!!

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4 Octubre 2008

El Elixir de la Paz

Sentir el sabor de esas mañanas en que el cuerpo se te despierta solo, ayudado -nada más- por un rayito de sol que te dispara juguetón en la cara, mientras inunda el resto de tu casa y de tu habitación; en completo y sepulcral silencio, en la más absoluta y calmada tranquilidad.

Tener la sensación de no necesitar ni una gota más de sueño, de haber roto por fin el ritmo continuado y vertiginoso en que la noche se sucede, pegada, a la mañana; de constatar, al volver al mundo, que ese mundo es nuevo, que no necesitas levantarte corriendo, y que se te autoriza a retozar, desentumeciendo tus pensamientos, con tu almohada.

Caminar tambaleante por tu casa iluminada, con la mente aletargada y en blanco, dejándote escuchar, en ese preciso momento, lo que te apetece hacer. ¿Ducharte? ¿Desayunar? ¿Escribir? ¿Leer? ¿Mirar al techo o al cielo azul?

Estar contigo, solo contigo, con tu propio bienestar.

Poner a Mozart.

Sentir que, milagrosamente, has hecho una pausa en la vida. Que tu cuerpo y tu alma se han tomado su tiempo y se han ido a pasear, descargándose, en esta noche en que les has dado fiesta. Que la rueda que te arrastraba, se paró.

Y que empiezas así un verdadero nuevo día, limpio, renovado, reluciente e inmaculado. Como si, en ese descanso concedido, tu espíritu se hubiera escapado -no sabés dónde- a refrescarse, como si, mientras dormías, agua y jabón lo hubieran liberado, limpiándolo de impurezas que no te dejaban avanzar.

Te entran ganas de preguntarle: ¿Qué has hecho? ¿Dónde has estado...?

Pero te callas. Te estás quieta, y disfrutas. Y te limitas a pensar: "Eso. Eso es, sin duda, uno de los ingredientes del Elixir de la Paz".

Tags: sensaciones

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5 Septiembre 2008

Run - run

Conduces. Me cuentas; oigo algo sobre unos tornillos, la luz, las montañas, tu rodilla. El sol. Te miro. Pareces enfrascado en tus explicaciones. Intenso, concentrado. Te veo de perfil, gesticular la boca. Sonríes. Sonrío. Pero no te oigo. En realidad no te escucho. Sólo escucho, en ese preciso momento, cuánto me gusta que me hagas el amor.

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22 Julio 2008

Sencillez

No me gustan tus joyas, tus alhajas, tus casas bonitas y adornadas

Tus relojes, tus días ajetreados y tus estrategias de ajedrez

Tus influencias y amigos de conveniencia

Tus menús de restaurante engalonado

Tus dolores de cabeza,

de espalda,

de alma descuidada

solo por alimentar tu cuenta corriente

que no puede parar de crecer

Tu falta de tiempo

de sueño

de amor y de disfrute

No me gusta tu vida de estrés

Por correr entre metros y metros de césped

sin que sepas pararte a mirar una brizna

Por medir en monedas tu tiempo desbordado

sin que sepas pararte a respirar el presente

Por justificarte en que tendrás tiempo en un futuro

sin que sepas darte cuenta de que el tiempo, cada tiempo,

ya pasó.

Siempre es ahora.

Prefiero mil veces que una langosta

Sea una celebración, alegre y animada

porque hoy has cobrado

porque hoy eres feliz

Siempre es ahora

Eso, no lo olvides

A mí

lo que me gusta

es sencillamente

tu sencillez.

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22 Mayo 2008

A mi abuela

Yo quiero creer en las almas.

Quiero creer que todas llegamos aquí para aprender cosas; o para enseñarlas.

Quiero creer que la vida tiene un sentido, que hay un orden dentro del caos, que todo ocurre para hacernos mejores, de una manera que, las más de las veces, no podemos entender. Quiero creer que el mundo evoluciona, a la par que sus millones de almas, que hay un porqué, que la historia entera tiene un camino que nos lleva a algún lado. Que hay algo más que carne y hueso en los seres humanos. Que nos guía un propósito. Que hay algo eterno y universal que supera la mera materia, que trasciende nuestro minúsculo momento en la vida, que sigue brillando cuando ya -creemos que- no estamos.

Y te veo ahí, postrada en tu silla desde hace tantos años; con tu mitad inerte diciendo que no. Con tus cuatro palabras que han sobrevivido a tu cerebro desecado, partido por esa vena que un día, pronto, demasiado pronto, explotó.

Tu risa permanece intacta, alegre y cantarina, igual que hace treinta años; tus ojos, ya grises y añejos, siguen destellando la ilusión que tanto te caracterizó. No puedo evitar recordarte llena cada vez que te veo. Llena de vida, de energía, de planes, de determinación. Ni sentir que tu esencia sigue viva bajo tu cuerpo consumido; asomando en forma de carcajada, de afinado tarareo, de baile sesgado a medio cuerpo sentado; de gesto de niña traviesa y pizpireta de noventa años.

A veces, solo a veces, conservas tu lucidez.

Y tu cara se ilumina cada vez que nos ves.

Te arrebataron de golpe tu vida, reduciéndola en su último tercio a ver pasar las horas inmóvil e impotente desde el jardín. Un día tras otro, tras otro, tras otro. Sin poder moverte, ni comunicarte, ni muchas veces entender. Permitiéndote sólo, cual sublimación de la obra, la lucidez suficiente para poder esperar paciente a que te llegue el momento. El que tantas veces, con tus gestos, nos has dicho desear. Y mientras tanto, tu alma sigue riéndose como una niña, e insistiendo tenaz en tratar de hablar.

Y yo me pregunto qué es lo que, en esta vida, habrás tenido tú que aprender. Qué mal tan terrible has hecho para merecer esto; qué gran lección te perdiste, que esto se te ha enviado. De qué ha servido ese castigo, qué llevas aprendiendo en estos treinta años eternos, en que sólo puedes esperar mirando las hojas de la higuera, en que ni siquiera se te concede el alivio que deseas.

Yo quiero creer en las almas. En la sabiduria infinita del cosmos. En que todo tiene un porqué.

Pero, a veces, cuesta.

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Sobre mí

SI TIENES PROBLEMAS CON LOS COMENTARIOS O EL TEXTO, CLICA EN TU BOTÓN "ACTUALIZAR"... *************************************** Soy Maite; profesión oficial economista; profesión mental... se me escurren los días cavilando, escribiendo, bailando, pintando, analizando, observando, sintiendo, sonriendo... Viviendo. Tal vez sea sólo un punto bohemia, sin más. Ah, y nunca dejé escapar del todo a esa niñita que un día fui... **************************************** Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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